No solo se nos ha robado, constantemente, nuestra memoria histórica individual, como descendientes, y colectiva, como pueblos, imponiéndosenos otra nueva tras cada finalización traumática de una nueva etapa de esperanza (imposición realizada por aquellos que resultan vencedores en las contiendas); no solo se nos ha robado eso, sino que, actualmente, se nos sigue informando de acuerdo a unos parámetros de “interés” no siempre relacionados con la verdad objetiva, y que terminan sosteniendo estereotipos y adoctrinamientos pretéritos.

Para ello, se recoge información veraz, pero se expone o no, al resto de la ciudadanía, de acuerdo a clichés automáticos, parámetros arbitrarios que funcionan, a veces, de manera casi imperceptible hasta para la propia persona informante, y que no están sólo en los datos que se ocultan o exponen, sino también en lo que los términos que se utilizan para exponerlos significan, y la carga ideológica que conllevan.

Cuando se comete un asesinato en masa, los rasgos étnicos del asesino suelen ser noticiables sólo cuando difiere de sus víctimas, o bien cuando dan lugar a pensar que el asesino es una persona musulmana. En este último caso, basta con que el nombre del verdugo sea Mohamed, sin tener en cuenta la realidad espiritual de la persona, para relacionarle con el denominado “fundamentalismo” y la “yihad”, así como para dejar de considerarle como autóctono o nacional.

Según la primera acepción del término “fundamentalismo”, en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), el fundamentalismo es un “movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica […]”. Por lo que el fundamentalismo sólo existe en el islam, ya que en el caso de que el asesino sea de otra opción cualquiera, se le llamaría “ortodoxo”, como deja bien claro el mismo diccionario en sus cinco acepciones para este término, y ya no sería un hecho importante a reseñar en la noticia.

Por otra parte, la relación entre la defensa de la pureza del islam y el terrorismo la encontramos de nuevo ya reflejada en la única acepción del término “yihad”, en el diccionario de la RAE, “guerra santa de los musulmanes”, y que dicho diccionario hace derivar del término árabe “yihad”, traducible con el término castellano “esfuerzo”.

Sin entrar en el hecho de que en la historia del islam no existen “guerras santas”, ni siquiera aquellas que se establecieron contra el proceso de invasión y colonización por parte de las potencias cristianas europeas, lo cierto es que las auténticas guerras conocidas históricamente como santas, bajo el nombre de “cruzada”, y únicamente proclamable como tal por un Papa cristiano, no es traducida en dicho diccionario como “guerra santa del cristianismo”, sino como “expedición militar contra los infieles”.

De manera que, el que se encuentre, cerca del cuerpo del asesino abatido, documentación sobre alguna persona llamada Mohamed, hace que de igual si el asesino nació en Niza y se ha socializado en Francia, o nació en otro lugar del Mundo y vino expresamente al lugar para cometer su asesinato, porque será inmigrante o de tal origen. Hace que de igual si era una persona solidaria y dispuesta para todo el mundo, o asiduo de burdeles y bares, porque será alguien que pretende restaurar la pureza del islam. Hace que de igual si sus vecinos le reconocían como a alguien espiritual y de cortesía intachable en su comportamiento con los demás, o un delincuente común, porque murió practicando el yihad de los musulmanes.

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