Hace más de 150 años finalizó la guerra civil americana con la derrota de los partidarios de la esclavitud. Como aquello no dio lugar a una dictadura los perdedores pudieron dedicar monumentos a sus soldados, que se sumaron al paisaje.

Pero la vida da muchas vueltas y, de repente, ese verbo de Trump que tanto enseña sus maldades ha terminado por envalentonar a los más peligrosos de sus seguidores y, desde la semana pasada, hasta las viejas estatuas convocaron de nuevo a las ideas superadas por la historia. Pero entonces, y sin perder un minuto ni esperar ninguna sentencia, los americanos que defienden que todos somos iguales han decidido cortar por lo sano, intentando tapar la boca a su propio presidente por medios pacíficos pero efectivos. En algunos casos las autoridades, y en otros la gente de la calle, han comenzado a desmontar personajes de piedra para evitar que revivan como símbolos del mal en las cabezas enloquecidas de los supremacistas, mientras el gran Donald se ha tenido que consolar insultando en Twitter, como siempre.

Aquí, en este lado del Atlántico, hace 80 años nos matábamos en una guerra civil que acabó con la derrota de los defensores de la legalidad vigente, de la igualdad y de la libertad, lo que dio lugar a una dictadura que continuó segando muchas vidas mientras se dedicaba a construir monumentos de autobombo para que nadie se olvidara del miedo.

Puede que este sea el momento de destruir a placer los símbolos de lo peor en ambos países, comenzando aquí por el Valle de los Caídos, cuya cruz no concilia con ninguna dignidad. En un mundo globalizado, la solidaridad por las buenas causas entre ciudadanos decididos de países afectados por desgracias parecidas, como las de haber sufrido guerras entre hermanos, podría ser un gesto importante. Nunca deberíamos olvidar “por quién doblan las campanas”. 

Y tiempo habrá para recordar a los que de buena fe lucharon en el ejército equivocado, tanto si perdieron en Estados Unidos como si ganaron en España. Será a partir del momento en que Trump y Rajoy condenen, sin paliativos, a los criminales. Para que nadie pueda pensar que proliferan ocultos entre sus amigos.

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Nacido 1951, Madrid. Casado. Dos hijos y dos nietos. Cursando el antiguo Preu, asesinato de Enrique Ruano y la canción de Maria del Mar Bonet. Ciencias Políticas. Cárcel y todo eso, 1970-71. Licenciado en 1973 y de la mili en 1975. Director comercial empresa privada industrial hasta de 1975 a 1979. Traslado a Mallorca. de 1980 a 1996 gerente y finanzas en CC.OO. de Baleares. De 1996 hasta 2016, gerente empresa propia de informática educativa: pipoclub.com Actualmente jubilado pero implicado, escribiendo desde verano de 2015, con unos 170 artículos publicados, sin ningún compromiso, en diversos medios.

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