Había sido una mala noche. Las estrellas habían brillado como de costumbre. Las nubes las habían ocultado como en la última semana. Un día más en la vieja casa habría supuesto un grado más de oscuridad en sus ojeras. Dicen que fue el insomnio lo que le llevó de vuelta a la ciudad. Pero yo no me lo creo.

Nemesio Peribáñez de Irazti llevaba dos meses alejado del mundanal ruido. Había pretendido hallar paz en un reencuentro con la naturaleza. Aunque intuía que sería difícil escapar de sus preocupaciones, confiaba en las personas que había dejado a cargo de la empresa. Siempre había estimado la valía de Ánder e Izaskun, hijos de su primer matrimonio. Además, debía ser necesariamente así; su médico, el doctor Flores, le había dado a elegir entre el ictus o la calma chicha. Peribáñez nunca prestó demasiada atención al viejo galeno. Pero no lo dudó cuando en el último control rutinario le midió tres veces una presión sistólica de veinte (200 mm de Hg), pues no le estaba hablando de rollos homeopáticos, de flores de Bach ni de acupuntura en vinagre.

En palabras de Flores, «abrazar la naturaleza era regresar a los orígenes». Es quizá el sueño de algunos urbanitas arrepentidos, pero no era precisamente el de Peribáñez, francamente colmado con su café matinal en el bar de la esquina. Para Nemesio no había duda: «Madrid también está en el campo».

Por lo demás, nuestro hombre tampoco estuvo aislado: si bien no usó el coche durante los dos meses de retiro, mediante el acceso a Internet pudo comprar lo que quiso para satisfacer sus apetitos digestivo y lector, y mantuvo el contacto con las amistades y la pareja, quienes solían visitarlo los fines de semana. Ocasiones en que Mici, el gato, parecía más huraño que entre semana. Las noches de domingo dormía como un lirón. Los lunes por la mañana eran una bofetada de soledad que se agigantaba según se aproximaba la noche invernal. Todas las noches de lunes a viernes se desataba la lucha contra los elementos, que únicamente sabía paliar leyendo. Hasta el albor de cada martes, de cada miércoles, de cada jueves y de cada viernes, en que los párpados caían rendidos. Volvía a abrir los ojos apenas tres o cuatro horas después. Una ducha para espabilarse, una suerte de pilates para desentumecerse, la comida de Mici, el desayuno y el paseo por la prevaleciente escarcha serrana. Durante la escasa media hora entre pinos miraba anhelante la mancha grisácea que le indicaba su verdadero origen, su extrañado Madrid.

No es que le atormentara la idea de enfermar, pues ya se ponía enfermo con la parsimonia de esos días. Como relató posteriormente, se sentía embaucado, en el sueño irrealizable del chalado Flores. Maldijo cada día que no se cruzó con diez personas, cada chisme al que no asistió in situ, cada escaparate y cada baldosa levantada en la acera. Bien es verdad que pudo elegir la opción de retirarse a un hotel, pero el galeno insistió tanto en la soledad y en el contacto con las plantas y los animales, que finalmente Nemesio accedió al birrioso retiro espiritual. No se pueden imaginar cómo odiaba ese experimento a lo lebensreform. ¿Por qué no se había cambiado de médico en los últimos ocho años? Buena pregunta. Tal vez la respuesta tuviera que ver con la hasta entonces robusta salud de Peribáñez y, por tanto, con el exiguo caso que le prestaba a Flores, más allá de los anuales controles de rigor. A los que iba a regañadientes, siempre espoleado por Susi, su pareja. No dejaba de parecerle paradójico que ella, tan flowerpower con su cadena de herbolarios y tan en contra de las vacunas, le acabara recordando con vehemencia que debía ir al médico más a menudo. Porque, a ver, Flores no era renuente a la llamada medicina alternativa, pero era doctor en medicina al fin y al cabo.

