El año pasado me había perdido a Die Antwoord en la primera edición del festival MadCool y este año estaba dispuesto a que no me ocurriera lo mismo. Sin tiempo ni presupuesto para el pase completo, había que elegir un solo día y yo me decantaba por el viernes (Wilko, M.I.A y sobre todo los Manic Street Preachers), pero mi hijo Pablo me convenció para que fuéramos el viernes, el día en que tocaba una de sus bandas favoritas: Green Day. Acabó de convencerme cuando vi que ese día también estaban programados ALT-J. Llegamos a la Caja Mágica cuando ya habían comenzado a tocar los primeros grupos y nos dimos una vuelta por el enorme recinto. La organización parecía espectacular en casi todos los aspectos: no había grandes charcos a pesar del diluvio del día anterior, los servicios funcionaban en lugar de dar asco, el acceso era rápido y el tránsito muy cómodo. Vimos un buen rato a Rancid (que sonaban muy bien), nos acercamos a ver el comienzo de la actuación del incombustible Ryan Adams y luego nos fuimos a escuchar a ALT-J, que tocaba a la vez que el canadiense.

Como la acústica de este escenario era bastante mala (los graves no permitían escuchar nada más) y queríamos ponernos cerca del escenario donde tocaría Green Day en algo más de una hora, salimos enseguida a buscar sitio tan cerca del foso como fuera posible. Había miles de personas felices por todas partes y la tranquilidad era absoluta. Yo estaba encantado con el buen rollo, sobre todo porque era la primera vez que mi hijo, que tiene 16 años, iba a un festival de música, y yo iba con él. Nos colocamos relativamente cerca del escenario y nos dispusimos a pasar el tiempo que faltaba hasta que comenzara el concierto viendo los vídeos que se proyectaban en dos gigantescas pantallas colocadas a cada lado del “Mad Cool Stage”. No eran gran cosa… a más de treinta metros de altura sobre el escenario, unos operarios se encaramaban a las estructuras para hacer comprobaciones de última hora: uno de ellos bajó haciendo un elegante rappel y se llevó la ovación del público.

La noche avanzaba, la luna llena se hizo visible detrás de un carrusel y a estas alturas teníamos a nuestro alrededor a miles de personas aguardando impacientes igual que nosotros. Antes del concierto estaba programada una performance que debería empezar en pocos minutos. Vimos a nuestra izquierda una gran grúa que transportaba en volandas una caja donde cabría un hombre, y la colocó en el suelo a la derecha del escenario. Ya era completamente de noche.

Al cabo de un rato comenzó a sonar “Purple rain” y entendimos que el espectáculo comenzaba. En las pantallas vimos a un joven atleta con bigote que se había metido en la caja, color azul y llena de vapor, y nos sonreía como sólo saben hacer los profesionales del espectáculo. Todo ocurría a unas docenas de metros a nuestra izquierda, pero lo veíamos justo enfrente en un tamaño colosal en las pantallas de vídeo. El mosquetón de un arnés era perfectamente visible en la imagen para todos los espectadores. No pude apreciar a dónde estaba sujeto, pero parecía que lo que iba a comenzar era un espectáculo de acrobacia. El chico empezó los movimientos de una danza en el cubo. “Escapismo gay” dijo alguien entre el público. La grúa comenzó a subir aquella caja semitransparente y sin suelo mientras el bailarín seguía su performance, moviéndose inquietantemente en una danza de control, contorsión y seducción, seguida con la vista por todos los espectadores. La gente canta “Purple rain”. La caja subió lo que me parecieron unos 25 metros y a esa distancia ya estaba demasiado lejos para ver bien qué se disponía a hacer, de modo que me giré hacia las pantallas. La imagen del vídeo, sin embargo, era decepcionante porque solo se apreciaba un cubo luminoso casi opaco. Estaba claro que los realizadores no habían contado con el efecto del vapor y la luz procedentes de su interior, de modo que me volví de nuevo a mirar directamente a la caja suspendida en el vacío, como creo que hizo casi todo el mundo. Sólo se apreciaban algunos de los movimientos del chico que se que había metido dentro de la caja. No parecían exactamente una danza y no sabíamos que iba a pasar. De repente, el hombre cayó al vacío, de una forma tan inesperada y sin elegancia que parecía imposible que fuera el mismo bailarín que se había subido a la caja. Hubo un grito ahogado entre el público. Por un segundo todos esperamos escuchar otra música, ver una imagen o recibir alguna pista de que todo era parte del espectáculo, de que todo iba bien. Nos volvimos a las pantallas, que mostraban borrosas las imágenes de lo que ocurría en el suelo. Vemos que un empleado con uniforme pasa corriendo, que un corro de gente se echa atrás. Vemos un hombre caído en el suelo y a todos se nos escapa un grito de horror. Intento imaginarme formas de que esto acabe bien, y me giro hacia mi hijo, que se ha tapado la boca con las manos, los ojos abiertos de espanto y completamente blanco. Intento decir que a lo mejor tenían otro sistema de seguridad. Es mi hijo el que me vuelve a la realidad: “desde esa altura no creo que pueda sobrevivir”. La mayoría del público no dice nada, incrédulos. No sé cuándo tardó en extinguirse en ellos la última gota de incredulidad.

