Hugo llegó al Centro de Adultos obligado por su madre: “¡Ya tienes más de veinte años y ni siquiera el título de Secundaria! Yo no te podré mantener eternamente, tienes que buscarte la vida”. Lo llevó a preguntar en junio y ya en septiembre formalizaron la matrícula.

A Hugo eso de un título (¿o era un título de ESO?) le parece de ciencia ficción. Qué más da tener un papel con un sello, la realidad es otra: levantarte con frío en casa porque la calefacción se pone solo un par de horas al día para ahorrar, desayunar café con leche y galletas e ir al parque o al chino para ver a los colegas. Lo importante es si la Jenny está de buen humor y se va con él a un banco apartado y hacen manitas, no que un profesor te explique quién fue Fernando VII. El subidón de adrenalina cuando los amigos buscan a los moros para pegarles no se consigue escuchando hablar de José Zorrilla, aunque tenga un apellido tan gracioso. Esas cosas son la realidad, lo otro, la escuela, no puede verlo más que como películas inventadas por los pijos para tener a la gente entretenida y controlada unos cuantos años.

Esta vez, obligado, Hugo asiste durante el primer mes de curso. Allí hace nuevos colegas del pueblo y de alrededores. No le cuesta demasiado estudiar, con un poco de atención en clase y un vistazo al libro la noche anterior aprueba los exámenes, pero se aburre tanto… Tiene la sensación de que el mundo escolar y la vida, su vida, casi no se tocan, no tienen ningún punto en común.

A medida que avanza noviembre Hugo cada vez se pierde más por el camino. Ha conocido a un chico que fuma porros y siempre le invita, e ir a clase emporrado le resulta una tortura porque no se entera de nada, o porque le da la risa, o porque tiene la sensación de que se comporta de forma torpe y todo el mundo se da cuenta. Conclusión: si fuma, no va. Y ahora está fumando prácticamente a diario.

Llegan las vacaciones de Navidad y, con ellas, las notas. Unas notas que certificarán el trabajo sobrehumano y la fuerza de voluntad con que Hugo ha afrontado sus estudios en el Centro de Adultos. Todavía no ha decidido si va a falsificarlas o directamente prenderles fuego. No puede llegar con eso a casa. Su madre ha perdido el último curro que tenía y ahora tiene que limpiar casas. De su padre y de su hermano mayor mejor ni hablamos.

Él podría salir de ese círculo de marginalidad: es inteligente, es joven, es simpático. Pero le cuesta tanto levantarse temprano y cumplir con sus obligaciones… ¿Cómo va a estar en clase perdiendo el tiempo mientras sus amigos se encuentran en el parque? Si él no va, la Jenny podría liarse con otro, los moros podrían pegarles, la realidad de verdad, la que importa, cambiaría.

Sabe que no hace lo correcto y aun así no es capaz de hacer otra cosa.

Sin embargo, en Nochebuena ha oído una conversación entre sus tías que lo ha dejado preocupado. Estaban el nombre de su madre y la palabra “cáncer” en la misma oración. Nadie le ha confirmado nada, pero es lo suficientemente listo como para atar cabos: desde hacía unos meses cada día la veía más cansada y lejana, como si hubiera viajado al fondo del mar, donde todo transcurre con un pequeño ruido de fondo y con una gran lentitud. Se acostaba temprano y a veces hasta le preparaba el café como hacía cuando era pequeño y lo despertaba con el colacao caliente en la mano.

Está enferma y él le ha mentido: falsificó las notas para evitar que le echasen la bronca. Piensa que está estudiando y que su vida será mejor que la de ella. Que tendrá oportunidades porque es inteligente y porque todos merecen que pase algo bueno.

El día de Navidad llama a Jenny y se lo cuenta. Nota como las lágrimas empujan por subir desde su garganta hasta los ojos, pero se controla. Los hombres no lloran. Jenny le dice que hable con el director en cuanto acaben las vacaciones. Que es un hombre comprensivo y que seguro que le ayuda a sacarse la ESO.

Hugo llama a la puerta de su despacho el lunes después de Reyes. Entra y lo ve rodeado de papeles, pero le sonríe, le pide que se siente y, lo que más le sorprende, conoce su nombre.

El alumno le cuenta su caso intentando superar la vergüenza que le supone hablar de sí mismo. No es capaz de verbalizar la enfermedad de su madre. Prefiere decir que por circunstancias familiares necesita sacar el título este curso. El director le pregunta sus notas y no le queda más remedio que decirle la verdad.

No le responde como él espera, con la típica charla acerca de la importancia del esfuerzo, del trabajo diario, de la voluntad. Le dice que todavía está a tiempo, que una evaluación se recupera. Le cuenta un chiste que Hugo no entiende muy bien y se levanta para acompañarlo a la puerta.

Antes de abrir le da la mano y se la aprieta con firmeza. Lo obliga a mirarle a los ojos:

-Nadie que no seas tú puede cambiar tu vida. Aprovecha esta oportunidad. Aquí te vamos a ayudar, pero al final todo depende de ti.

Hugo asiente mientras traga saliva. No puede hablar. Piensa que ese es un momento trascendental y que si estuviese en una película ahora tendría que sonar una música de orquesta de fondo. Lo que se oye son las risas de otros estudiantes.

El director sale del despacho con él y bromea con varios alumnos a los que tiene cariño, eso se nota. Se quedan hablando en el pasillo.

Hugo sube las escaleras hacia el aula consciente de que no va a ser fácil, pero ha encontrado una motivación en la enfermedad de su madre y el director le ha regalado algo que hacía mucho tiempo que no tenía: ganas de ir a clase.

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2 Comentarios

  1. Que emoción leer algo publicado de una excelente profesora, la cual admiro y nos animan en el centro cada dia para seguir adelante, aunque las matemáticas con esos numeritos que no se sabe de donde salen… siempre ahi en el centro una mano amiga de algún profesor que dice tú puedes, mi caso es distinto porque llevo 20 años sin estudiar, y llegar y verme rodeada de chavales que tienen veinti tantos años menos que yo impone jijiji… que estoy muy orgullosa que estudiar y conoceros a todos mis maestros

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