Ahora que se cumplen 100 días de la llegada a la presidencia de los Estados Unidos de América de Donald Trump, merece la pena detenerse a analizar la esencia misma de lo que supone el motor colectivo que lo impulsa. Desde su victoria en las presidenciales se ha dicho de casi todo y día a día se hacen conjeturas sobre su forma de gobierno. Se sorprenden los analistas europeos y paneuropeos por las formas pero se quedan a las puertas del fondo. Le llaman loco cuando amenaza a Corea del Norte pero no se llega a comprender el impulso ancestral que se encuentra detrás de esas actitudes. El problema es que, impresionados por movimientos políticos que remueven al colectivo en Europa, los analistas de este lado del Atlántico siguen pensando en términos europeos. Siguen utilizando unas categorías analíticas y de pensamiento que no se encuentran en los ciudadanos estadounidenses (y casi se podría extender a toda la ciudadanía americana).

Era curioso leer las fechas posteriores a su victoria que había ganado Trump por la crisis económica que azota a las clases medias y el sector agrario estadounidense; que su apoyo se debía a haber movilizado a los rednecks (paletos) frente a la ciudadanía urbanita; que la crisis del sistema de partidos había sido fundamental en la aparición del populismo de Trump; o que su control mediático resultó fundamental para captar a un electorado muy televisivo. Todos estos análisis tienen un poso de realidad y explican en parte su victoria. Desde luego el apoyo del Sur o de las ciudades pequeñas y medianas de los estados agrarios e industriales fue fundamental, tanto en la victoria presidencial como en las propias primarias republicanas. Que el partido demócrata utilizase todo su poder económico en derrotar a Bernie Sanders en las primarias del otro partido también ayudó. Pero el factor fundamental, el que permitió que Trump obtuviese la victoria y que ahora tenga el apoyo de la ciudadanía, salvo en las grandes ciudades, es su conexión con la Religión Americana.

La Religión Americana es el elemento, incrustado en el inconsciente colectivo estadounidense, que supone el fermento de la propia constitución de la nación. Ese America First de Trump conecta perfectamente con esa Religión Americana no sólo por su vertiente económica. Harold Bloom realizó hace años un magnífico estudio sintético del significado de esa fuerza colectiva de unión de la sociedad estadounidense. La conclusión general de Bloom sería que “la esencia de lo americano es la creencia de que dios te ama”. Y te ama por ser estadounidense habría que apostillar. Esta esencia tiene consecuencias fundamentales para el sentido nacional o patriótico. En Estados Unidos, pese a ser pluralistas y permitir todo tipo de confesiones, toda la sociedad está empapada de religión. Y este sentimiento es el que acaba fundando la nación en sí. Desde el In God We Trust de la parte posterior de los billetes hasta la jura sobre un biblia de los diferentes cargos, todo en la vida estadounidense se ve salpicado de religión. Diversas y variopintas sí, pero religión al fin y al cabo.

Estado Unidos, por la especial relación con dios, acaba siendo a vista de los estadounidenses la Tierra Prometida

Émile Durkheim en su obra clásica Las formas elementales de la vida religiosa explicaba como la religión, pese al laicismo, generaba unas estructuras mentales que dotaban de sentido a la propia sociedad. En Estados Unidos es la Religión Americana la que permite ese sentido colectivo. ¿Qué constituye la esencia de ese pensamiento colectivo? Según Bloom serían tres las partes constitutivas: la religión como experiencia personal; una religión gnóstica más que normativa; e individualismo religioso. Todas las religiones fundadas en Estados Unidos, pese a sus diferencias de forma, en el fondo entienden que el conocimiento religioso y la relación con dios se generan no por el conocimiento intelectual en sí o por el mandato de una curia sino solamente por la experiencia en sí. Experiencia de conocimiento personal con dios como estableció William James. Da igual que sean mormones, testigos de Jehová o baptistas del sur, todos entienden que la experiencia religiosa es el principal fundamento para conocer a dios.

La Religión Americana carece de credo en sí, de una normativa que fije lo que se debe o no debe hacer más allá de los mandamientos. En este sentido se podría decir que es post-cristiana como manifiesta Bloom. Evidentemente la biblia es fundamental pero en la relación personal de cada uno con dios, en ese proceso íntimo de conexión con Jesús. Porque la Religión Americana cree en el Jesús posterior a la resurrección, en el Jesús de los 40 días posteriores, en el Jesús reencarnado. De hecho es común creer que Jesús se pasea libremente hoy en día y bajo diversas manifestaciones por los distintos territorios estadounidenses. Pero no existen normas en sí, ni curia que establezca una normativa general. Los telepredicadores no son más que consejeros y acompañantes. Tal vez interpretan la biblia pero sólo para indicar el camino de la reflexión y la experiencia personal. Aunque, bien es cierto que, en los últimos años, la creencia en la biblia se hace más fuerte en diversas confesiones americanas. Los baptistas del sur han virado hacia una posición donde la biblia se presenta como icono infalible, donde lo que allí se dice no puede ser nada más que cierto. No puede haber errores científicos en la biblia porque es inspiración de dios. Eso sí la interpretación es personal y no dogmática.

Mas no sólo no es normativa sino que dentro de su gnosticismo pone al hombre a la altura del propio dios. Es órfica en el sentido de que existe una potencialidad de divinidad del yo, un yo que es elitista, de un yo que comparte divinidad con el mismísimo dios. Un dios, por cierto, que es uno más entre otros dioses. Para los mormones, por ejemplo, dios organizó a las personas y el mundo pero no lo creó. De hecho entienden que el ser humano es tan antiguo como el propio dios. El espíritu humano se engendra en el cielo pero la mente y la inteligencia han existido siempre. Copiando la teoría de las formas (ideas) platónica se entiende que lo humano tiene un aspecto totalmente conectado con los dioses o lo eterno. Por eso la relación con dios o con Jesús sólo puede ser personal, por esa conexión con la eternidad del hombre en sí. Por eso los creacionistas rechazan de plano la teoría de la evolución. No por su parte científica sino porque cuestiona que el ser humano haya sido alguna vez parte de dios, o un dios en sí mismo.

