Cada día es una sorpresa para cualquier usuario de la red de transporte público madrileño. “Las incidencias” en Metro o Cercanías, que mencionan siempre por megafonía (pero nunca llegan a explicar), se han convertido en parte del día a día de los ciudadanos.

Renfe ha abandonado desde hace mucho tiempo Cercanías Madrid. El mal funcionamiento del servicio es conocido e incluso reconocido por el Ministerio de Fomento, pero no aplican soluciones, solo expiden promesas que nunca llegan a convertirse en hechos. El Gobierno central con su inacción deja abandonada a las periferias de Madrid, que necesitan usar el tren para ir cada día a su puesto de trabajo. Pero es que detrás de las esperas y las averías constantes existe un problema mucho más grave, el de la seguridad.

He formado parte de andenes masificados en Atocha porque los trenes no llegaban por la incidencia de turno y he sentido miedo, miedo de que por algún motivo se originara un tumulto que provocara empujones que pudieran conllevar la caída de personas a las vías. Las fuerzas de seguridad y Renfe tendrían que evitar estas situaciones de extrema masificación, especialmente en la estación ferroviaria con más tráfico de pasajeros de un país que, además, está en el nivel 4 de alerta de ataque terrorista.

Metro parece querer seguir las andanzas de Cercanías. Los servicios son claramente insuficientes para una ciudad como Madrid, no digamos para el conjunto de la región. Hay cierres de líneas completas durante horas por incidencias prácticamente semanales. Por otra parte, hay que sumar los costes no esperados que han supuesto las ruinosas ampliaciones del suburbano en los años dorados de Esperanza Aguirre. La mala planificación en la realización del MetroEste ha supuesto múltiples cierres de la línea para intentar que los túneles no se convirtieran en un afluente del río Jarama, cuya agua se filtra por la composición del terreno. Los sobrecostes generados ahora son pagados por todos los madrileños, porque la expresidenta de la Comunidad de Madrid decidió romper la planificación estudiada geológicamente para que su recién inaugurado Hospital del Henares contase con una estación a tiempo. Como consuelo, si es que lo es, podemos conformarnos con que ya no es querida ni en su propio partido político.

Alguno dirá que menos mal que el Ayuntamiento de Madrid quiere asumir las competencias del Metro otra vez. La EMT es un ejemplo de que Ahora Madrid gestiona de manera excelente los servicios públicos, o eso dicen. Mi experiencia me aleja de esa imagen idílica del autobús urbano de la capital. Los cambios de frecuencias de los autobuses y la falta de sincronización entre ellos suponen esperas demasiado molestas que podrían ser resueltas con una buena programación de las rutas. Está muy bien que los autobuses tengan USB, pero sería más importante que tuvieran rampas que funcionaran para que las personas en silla de ruedas no tuvieran que esperar varios autobuses, teóricamente todos ellos accesibles.

Si coger un tren supone llegar tarde al trabajo o si el abono transporte cuesta más que la gasolina, las campañas publicitarias para fomentar el transporte público no van a llamar la atención de ningún usuario del transporte privado. Por ello, un servicio de calidad con precios proporcionales a los salarios de la gente es la única solución para que cada vez más personas decidan utilizar el transporte público y no contribuir más a contaminar nuestro planeta. En definitiva, se trata una vez más de apostar por los servicios públicos de calidad como prioridad en combinación políticas de sostenibilidad medioambiental.

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La curiosidad me llevó a estudiar Periodismo y la inquietud a participar en aquellos espacios donde están los soñadores incansables que quieren cambiar el mundo. En IzAb coincido con muchos de esos soñadores, otros que como yo no creen en las fronteras de unas siglas, que quieren sumarse a otra gente y a otros espacios también llenos de soñadores

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