Los dos últimos siglos españoles -más el presente- son intensos, convulsos y presididos por la pasión patria. Un ego que no distingue sexos, la codicia y la soberbia nos dibujaron inconcebibles escenarios político-económicos. Trajeron disturbios, trueques, guerras, conflictos inacabables y pugnas por un poder que degradó el antaño imperio colonial hasta un estado de segunda en una vieja Europa ya superada por Asia y América.

Esa pasión española precisa vigías y cronistas para ser entendida. En 1844 el Duque de Ahumada, también parlamentario, militar visionario y lúcido estratega, fundó la Guardia Civil para apresar bandidos. Le trasmitió valor, disciplina, entrega a los demás y subordinación al poder establecido. En 2018 la Benemérita, como cariñosamente se conoce a tan abnegada fuerza policial, sigue alerta contra los malos, contra los bandidos del siglo XXI: estafadores en internet, terroristas, asesinos, corruptos, abusadores de mujeres, niños y ancianos o traficantes de drogas, cuerpos, armas…

¿Por qué sobrevivió la Benemérita casi dos siglos? Unamuno da pistas: “Los españoles precisamos cerca un guardia civil: no por sus actos, por sus pensamientos”. La clave del cuerpo policial con más plantilla y medios es que conoce bien la piel del toro; sabe dónde tiene los cuernos. Sus irredentos agentes soportan tormentas, nevadas, chaparrones y marejadas del clima y de políticos mediocres o monarcas incapaces. Sirve saludando con respeto y lealtad al mandamás de turno ¡Y con sueldos ínfimos!

Los sucesivos borbones, desde su creación, consideraron a la Guardia Civil garantes del trono, así como las dictaduras de Primo, Berenguer y Aznar (1923-1930). Pero la breve Segunda República (1931-1939) la asumió con desconfianza. Pensaron, sus impulsores, que no acataría una democracia nacida de unas elecciones locales que desterraron a Alfonso XIII en 1931. De un lado, la Benemérita escoltó hasta la frontera gala a la Familia Real. De otro, el general Sanjurjo –su director entre 1928 y 1931- se cuadró ante los nuevos gobernantes avalando la lealtad de sus hombres. Aquella puesta en escena contrastó con el fiasco de su golpe en 1932 (Sanjurjada).

Este denso período histórico, la Segunda República, está pleno de bibliografía, como el de la guerra impropiamente llamada ‘civil’ (1936-1939). Pero está huérfano de estudios sobre el papel de la más importante fuerza de seguridad española de similar carácter militar de los Carabinieri italianos, Gendarmerie galos o GNR lusa. Pensar que la Benemérita fue desafecta al republicanismo es un error. Lleva en su ADN respetar la norma y al poder.

Conocíamos, gracias al genial Lorenzo Silva, la biografía del benemérito general Aranguren (Recordarán tu nombre, Destino 2017). Antes supimos, por José Luis Olaizaola, de los avatares del coronel Escobar. Su libro mereció el Planeta de 1983 e inspiró una reveladora película sobre la dignidad, integridad, coherencia y profesionalidad de tan benemérito jefe, subordinado de Aranguren. A este último lo fusilaron, sin indultarlo su colega y amigo Franco, en una silla de ruedas tras sufrir inmundo presidio por acatar la legalidad republicana de la Generalitat en 1939, a la que obedecía desde 1933 la Benemérita por así acordarlo las Cortes.

¿Por qué sobrevivió la Benemérita casi dos siglos? Unamuno da pistas: “Los españoles precisamos cerca un guardia civil: no por sus actos, por sus pensamientos”

Con tal panorama saludamos un libro que cubre históricamente esa laguna del instituto armado. La Segunda República y la Guardia Civil (La Esfera, 2018) es la tesis doctoral de un historiador por la UNED. Además, es capitán del cuerpo e instructor de guardias y suboficiales en Baeza. Nos referimos a Agustín M. Pulido Pérez, un sanluqueño curtido en Sevilla que escudriñó archivos en busca de la verdad sobre la Guardia Civil entre 1931 y 1936. Las luces y sombras las relata con la exigible asepsia, pero sin desprenderse del afecto que le profesa al tricornio y lo que representa.

La historia de la Guardia Civil que narra, Pulido bajo la cronología del dato es cruda, guste o no. La obra no parece bendecida por el ‘nihil obstat’ (nada que objetar) corporativo. Se ilustra con fotos históricas que radiografían el continuo ‘estado de sitio’ de aquellos días. La Benemérita sufrió el odio inicial del desheredado por creerla monárquica. La tensión social asaltó cuarteles, multiplicó sus mártires y activó el terrorismo anarquista, tan enemigo de aquella República como los pistoleros falangistas.

Entre 1931 y 1932 la Guardia Civil contempló, impotente, la quema de conventos e iglesias en las principales capitales. El anticlericalismo pudo a la inacción. Manifestantes y huelguistas cercaron sus puestos o los invadieron, como en Castilblanco (Badajoz). Ahí hasta descuartizaron a todos sus agentes. En Arnedo (Rioja) el exceso fue de una Benemérita sobrepasada por la ira popular. En Cataluña, Andalucía y Aragón sufrió y combatió ataques del anarquismo radical y desde Casas del Pueblo.

La República creó la Guardia de Asalto (1932), a la que dotó de más armas que los viejos Mauser de la Benemérita. Reforzó el no uniformado Cuerpo de Investigación y Vigilancia que el régimen de Franco (1939-1975) no disolvió hasta 1942. La República fue para la Guardia Civil época compleja. La desafiaron la violencia callejera, sicarios y conspiradores.

