Don Manuel Azaña, Presidente de la II República española, está enterrado en Montauban, Francia. Don Juan Negrín, presidente del Gobierno de la II República, está enterrado en el cementerio Père-Lachaise, en París. Por el contrario, Queipo de Llano, golpista, que se rebeló contra la legítima II República, está enterrado en la basílica de la Macarena en Sevilla. Queipo de Llano, muy cristiano él, además de borrachín, animaba a los soldados sublevados a violar a las mujeres de los republicanos, y fue autor de un brutal genocidio en Andalucía contra aquellos que permanecieron leales al legal y legítimo gobierno contra el que él y sus conmilitones se habían sublevado y traicionado. ¿Y qué decir de Franco, enterrado en el Valle de los Caídos, dictador, genocida y corrupto.

Pero no sólo es eso. Y es que hay que hablar de probablemente los dos mayores poetas españoles del siglo XX. Hay que hablar de Antonio Machado y de Federico García Lorca. El primero, que murió de pena en el exilio al poco de finalizar la Guerra Civil, está enterrado en Colliure, Francia. El segundo, asesinado por falangistas, poco después del golpe de estado, está en una fosa común que no se ha encontrado y poco o nada se ha buscado.

Estas tumbas, dónde están enterrados los dos mayores poetas españoles del siglo XX y dos presidentes del legítimo gobierno de la República, y dos golpistas asesinos, son el mejor ejemplo lo que significó la Transición, la sacrosanta Transición, de las bases sobre las que se ha edificado el putrefacto régimen político español que padecemos hoy en día. De aquellos polvos en los que se cubrió con un manto de amnesia obligada y se recalificó en demócratas a los herederos del régimen franquista, estos lodos de corrupción putrefacta que   hoy y desde hace décadas en España. Y es que ¿qué se puede decir de un país, donde en pleno 2018, 29 generales y 105 coroneles retirados, se atreven a defender a Franco, a loarle, y a exigir que siga en el Valle de los Caídos? ¿Alguien se imagina que en 1980, generales alemanes o italianos, reivindicasen a Hitler y Mussolini y los defendiesen en público? ¿Qué vergüenza es ésta, la que padecemos en España, que hace que no sólo Franco se muriese en la cama como jefe del Estado, y que además siga enterrado en un mausoleo y reciba homenajes, mientras que Azaña o Machado descansen en tierra extranjera?

En España no habrá regeneración posible, no habrá una lucha contra la corrupción mínimamente creíble, mientras no afrontemos y cercenemos las raíces del mal. Y tal vez sea ya tarde para establecer una depuración del régimen franquista y sus acólitos. Pero no lo es para entregar los cadáveres de Franco y Queipo de Llano de esos sitios, dárselos a sus familias, aplicar la Ley de la Memoria Histórica, ilegalizar la fundación Francisco Franco, y ahorrarnos a los españoles el bochorno de la comparación con lo que sucedió después de derrotado el fascismo en Italia o Alemania. Y sobre todo, para de una vez por todas, para hacer lo que Hércules hizo con los establos de Augías. No es cuestión de aplicar una tarea hercúlea, es cuestión de decidir de una vez si los españoles queremos tener dignidad o si por el contrario, por mucho postureo que hagamos, estamos en el fondo de acuerdo con la putrefacta corrupción que nos asola.

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