El día que denuncié todo lo que me habían hecho unos compañeros, en connivencia con un comisario, comenzaron a llamarme desde distintas redacciones de prensa escrita, radio y televisión. Pese a estar estupefacta y totalmente desubicada atendí a todo el mundo. Fue entonces cuando se presentó ante la mí una enorme disyuntiva, pues tenía que decidir si dar el paso al frente y contarlo públicamente o callarme y meterme debajo de una piedra para esperar a que toda aquella tormenta de lluvia y polvo pasase, porque lo que estaba claro es que publicarlo lo iban a publicar igualmente.

Y es que no es algo muy común que una poli se ponga en plan kamikaze a contar lo que pasa dentro del cuerpo en el que trabaja, por todo el tema de que eso es traicionar al colectivo y demás consignas corporativistas en las que respiras desde que pones el pie dentro de un cuartel por primera vez.

Decidí entonces dar una entrevista en la radio, por no salir dando la cara del todo y así protegerme un poco, porque no me encontraba bien de ánimo ni me sentía con humor.

Sucedió algo muy curioso que activó todas mis alarmas y fue que, tras la entrevista, muchos de mis compañeros de trabajo, comenzaron a acercarse a mí, muy preocupados por mi imagen pública y todos coincidían en un mismo objetivo común: intentar ayudarme para que la prensa no me destrozase con sus garras de animal selvático y su sed de sangre humana, sed que decían ser mucho más intensa si se trataba de un suceso relacionado con la policía, pues me explicaron muy detalladamente cuanto nos odian los periodistas con frases como las que siguen a continuación:

“Ten cuidado que son muy mala gente y nos tienen muchas ganas.”

“Ten cuidado que te la van a jugar”.

“Están esperando la mínima para darnos.”

“ Yo de ti no les cogería el teléfono, es más, deberías apagarlo y comprarte otra tarjeta y ya está”.

“Es un consejo de amigo.”

“Te lo digo porque te aprecio”.

“Te lo digo porque me gustaría que me lo dijeran a mí.”

“Tu verás, pero no te conviene.”

“Te hablo como le hablaría a mi hermana”.

Al principio he de reconocer que esa preocupación colectiva me hizo sentir muy bien y hubo en mí grandes emociones de festejo patrio al sentir que todos querían protegerme de aquella panda de hienas cargadas con cámaras y micrófonos. Pero tantos fueron los preocupados por mi silencio para con los medios, que la niña jodedora y rebelde que un día fuí comenzó a interpelarme desde entro al grito de: ¡Nena aquí pasa algo raro! y claro, la tuve que escuchar.

La prensa siguió vendiendo mi historia de cómo me insultaban y se reían mis compañeros de mí por el hecho de ser lesbiana, mientras muchos ciudadanos se echaban las manos a la cabeza preguntándose como era posible que estas cosas siguieran sucediendo en pleno siglo XXI, cuando ya somos todos muy abiertos y en realidad nos da igual con quien se acueste cada uno, como si la cosa fuera de andar follando, como si todo lo que una lesbiana es fuese justamente eso, andar chingando por ahí con tías, gran avance.

Se abrieron debates en medios de comunicación en los que se ponía sobre la mesa la gran duda existencial: si había machismo y homofobia en la policía. Algo que para poder contestar debes haber cursado previamente un master en la universidad de Michigan ya que la pregunta en sí encierra una gran dificultad de análisis y precisa por tanto de una investigación seria y en profundidad para lograr dar una respuesta ajustada a los marcos de la realidad, por lo que todo fueron dudas y: no pero sí, sí pero no, sí pero no todos, sí pero hay gente muy buena, no pero son unos pocos…vamos que el cascabel al gato no se atreve a ponérselo ni Dios.

Entonces todos aquellos compañeros que tanto se preocupaban porque los periodistas no me destrozasen empezaron a dejarme de hablar y a mirarme con desconfianza o hacer que no me veían al caminar por los pasillos o cruzarse conmigo en el bar.

Y es que ese silencio que clamaban para protegerme era un silencio trampa, un silencio cómplice, un silencio que les facilitaría hacer lo que tan buenos resultados les ha dado siempre, un silencio que les llevaría a planear en grupo la excursión organizada a la sala de la colada donde se arreglan los desaguisados internos para, una vez allí encerrarse en manada y coger los trapitos sucios y empezar a lavar. Trapos que por otra parte tú has ensuciado abriendo la boca.

Me di cuenta entonces que visibilizar mi caso les había fastidiado sus planes de limpieza colectiva, que había chafado yo toda posibilidad de arreglo de cambalache y que ya no podían lavar los trapitos porque la mierda estaba por el suelo, las paredes y hasta en el techo y todo se me empezó a complicar dentro del cuartel, destilando la cuestión en sí misma un hedor que quitaba las ganas de que llegase la hora de la merienda.

Y es que la ciudadanía ha cambiado, la gente quiere transparencia, limpieza, pulcritud y buenas praxis para todo aquel servicio publico que paga desde su bolsillo, pero lo cierto es que seguimos manteniendo la opacidad en algunos colectivos.

Un hermetismo que permite que un ciudadano o ciudadana, cuando pone una queja se haya de quejar ante el que genera su descontento, porque no tenemos cauces externos para controlar a los que controlan. Un buen ejemplo de ello es que cuando haces un recurso por una denuncia de tráfico, el encargado de resolver el recurso es el agente que interpuso la denuncia en su momento, es decir aquel o aquella con el que la tuviste liada en la calle.

No se entienda esto que digo más que como lo que es, una critica constructiva con un plan absolutamente trazado que tengo diseñado sobre el papel para mejorar los servicios policiales. Pero es que creo firmemente que instaurar una célula externa compuesta por personas sin relación con la institución nos ayudaría a realmente hacer de las policías espacios más democráticos y mejores para todos, ya que eso evitaría la puesta en marcha con agua caliente de la lavadora en la que se vienen lavando los trapos sucios en casa.

 

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