Mi hijo y yo tenemos que salir de la multitud para respirar. Nos hacemos paso y llegamos a un lugar más tranquilo en medio del recinto, donde tratar de digerir aquello. Le digo a Pablo que probablemente suspenderán el concierto, sobre todo si el chico ha muerto. No hay noticias. Me acerco a un cariacontecido empleado de seguridad a preguntar si sabe algo. “Esto no pinta bien: el coche del Samur lleva ahí veinte minutos sin moverse”.

Comienza a sonar “Bohemian Rapsody” y yo pienso que es una forma rara de anunciar un aviso de la organización, pero pronto queda claro que en realidad lo que va a comenzar es el espectáculo de Green Day.

No sé si conocen ustedes a Billie Joe Armstrong, el líder de Green Day: es el retrato mismo del líder carismático de una banda de rock. Lleva pisando los escenarios 30 años y se sabe cada truco de artista para conectar con el público. Mantiene la voz excepcionalmente bien, está en forma y es el autor de al menos una docena de himnos del rock. Cada una de las aproximadamente 20 mil personas que había en el concierto (probablemente con la única excepción de mí mismo) se sabían y coreaban todas las letras del repertorio. EL público estaba entregado a la banda y no hay nada que pueda hacerse sobre el escenario que no hiciera Billie Joe para conectar con ellos, pero cada vez que parecía que se los había ganado para darles el empujón final hasta el éxtasis, quedaba en evidencia que aquel público solo podía subir hasta cierta altura. Su mente estaba en otra parte. Por mi parte, cada vez que miraba a la izquierda volvía a ver caer a aquel chico. Si miraba a la pantalla de la derecha del escenario, volvía a ver la caja y me preguntaba qué habría pasado, y qué estaría pasando.

Pensaba que ese concierto no debería estar celebrándose. No sé qué razones tuvieron los organizadores para continuar y no quiero cuestionar su criterio, que sin duda descansa en mucha más información y experiencia, pero pensaba que todos los que habíamos presenciado aquello necesitábamos parar ahí en ese momento y sentir en recogimiento la muerte de aquella persona. Hay algo inhumano en ver morir a alguien y no velarle.

Ya en casa supimos que el hombre había muerto. Que la banda no lo sabía al salir al escenario. Que la caja estaba a treinta metros o más. Que muchos espectadores que vieron caer al equilibrista cerca de sus pies habían estado gritando de indignación cuando vieron que el concierto no se cancelaba. Que algunos se habían ido furiosos cuando vieron que seguía el concierto.

Por la noche, unos horribles calambres me despertaron varias veces, como si mi esqueleto me dijera que en realidad no lo había sentido bastante.

 

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Daniel Riaño Rufilanchas es un investigador científico que nació en Madrid. Su especialidad es la lingüística cognitiva y computacional. En la actualidad enseña Filología Clásica y redacción académica en la Universidad Autónoma de Madrid, pero también ha trabajado en prensa musical de varios medios. Ha grabado reportajes sobre temas artísticos, culturales y de conservación de la naturaleza. Cuando no está dedicado a asuntos de lingüística, programación o literatura griega probablemente esté discutiendo sobre la manera en que los avances tecnológicos están transformando nuestra sociedad o tratando de volar un dron.

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