Constatamos en el libro de Pulido Gómez la adecuada conducta del instituto armado sirviendo al republicanismo izquierdista, conservador y radical. Julián Besteiro (1870-1940), digno socialista que presidió las Cortes (1931-1933) hasta alabó a la Guardia Civil, cinco décadas antes que la ‘descubriera’ el ministro Barrionuevo, del PSOE de Felipe González.

En los sucesos de Casas Viejas (hoy Benalup de Sidonia, Cádiz) de 1933, que acabaron derribando a Azaña del poder, la Guardia Civil salvó vida de inocentes por extraerlos del paredón que improvisó el sanguinario capitán Rojas (Guardia de Asalto). Aquel oficial acabó condenado por aquella carnicería. Pulido recuerda que tenía antecedentes.

El desafío de la violencia, la subversión hacia la legitimidad republicana y el proceso revolucionario que orquestaron radicales del socialismo, comunistas en toda España y anarquistas en el litoral mediterráneo para los abnegados guardias civiles constituyó un reto. En Asturias estalló en 1934 una sublevación minera y popular contra el gobierno republicano conservador que la sofocó el general Franco y sus legionarios.

La convulsa Cataluña, violentada por ácratas, sindicalistas radicales, trotskistas y pistoleros pagados por empresarios centró en Barcelona toda clase de atropellos donde la Guardia Civil hizo lo que pudo. Al igual que en Madrid y toda la Andalucía jornalera que reivindicaba el pan y justicia. La llegada del Frente Popular al poder republicano a principios de 1936 atareó más a la Benemérita para sofocar más incendios que acabaron en la catástrofe de una guerra entre hermanos que comparten patria.

Analizando qué paso durante la Segunda República no sólo valen obras de historiadores más o menos creíbles extranjeros (Payne. Thomas, Preston, Beevor, Jackson…), ni las tesis de los patrios (Casanova, La Cierva, Tusell, Zavala. Viñas, Salas Larrazábal, Tamames, Moa…) cuyos escritos iluminan verdades, las tergiversan o crean dogmas. Como las biografías ‘amables’ de personajes de entonces que creen salvarse con un libro.

También son imprescindibles crónicas como las de Pulido Pérez, que nos acercan a lo que palpitó desde la óptica criminológica de la autoridad. Faltan, pues, obras sobre los tenaces Carabineros, Guardias de Asalto y los agentes del Cuerpo de Investigación. A esos colectivos sólo los sepultó la historia oficial del franquismo, pero lucharon la seguridad pública.

La Guardia Civil, sin embargo, sobrevivió a la Segunda República con sus señas de identidad relativizadas por una férrea autocracia. La médula de la Benemérita la intentó relativizar Franco. Ni le confió su escolta, que delegó en la Guardia Mora. Aunque pensó disolver la Benemérita por el republicanismo de gran parte de sus mandos, acabó ‘remilitarizándola’ con Eliseo Álvarez-Arenas al frente, un africanista que absorbió -en 1940- a los Carabineros, creados en 1829 y pro republicanos. Este Cuerpo perseguía a los contrabandistas, vigilaba costas y fronteras eficazmente.

La historia posterior de la nueva democracia de la Constitución de 1978 en la Guardia Civil tuvo muchos que la escribieron. Esa ‘guardia civil caminera’ que relató Lorca o aquellos ‘tricornios de charol’ de los que se despedía Juan Goytisolo desde el café Hafa tangerino mirando la costa española, quedó atrás por profesionales que dominan idiomas, aplican sus licenciaturas universitarias y ayudan al ciudadano con problemas sin dejar de saludarlo respetuosamente. La incorporación de la mujer a la Benemérita desde 1988 suma igualdad y pone coto al machismo y clasismo que se hizo fuerte en la Guardia Civil durante tiempos pretéritos.

La democracia que disfrutamos visibiliza a los guardias civiles rescatando náufragos y montañeros, liberando secuestrados, buscando desaparecidos, protegiendo a los débiles o auxiliando a heridos viales. La Segunda República no tuvo la desgracia, para la Guardia Civil, de tener un director no militar, impostor y corrupto, como Luis Roldán o un general como Llaneras, el que cobraba en consejos societarios de proveedores del instituto armado y que fue hasta ascendido tras ser ‘pillado’ en la fechoría.

En la Segunda República la Guardia Civil fue dirigida, tras Sanjurjo, por los generales Miguel Cabanellas, Cecilio Bedía y Sebastián Pozas. Tres profesionales de la milicia que impusieron el orden público y el civismo ante el caos, violencia y subversión sufrida por el régimen republicano.

 

La Segunda República y la Guardia Civil
Agustín M. Pulido Pérez
La Esfera
360 páginas
21,90 €

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2 Comentarios

  1. Se nota demasiado que te han pagado para escribir positivamente sobre el libro que, por otra parte, si lo escribe un guardia civil, no puede ser objetivo.

  2. Sr. Riva: Aclararle que no cobré un céntimo de Diario16, ni editorial La Esfera, ni jamás contacté con el autor del libro, ni la Guardia Civil me contactó para nada. Al revés, me puso multas, me investigó, en especial cuando Luis Roldán la dirigía y me persiguió cuando era insumiso al servicio militar. Otra cosa, Sra. Riva Alvarez, si es que así se llama, es que Vd. tenga prejuicios sobre la Benemérita, sobre mi persona o sobre el autor del libro y esto le haga opinar descalificando sin prueba alguna. Saludos

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