Foto de José Joaquín Domínguez del Castillo.

Está a punto de cumplir 20 años y su carrera literaria ya vuela entre versos y metáforas desde hace años, pero lo hace sin prisas, disfrutando el momento y sabiendo que este mundo es una carrera de fondo con innumerables obstáculos. Mientras tanto, prosigue su formación universitaria en Granada en Literaturas Comparadas. Presenta su primer poemario, Presente y el mar (Esdrújula Ediciones), alabado ni más ni menos que por todo un Premio Nacional de Poesía como es Luis García Montero. “Cómplice ya de un existir pleno de espumas, noticias, espejos, mitos, puentes, lluvias y archivos, para crear con pie firme sus recuerdos futuros”, dice de ella. Ahí es nada.


 

¿Qué piensa cuando todo un Hijo Predilecto de Andalucía como Luis García Montero le dedica estas palabras tan elogiosas de presentación: “Decidida a saberse y a darse a saber, vivo deseo de cantar”?

Pienso lo mismo que en el caso de que no hubiese sido nombrado Hijo Predilecto. Me habla, me escribe, un profesor de literatura, un lector, un poeta y un ser humano. Por tanto lo que aprecio y agradezco es la sinceridad, el entendimiento, quizá cierta identificación, la lectura y el tiempo. Y sea o haya sido poeta de la experiencia, de “una sentimentalidad otra”, o si hubiera sido novísimo, o ultraísta, o del desgarro o del exilio (todos los poetas sufren o viven en una suerte de exilio), le agradecería lo mismo: el tiempo y el entendimiento. (Quizá así lo quisiera él, creo).

 

Poesía y prosa. Géneros tan dispares no encuentran línea divisoria fácil en su escritura. ¿Es así como concibe el acto creativo y literario, como un todo unificador?

Sí que hay una línea, no estrictamente divisoria, pero sí una línea entre poesía y prosa en lo que escribo. Cultivo ambas, si se refiere a eso, a la publicación más reciente En cambio el silencio. Es cierto que se trata, al menos en mi caso, de un proceso distinto, un acercamiento distinto, en el caso de la prosa. Pero sí, es una prosa bastante –según llaman– poética, lírica. Escribo de manera que ha de haber un absoluto compromiso del contenido con la forma, lo que, se dice, suele caracterizar a la poesía (digo suele porque no sé hasta qué punto esto es así en las masificadas publicaciones del siglo XXI).

“El poemario es una multiplicidad de lecturas, sugiere en lugar de decir, es una apertura”

Sí creo que la división o clasificación en géneros es incierta, es bastante ilusoria. Estos conceptos tal y como los entendemos ahora son relativamente recientes. Lo cierto es que no hay definición atemporal, momificada, inmutable. Se trata de conceptos de una extrema historicidad, y en la mayoría de los casos, constituyen intentos de abstracción. Schlegel hablaba de la simpoesía o poesía transcendental, una suerte de obra inacabable, a la que se tiende, que busca abarcar todo tipo de discurso, de registro, incluso de género, rompiendo las fronteras de los géneros pétreos, dando cabida también, en su seno, en una misma agua discursiva¸ como dijera Lezama Lima, a la filosofía, a la política, a la propia teoría, a su propia crítica. A esto me ha conducido lo que decía cuando hablaba de “un todo unificador”. Pero no, no pretendo unificar. Unificar implica, en cierta medida, la elisión, la exterminación, de la diferencia, la sacralización, la fijación, de lo semejante o igual. No busco eso. Se trata de la polifonía, de la intercomunicación, un concepto más democrático.

Con esto, me atengo a la pregunta. Es cierto que en la prosa que he escrito y estoy escribiendo, doy cabida no solo al discurso poético, sino que permito la convivencia del poema y del teatro, pero esta prosa, a su vez, está diferenciada de la poesía. Hay unas reglas. Estas reglas no son comunes ni eternas. Pero he de hablar de cierta depuración, de un ritmo, una versificación (o una no versificación), ciertos elementos de repetición, la carga semántica. En fin, un todo, pero no unificador.

 

Pese a todo, imagino que este poemario supondrá más que nada un acto de presentación de lo que constituye su universo creativo a grandes rasgos.

En términos generales, sí. En Presente y el mar aparecen cuestiones recurrentes, obsesivas, en lo que escribo o he escrito –es decir, en lo que vivo y concibo y pienso-. El azar y el absurdo, la convención frente a la arbitrariedad, un concepto total del tiempo y el espacio, del individuo inserto en estos dos, la fragmentariedad del yo, el yo y el otro, el concepto de sujeto, el individuo y la colectividad. Pero también cuestiones sociales y metaliterarias. En cuanto a “mi universo creativo”, no se trata de un universo distinto, el cual apropie. El poema crea o dice una realidad, que no impostora mímesis de la realidad, del mundo “de fuera”. Y en esta realidad conviven la contradicción, la paradoja, las voces diversas y los ojos.