Quitarle al hombre su sentido divino atenta contra el tercer elemento clave de la religión americana, su individualismo. No es un individualismo del tipo protestante o calvinista como intentó ver Max Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo. Existe en algunas confesiones derivados de la predestinación calvinista como en los Testigos de Jehová o los baptistas del sur, los 144.000 elegidos que se salvarán de los primeros, o las semillas de dios y el diablo en Eva de los segundos. En la Religión Americana el individualismo tiene que ver con la experiencia como se dijo y con la salvación. Sólo conociendo por uno mismo y en su relación personal con dios o Jesús el ser humano se salva. El éxtasis y el chamanismo de los pentecostales, pese a ser dirigidos por un predicador, no dejan de ser salvaciones, encuentros o expulsiones del diablo personales. El predicador, frente al cura de los católicos, no expulsa al demonio sino que ayuda al individuo a expulsarlo. Los Adventistas del Séptimo día hacen una gran invocación del cuidado del cuerpo y de la mente al considerar que cada cuerpo es un templo de dios mismo. La salvación, al fin y al cabo, se logra mediante un cara a cara con dios, no por intercesión de los demás. Es más en los baptistas del sur el deseo de éxito no está relacionado con la salvación, como decía Weber, sino como restitución de la pérdida en la Guerra Civil. El éxito individual es dejar atrás la rendición de las fuerzas del sur en Appomattox.

Todas estas expresiones religiosas de la Religión Americana acaban constituyendo un núcleo mental que se extiende por toda la sociedad. De esos tres pilares fundamentales se genera un magma identitario que llega a conformar una serie de presunciones sociales que son las que utiliza Trump es sus declaraciones. Estado Unidos, por la especial relación con dios, acaba siendo a vista de los estadounidenses la Tierra Prometida. La importancia dada en todo Estados Unidos a los libros de Daniel y el Apocalipsis genera ese sentido de lugar de salvación que creen tener allí. Por ello hay que cuidar primero a los propios, que son elegidos al fin y al cabo, antes que a los que están fuera. Los chinos no son electos de dios y sus productos sólo dañan a los buenos hijos del señor que producen en Estados Unidos. El dispensacionalismo (muy profundo en los evangélicos) establece que dios ha ido eligiendo diferentes medios de administración de su voluntad y gracia en distintos períodos de la Historia. En un primer momento fueron los judíos quienes lo ostentaron. Luego sería la iglesia católica y Europa los que tendrían ese privilegio.

Ahora, a poco tiempo del Armagedón y la llegada del reino de los mil años de Cristo en la Tierra, es Estados Unidos el pueblo elegido para administrar os deseos de dios. Edgar Y. Mullins ha sido claro: “América es la arena que dios ha proporcionado para poner en juego los principios de una manera libre y plena, y desde aquí está destinado a extenderse hasta que cubra la Tierra”. Trump en su expansionismo, como antes todos y cada uno de los presidentes estadounidenses (en especial desde Reagan), sigue la línea marcada por dios. El Imperio de los EEUU no es producto de los hombres sino de la voluntad de un ser superior. El famoso eje del mal de Bush junior, que tanto influencia a Aznar y los aznaristas, no es más que expresión de la Religión Americana. El sentido de nación elegida.

Pero no es una religión del amor, como podría ser el catolicismo, o la concordia, como el protestantismo europeo, sino que es una religión de la violencia. Una religión que no es de la paz porque se afirma por su guerra constante contra la otredad. Antes la URSS, ahora el islamismo radical. La consecución del reino de los cielos en la Tierra se consigue mediante el uso de la violencia (económica o militar) contra los que se niegan a reconocerlo. A Obama (que es congregacionalista) no le critican no haber sido demasiado violento, sino haber permitido con sus tratados de libre comercio y su apertura de fronteras meter la impureza dentro de la tierra elegida. Obama ha sido militarista, como los demás presidentes, aunque no frente a un enemigo sino como agente de paz. Por ello que Trump ataque a Corea del Norte o lance la MOAB es solamente una demostración del poder (violento) del pueblo elegido por extender el poder del propio dios. Al menos así queda configurado en el inconsciente colectivo.

Cerrar las fronteras solamente es una fase más de ese recuperar Estados Unidos del influjo comercial y personal de personas que no son dignas de dios. La idea de progreso, en la Religión Americana, tiene un sentido milenarista. No sólo Estados Unidos es el nuevo pueblo elegido sino que la Edad de Oro de las riquezas se dará allí mismo. Para ellos y ellas el progreso es disfrutar de esa Edad de Oro de los mil años, y las fuerzas del mal no pueden poner eso en peligro. La espiritualidad individual se ve acompañada por un materialismo de la cotidianeidad que es reflejo de ese deseo de disfrutar de la edad dorada. La victoria de Trump presentándose como un plutócrata coincide con la visión del éxito de la Religión Americana. Pues no hay que olvidar que el reino de dios es el único legal y los demás están desautorizados, como dirían los mormones. Los políticos son parte de ese gobierno desautorizado, mientras que Trump es producto de su propio esfuerzo y de generación de abundancia en la tierra elegida. No está loco, ni es populista. Trump tan sólo es producto de la Religión Americana que es el constituyente de la nación estadounidense.

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