Susi y él se conocieron en una fiesta que organizaba el círculo de empresarios. Desde entonces habían mantenido un pacto silente de no entrometerse en las actividades del otro. Ambos sabían que no se amaban, pero se sentían razonablemente felices juntos. A ella le chirriaba el pragmatismo de él, él ni se inmutaba con los idealismos de ella. Si por ella fuera, se habrían mudado hace tiempo a un pueblecito en la costa. Pero lo cierto es que ella también dependía de la ciudad; «habría muerto sin estar al tanto de muchas cosas». En eso coincidían extraordinariamente.

«Mici te hará compañía, querido». A Nemesio no le sorprendió el desprendido gesto de Susi. Sabía que su “desmedido amor a los animales” era tan sincero como su “holístico amor a la vida” cuando manifestaba su aflicción por los refugiados de esta manera: «Nadie dijo que la vida fuera justa; son designios de algo más elevado, que ni tú ni yo podemos comprender. Sufro por esa pobre gente, pero no podemos hacer nada; muere gente constantemente». Resultaba tan revelador como el movimiento völkisch que auspició la pseudorreligión antisemita y dio lugar a la primera ley nacional defensora de los derechos de los animales. Una ley que fue enmendada en pocas semanas para permitir la experimentación médica con animales y que dejaba de lado a los animales Homo sapiens no arios, especialmente judíos, que fueron masacrados con solución final incluida. Esos pensamientos, que siempre le habían pasado inadvertidos a Peribáñez, fueron afianzándose semana tras semana en la vieja casa.

Sí, regresó a Madrid. Un mes antes de lo aconsejado por Flores, inesperadamente. Acudió a otro médico, quien le recetó pastillas para la hipertensión. Se llevó lo imprescindible del piso que compartía con Susi y le dejó esta nota:

«Susi, he empezado a tomar carvedilol. Ya estoy en Madrid. Me he preguntado por qué sigue disminuyendo la población en áreas rurales y la respuesta es “civilización”. Sí, civilización y optimización de recursos, a pesar de que las medidas conservacionistas no acaben de ser efectivas. No creo en tu Arcadia, creo en la ciencia, pese a las limitaciones de nuestra naturaleza humana. Creo en el ser humano como responsable del planeta, como ser volitivo y con historia que es capaz de transmitirla de generación en generación en una búsqueda sin fin. La perfección no existió ni existirá; no es más que nuestro esfuerzo continuo por hacer un mundo mejor para todos, siempre adaptándonos. ¿Te has preguntado alguna vez cómo de sostenible sería nuestro planeta si la población se fuera diseminando horizontalmente en bucólicas aldeas y no en ciudades con razonable crecimiento vertical? ¿Te has parado a pensar por qué hay que proteger zonas naturales desplazando a los pobladores que viven en perfecta simbiosis con el medio? Nunca me habrás oído hablar en contra de conservar nuestros ecosistemas ni de proteger las especies en peligro de extinción, como clara riqueza de nuestra diversidad biológica. Por supuesto que he matado moscas y mosquitos, como tú. Por supuesto que jamás he deseado la muerte de nadie, ni tú. Pero ¿no te parece excesivo poner los derechos de los animales (de algunos) por delante de los derechos humanos? En todo caso, nunca he creído que lo dijeras de verdad. Hemos compartido sueños efímeros, que fueron bonitos mientras duraron. Pero, como sostengo, cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Mucha suerte».

Si fueron esos oscuros pensamientos los causantes implícitos del insomnio de Nemesio Peribáñez de Irazti, nunca lo sabremos a ciencia cierta. Hoy se ha levantado en su nuevo apartamento. Ha maldecido el número par de su matrícula y no le ha quedado más remedio que montar en Metro hasta el trabajo. Quizá haya descubierto que no es tan malo desplazarse en transporte público si al menos le permite retomar algo que nunca debió haber dejado: la lectura. Todo sea por quitarse la boina.

 

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