El pasado más reciente se parece demasiado al presente más inmediato. La historia tiende a repetirse con suma facilidad aunque cambien los actores protagonistas. El historiador José M. Faraldo recoge en Las redes del terror. Las policías secretas comunistas y su legado (Galaxia Gutenberg) una detallada y completa aproximación a la telaraña institucional que los regímenes totalitarios de corte comunista crearon para perpetuarse en el poder gracias a unos servicios de seguridad que utilizaron todas las malas artes habidas y por haber para instaurar el terror entre la población, sometida al yugo del control de su más estricta intimidad, algo no muy lejano bajo el imperio de Facebook o Wikileaks.

 

En tiempos en los que el espionaje al más alto nivel abre portadas casi a diario con la crisis de los Estados Unidos de Trump con la Rusia de Putin, usted aborda “las redes del terror” que tejieron las policías secretas comunistas. ¿Nada que ver éstas con aquéllas, o quizá todas estas redes se retroalimentan unas de otras?

Por supuesto que tienen mucho que ver. En la Federación Rusa ha habido una clara continuidad de los servicios secretos, aunque ahora no se los pueda calificar de “policías políticas”. Se han estandarizado, podríamos decir, y sus métodos –aunque aprovechándose del bagaje anterior–, han cambiado también. No hay, por ejemplo, una vigilancia “ideológica”. Esta ha pasado a una mera lucha por reforzar la seguridad del poder establecido y del Estado. La intromisión en la vida privada se ha reducido mucho, también porque ya no les es necesaria para sus fines.

“Es increíble que la Fundación Francisco Franco posea los documentos del dictador”

 

Usted mismo pone en los métodos de la Inquisición la “hoja de ruta” que han seguido a lo largo de la historia las policías secretas de los estados. ¿Se ha ganado en crueldad con el tiempo o, por el contrario, se han hecho más ‘humanas’?

La crueldad del ser humano –más allá de alteraciones psicológicas individuales– es un hecho inherente a su entidad como ser social. Pero precisamente por ello, los cambios en las sociedades han hecho más difícil la crueldad propia de otras épocas. La crueldad, como la violencia, precisa de un contexto de impunidad o de aleccionamiento que es siempre social. Hoy día eso se ha reducido bastante. Aunque en todas las sociedades democráticas surjan casos de tortura, no es la norma, ni es aceptada generalmente, ni se practica cotidianamente.

“La España republicana fue capaz, durante la guerra, de volver a instaurar el Estado de derecho, con ayuda del Partido Comunista, algo insólito ahora”

 

Es un experto en bucear en los archivos oficiales más comprometedores de la historia para muchos estados y gobiernos. ¿Por qué precisamente España es uno de los peores –o incluso el peor– país para llevar a cabo estos estudios?

No diría yo que es “el peor”. Hay archivos que funcionan muy bien y cuyo personal es excelente, pero sí que hay un concepto erróneo del archivo y su importancia. En primer lugar, hay un concepto patrimonial de los documentos, que se cree “pertenecen” a quien los crea. Por eso tenemos casos como el de la Fundación Francisco Franco, que jamás debiera haber accedido a poseer los documentos del dictador, eso es algo increíble. Pero no es algo aislado: todos los políticos españoles, incluyendo los de la democracia, se han llevado documentos a su casa. Las fundaciones de todos ellos (últimamente está el caso de la de Felipe González) están llenas de esos documentos, lo que nos hace pensar, ¿por qué no están en un archivo público? Y también ¿qué documentos no habrán desaparecido o sido expurgados para salvaguardar la propia imagen? El origen de todo ello está en la falta de conciencia de que los documentos, como patrimonio del Estado, son públicos. Excepto casos muy concretos –digamos la información sobre espías en activo, o casos abiertos de la policía– deberían ser de acceso público. Con las garantías que se quieran para anonimizar –o no– casos sensibles, con reservas para investigadores y periodistas que, como en mi caso con los documentos de la Stasi, hayan de firmar. Pero abiertos al público. Y luego está, claro, la crónica falta de medios que el Estado concede a todo lo que tenga que ver con el patrimonio.

 

Si algo evidencia un estudio tan exhaustivo como el suyo en Las redes del terror es que el ser humano es capaz de superarse a sí mismo en actuaciones tan abominables como absurdas, ¿no cree?

