¿Se imaginan a Marty McFly en un episodio de Black Mirror? Si aún no se han dado cuenta llegamos al año 2017 y esto cada vez se parece menos al Hill Valley de la segunda entrega de Regreso al futuro. El futuro no era aquello. La realidad es infinitamente peor. Sin embargo, ¿qué es la realidad, cómo se escribe y, sobre todo, quién la escribe?

Decía Edmundo Paz Roldán en su novela Sueños digitales, “Hablemos de intensificación de cambios, no de revolución. ¿Por qué a todo se le tiene que llamar revolución? ¿O ponerle un post? Como esa cosa ridícula de la postfotografía. ¡Por favor!”. Fíjense que este es el año en que vivimos las consecuencias de lo que los medios se empeñaron en llamar ‘la postverdad’. Es el relato emocional a golpe de tweet sin correlato contrastado en la realidad tangible; es el relato sin contexto; es la constatación que la mentira cien veces repetida se convierte en verdad.

Les pongo algunos ejemplos. Es ese mismo discurso en el que Donald Trump se convierte en presidente de Estados Unidos con tres millones menos de votos que Hillary Clinton mientras se le muestra a la vez como el malo malísimo de la Galaxia, Trump Vader, que terminará enfrentándose a China, la UE y la OTAN; es el mismo discurso en el que Carles Puigdemont se atreve a aseverar que en el 2017 ‘seremos completamente libres’ cuando llevan desde el 2012 en un bucle que llamaron ‘proceso’ y que no ha hecho más que dar palos de ciego a cuenta del contribuyente; es el discurso que entierra a los 62 militares del Yak-42 sin responsables penales; es el discurso en que se basaron las campañas del Brexit; es el mismo discurso que mezcla imágenes del metro de Bruselas, del aeropuerto de Estambul y de un hombre en mono naranja a punto de ser decapitado.

No es Black Mirror, es el discurso de nuestros tiempos; es la hiperrealidad sin relato que ni Jean Baudrillard, ni Jean François Lyotard, ni Noam Chomsky hubieran sabido descifrar. Y no es un problema, es un diagnóstico. Sin embargo, el simulacro sin relato ni contexto es la única realidad que muchos vemos. Tan modernos y avanzados que nos creemos y seguramente aún no hemos salido de la caverna de Platón. Nos sobran los estímulos y nos falta la calma para interpretar las luces y las sombras; es más fácil compartir una invitación implícita o explícita a odiar al adversario que tomarse el tiempo para investigar las exageraciones, las falsedades y las aporías que usa cualquier discurso, sea propio o ajeno.

Así las cosas, cuando todo lo que queda de la realidad es su simulacro solo queda reconocer lo que mi amigo Eduardo y decir “¿votar? eso es para vosotros que aún sois jóvenes”. Esto que puede parecer una democracia representativa es sobre todo la representación de un medievo avanzado, consecuencia de la lógica del capitalismo financiero, donde adoptamos la falsa conciencia de la representación. Un contexto fabuloso para salvapatrias, fanáticos, locos, chorizos y palmeros.

Sin embargo, tal vez lo más doloroso para mí es reconocer que Marty McFly muy probablemente hubiera votado a Donald Trump.

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