“No creo que las etapas vitales marcadas por la burocracia definan al ser y el estado del ser”

 

¿Qué es Presente y el mar? ¿qué ha querido transmitir con este trabajo de presentación en el siempre difícil mundo de la literatura?

Comienzo por la segunda, para luego responder a la primera. No importa lo que “el autor haya querido transmitir”. Con esto quiero prevenir de una equivocada lectura biografista. Tampoco me estoy acercando al formalismo, al inmanentismo de principios del siglo XX. El poemario es una multiplicidad de lecturas, sugiere en lugar de decir, es una apertura. El poema está abierto, es negación y afirmación, por lo que lo social, lo puramente formal, la experiencia, la metaliteratura, el juego literario, no se excluyen entre sí. Por tanto, ¿qué es Presente y el mar? A pesar de un aparente hermetismo, constituye una apertura. Una apertura hacia un lector activo. Esta idea la tuve quizá menos presente en los primeros poemas que escribí y que incluí en el poemario. Ahora estoy trabajando esa apertura mucho más.

Lo que ha de tenerse en cuenta es que el mundo de la literatura (es decir, el mundo en el que esa “literatura” se crea y se lee y se vende y se comercializa) no es uno distinto, sino el mismo suelo que pisamos.

 

Aún es una universitaria y ya se atreve con la publicación de un libro. Imagino que el temor y la ilusión se dividen a partes iguales, ¿no?

No creo que las etapas vitales marcadas por la burocracia definan al ser y el estado del ser. Probablemente muchos autores que publicaron en la edad madura pudieron sentir este temor o esta ilusión. Respuesta fácil: si se decide o se accede a publicar, el temor ha de ser sobrepasado por otra cosa –no ilusión, no en mi caso al menos, pero otra cosa-. Aunque también hay cierto masoquismo en las decisiones del poeta, y también hay decisiones o actuaciones precipitadas o impulsivas. Todo eso tiene mucho que ver.

La respuesta menos fácil: no siento “temor” o “ilusión”. Hay tal vez aceptación e incertidumbre. La poesía es también cierto acto revolucionario, esperanzador y esperanzado, aun cuando está inmersa en el mayor derrotismo u oscuridad. Si no, el poeta simplemente (o no tan simplemente) hubiera dejado los versos en un cajón. Que más tarde algunos editores sacarán del cajón, después de muerto, y publicarán. Quizá yo en algún momento guarde los folios en un cajón.

En cuanto a la incertidumbre respecto a la propia escritura, a las críticas y a la crítica, al error: al principio existe ese temor. He sentido ese temor al firmar el contrato de mi publicación próxima. Lógicamente no voy a decidir ni a acceder a publicar algo que no me satisfaga, que no me satisfaga al menos un poco en ese tiempo presente. Que no me satisfaga en un futuro es otra cuestión. Como lo entendieron Shklovski, Jakobson, Barthes o Rubén Darío, he entendido que hay que aceptar el tiempo.

 

¿Es más la expectativa de lo positivo o el enfrentarse a lo negativo lo que la empuja a entrar en este siempre proceloso mundo de la literatura?

Es una dicotomía curiosa. Y, como decía antes, son dos conceptos, dos posibilidades, que no se excluyen, que pueden convivir. Aunque suelo preferir no tener que hablar de mí, sino del texto en sí, ambas dimensiones están presentes en este conflicto entre lo positivo y lo negativo.

En primer lugar, realmente no me he detenido a pensarlo. Al menos, no es lo primero en lo que pensé. Así, en un inicio, no me impulsan ni la posibilidad de lo positivo, ni la posibilidad de lo negativo. Es el texto, el texto se impulsa a sí mismo. Si el poema está en el poemario, si se ha publicado, es porque el poema, por sí mismo, en algún momento, ha podido funcionar. Ya lo desmentirá o lo confirmará el tiempo.

Un aspecto indudablemente positivo es el hecho de que entrar en ese mundo te permite adquirir una consciencia no de lo consagrado y empolvado, sino de lo que se está escribiendo ahora, de cómo se está escribiendo, de lo que no se escribe, de cómo no se escribe.

“Hay cierto masoquismo en las decisiones del poeta”

En cuanto a un plano más personal, no hay “expectativa” de lo positivo. Pero sí es cierto que en alguna ocasión he podido creer en el funcionamiento de un poema, he podido pensar favorablemente en cuanto a su recepción o lectura. Hay poemas que ahora me rechinan. Sé que probablemente haya críticas y crítica, afiladas o perniciosas, justas o injustas, objetivas o subjetivas, con algo de verdad o con algo de mentira. Es una realidad que no se puede ignorar, pero que al mismo tiempo impulsa a la búsqueda –del poema, de la forma, de-. De algo. Como decía, hay que aceptar el tiempo.

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1 Comentario

  1. Bienvenida seas al mundo temporal de la poesía. Bienvenido, tu libro de poemas Presente yate el mar… Que eterno sea su latido.

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