TOÑO

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Había comprado el truco a un mago hindú en su lecho de muerte. Se lo cambió por un cigarrillo arrugado –el penúltimo del paquete– pero no le acercó el mechero ni aunque el gran Lokesh se lo suplicara con los últimos estertores de muerte. Porque aquello no formaba parte del trato y porque Toño era un cabrón, para qué negarlo.

El truco que le robó al hindú poseía esa rara virtud de las mejores obras de arte: era sencillo de tan inexplicable, e inexplicable de tan sencillo. De modo que ya sólo le faltaba una gran frase para enfatizar su efecto y así presentarlo ante el respetable el día de su triunfal regreso. Pasó un par de noches discurriendo sobre la dichosa frase y al fin dio con el abracadabra: La Naturaleza aborrece el vacío… Toño se sintió Fred Astaire sobre el colchón de su camastro. Bailaba de alegría. De modo que todo estaba ya listo para explotar aquella mina de oro.

Sus comienzos como mentalista, sin embargo, fueron algo más complicados. Escogió mal su nombre artístico, ya de partida. (Se puso Anthony Black.) Y todo porque en aquel momento el mentalista celtibérico de moda tenía otro muy parecido que alguno de ustedes tal vez recuerde, y porque Toño se quería subir al carro del otro y robarle los contratos que así le cayeran, una vez forzado el despiste de algún concejal de festejos. Ahora iba a cambiar su nombre por Israelikus: un nombre oscuro en que se mezclaba aquél que le habría gustado tener –Israel– junto con una terminación –medio latina, medio transilvana– que ofreciera al público tanto sentido del exotismo como de la inmortalidad. Israelikus, se dijo, y no se hable más.

Contrató a la última de sus ex-amantes. Primero le ordenó hacer ejercicio y después comenzó a endilgarle todos los recados inútiles que se le ocurrían mientras él, haciendo la forma del loto en una alfombra con el mapa del Kurdistán, seguía rumiando su frase triunfal: La Naturaleza aborrece el vacío… Aquélla por la que sería recordado y que tampoco era de su autoría. Se concluye por tanto que Toño no era otra cosa que una sabandija.

La noche del estreno, la ex-amante salió en primer lugar vestida con un salto de cama color carne. No había dinero para una producción decente del espectáculo todavía, pero a las tres representaciones el líquido comenzaría a fluir como  imantado hacia su cartera. Eso se decía Toño al menos.

–Señoras y señores: todos lo sabremos más tarde. Ya sólo quedan unos minutos para que todos ustedes despierten. Deben despertar al amor porque Israelikus así lo ordena. La Naturaleza aborrece el vacío…

Toño escogió entonces a dos personas del público, aparentemente al azar. Y al colocarlas una frente a la otra, ocurrió lo mismo siempre y siempre de manera idéntica: los elegidos se enamoraban desaforadamente. A las tres noches de representación, con reventa de boletos incluida de profesionales migrados desde Las Ventas, Israelikus había triunfado ya en el boca a boca de los programadores de las grandes salas de la Gran Vía. ¡Ciento trece citas había ya en el Registro Civil para casarse al día siguiente del estreno! Y aunque había varias desapariciones románticas registradas a los paradores más cercanos, no quedaba habitación vacante en ninguna de las pensiones del centro, ni tan siquiera en camas de noventa y a la hora de la siesta –sobre todo a la hora de la siesta– porque la cosa ésta del amor repentino era imparable. Al cuarto día, Israelikus y su ex-amante ya estaban abriendo los telediarios. En la televisión del estado lo nombrarían motor de la economía hostelera y vigorizador de la natalidad nacional. En los programas del corazón sería el causante de varias rupturas legendarias, todas portada del papel cuché y todas buen negocio. Así, entre unos y otros lo alzaron hasta su espaldarazo final: aquel año, Israelikus haría el anuncio de nochevieja de Freixenet. Diría por contrato su frase mítica y pondría su mirada oscura de siempre…

Él se creyó capaz de mejorar el truco del hindú, confiando en que lo haría funcionar también a distancia, en el hogar de los televidentes. Lo anunció a bombo y platillo por los platós. Se le estaba yendo la cabeza. Porque aunque había entendido qué clase de personas debía elegir para que el truco funcionase en las salas del teatro, en realidad nunca llegaría a comprender la lógica del truco mismo. Y de repente hasta se creyó su magia aspirando a ser un nuevo Mesías, tal vez porque tenía inflamada la cabeza por las burbujas de aquel cava navideño.

De modo que Israelikus puso la mirada torva y entonó su famoso karma.

–La naturaleza aborrece el vacío.

En los monitores de todos los rincones del país pasó el tiempo mientras no pasaba nada. Los televidentes esperaban una bacanal de sentimientos que jamás llegó. Estaban más excitados que en los tiempos de Uri Geller, pero se quedaron a dos velas. Al día siguiente, hasta le cayeron de rebote las culpas de algún divorcio que casó con la fecha. Y claro, la prensa del corazón se cebaba ahora contra él y contra su historial ridículo. Toño se sentía tan avergonzado… Quería escapar con el dinero que había trincado y ser profeta en otra tierra. Que os den, pensaba.

A las dos semanas puso a su ex-amante y a su casero frente a frente. Les unió las manos y allí los dejó, abotargados de amor. Se volvió a cambiar de nombre. Antoinette. Se hizo un caracolillo en el pelo y se pintó un lunar en el mentón para vender su españolismo cañí.

Un domingo de febrero cruzaba ya los Pirineos.

*Puedes leer los anteriores #Fotocuentos aquí

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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