En torno al Metro de Madrid se ha puesto de moda un término: Menspreading, que traducido resultaría “esparcimiento masculino”. Es decir, esa forma varonil de sentarse en la que se abren las piernas para y por (supuestamente) la liberación genital.

No es cosa baladí de la que estamos hablando, pues de todos es sabido que si algo le ha importado a la humanidad a lo largo de la historia ha sido la posición y comodidad de la orquesta formada por bongos y flauta. Ahí está, entre otras leyendas, la del Rey don Fernando el Católico, que cuando Colón rompió aquel huevo, él sintió empequeñecer los suyos.

En cuanto a la problemática, se sitúan claramente dos factores: A un lado de la competencia, está la molestia de unos cuantos de tener sálvese la parte (es decir, la espalda de Gryffindoor, Tizona, Torre de Hércules, etc, etc) colgante como el Puente de San Francisco, ejemplar mostrenco que cruza la bahía californiana. Al flanco contrario, los hay que de igual forma les cuelga, pero, lejos de colgar como el Puente de San Francisco, lo hace como el Puente del V Centenario de Sevilla, llamado “El Paquito” por ser igual que el Puente de San Francisco, pero en pequeño, igual de ejemplar, pero más por certero que por grande.

Esta segunda circunstancia (por otra parte, tan masculina) de tener que fingir un tamaño que no se tiene, conllevaría, claro está, a ir en el metro con las piernas igual de abiertas, confluyendo, a su vez, en lo que en las artes culinarias se ha ido a llamar “trampantojo“.

No obstante, no es comparable esta molestia con el hecho de tener al lado a un señor que ocupa su asiento y el tuyo al no poder tener las piernas en una posición propia de un ser humano. Añadiría, aún reconociendo que no sé si el término correcto es el titular de este artículo, que esta conducta se adjunta no sólo al Metro, también a situaciones en las que el tipo obstaculiza la expresión de la mujer, constriñéndola. De esta protesta se están encargando grupos feministas a los cuales uno no puede más que adherirse.

Sin embargo, si alguna pega se ha de poner a la campaña, no es otra que el nombre que se le ha dado a la falta. Un anglicismo más que, si bien no enturbia la protesta, sí que habría que sustituir. He aquí una lista de propuestas.

Aquí las que, sencillamente, se hacen por mera lexicografía:

Despatarre, por clásico y puro.
Repanchingue, por innovación rural, tan de moda hoy en día.
Esparcihuevo, pues me conmueve su literalidad.

En cuanto a los nombres que podríamos adoptar cuando lo ejerce alguien ajeno a la Democracia Liberal en la que las personas de Estado debemos vivir:

Huevismo totalitario, por ser el nombre que le hubiera puesto Hannah Arendt a esta circunstancia.
Comunismo Huevista, cuando parezca que el caballero quiere repartir sus medios de producción.
Leninismo Huevista, cuando el caballero parezca querer apropiarse de los medios de producción de los demás.

Evito introducir Huevodura, para no infundir a error.

Las personas que ejercerían lo anterior podrían ser llamadas de las siguientes formas:

Huevócrata, por ser contundente y provenir del griego. Ejemplo: “Cierre usted las piernas, no sea un huevócrata”.
Huevotátor, por estar casi en latín, lo que hace sentir más culta a la persona parlamente.

No obstante, dado que estamos en una Democracia Liberal (y Dios nos libre) con sus por aquí te quiero ver y sus historias, se han de poner en valor también las siguientes:

Presidencialismo huevista, en caso de que los cojones del sujeto acaparen también la Jefatura del Estado Genital, teniendo, a su vez, más peso que otras fuerzas democráticas.
Huevismo parlamentario, en caso de que sus Eminencias tengan el mismo peso que la cabeza del Estado Genital, repartiéndose sus funciones.
Huevarquía parlamentaria, cuando la cabeza del Estado Genital tiene un poder simbólico, habitualmente heredado, nombrando, a su vez, a un Primer Ministro, verdadero gobernante.

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