Es cierto que muchas de las tragedias que he investigado son también absurdas en el sentido de que ni siquiera eran necesarias para los propios fines de las dictaduras. Perseguir y presionar a las personas hasta que su cordura se rompía, por ejemplo, apenas traía beneficios de estabilidad al régimen.

“La intromisión en la vida privada se ha reducido mucho, también porque ya no les es necesaria para sus fines”

 

En esta vorágine del terror, ¿se podría hacer uso del “y tú más”, tan habitual entre políticos, a la hora de comparar las actuaciones de regímenes comunistas con fascistas?

Las comparaciones son necesarias para examinar rasgos distintivos de cada caso, no para realizar un juicio moral sobre quién mató más. Los regímenes de dictadura de masas del siglo XX fueron igualmente asesinos en sus premisas básicas, porque provenían de la misma confrontación por controlar y acelerar una modernización que parecía inexorable. Pero hubo enormes diferencias. Lo dice Amir Weiner: cuando los soviéticos liberaron Auschwitz, encontraron allí montañas de cadáveres y unos pocos supervivientes: cuando murió Stalin, se abrieron las puertas del Gulag y centenares de miles de presos volvieron a casa. El caso de España es también bastante claro: ambos bandos mataron, los primeros seis meses de la guerra fueron atroces en el bando de la República. Pero la España republicana fue capaz, durante la guerra, de volver a instaurar el Estado de derecho, con ayuda del Partido Comunista, algo que parece insólito ahora. Si hubiera ganado la guerra, no parece que se hubiera llegado a la destrucción sistemática del derecho, la justicia penal ni a los excesos criminales del primer franquismo.

 

¿Ha notado diferencias entre países cuando ha llamado a las puertas oficiales para indagar en sus archivos? ¿los hay más o menos reacios a facilitar los documentos para las investigaciones?

Por supuesto, hay muchas diferencias. Lo que sucede es que en los Estados postcomunistas de Europa Central –incluyo a Alemania–, el uso de los archivos ha sido politizado para atacar a los enemigos políticos. Por eso han sido abiertos, como forma de combate. Eso no implica que, en algunos, como en Rumanía, parte de los documentos no hubieran sido trasladados al archivo, lo que impidió verlos.

“La democracia y el Estado de derecho han de ser vigilados y controlados constantemente por los ciudadanos”

 

De todos los hechos investigados y descubiertos durante su trabajo, ¿cuál en concreto cree en su opinión que reviste especial crueldad y condena?

No podría decidirme por ninguno, ya que, en definitiva, todo el libro es una condena de la actividad represora y violenta de estas policías. Quizá, y dejando al margen la vorágine de terror del estalinismo, podría personalizar un caso que a mí me parece injusto hasta la médula: Witold Pilecki, un resistente polaco contra los nazis, que se dejó capturar voluntariamente para ser enviado a Auschwitz e informar sobre el campo. Después de la guerra, la policía secreta comunista le acusó de haber sido espía nazi, le torturó y ejecutó. Imagínense lo que debió de significar moralmente para aquel hombre, que se había atrevido a lo indecible para luchar contra el fascismo, que le acusasen de ser cómplice de sus crímenes.

 

¿Tiene alguna constancia de que los servicios de espionaje de las democracias actuales utilizan métodos y estrategias similares a estas redes del terror que usted analiza en su libro?

Con este libro no quiero decir que no sean necesarias para la existencia de los Estados la labor de recopilación de información ni la de –en casos concretos– vigilancia y represión de la criminalidad. Pero deben ser mecanismos democráticos y dentro del Estado de derecho quienes controlen firmemente estas agencias y quienes les marquen los límites de lo que es delito y no. Y, por supuesto, la opinión, la disidencia, jamás deben ser delito, expresadas conforme a derecho. Ahora bien, dicho esto, la verdad es que sí, las policías secretas de muchos países democráticos -en primer lugar Estados Unidos, pero no sólo-, continúan utilizando métodos como los que yo cuento en mi libro. El gran problema de nuestro tiempo, sin embargo, es que las redes sociales pueden ejercer ese mismo papel, sin necesidad de que haya un gobierno detrás, y en función de intereses muchas veces desconocidos, ocultos o, simplemente, azarosos. La conclusión, que dejo clara en el libro, es que la democracia y el Estado de derecho han de ser vigilados y controlados constantemente por los ciudadanos.

 

 

Las redes del terror
José M. Faraldo
Galaxia Gutenberg
340 páginas
22.50 €

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

16 + 10 =