Una incontestable ‘legión’ de 62.000 intelectuales miembros del Ateneo, junto al recién creado movimiento civil de Iniciativa Republicana Española (IRE), han comenzado una iniciativa popular con el buen criterio de dar entrada y reconocer por igual a los republicanos y republicanas de cualquier pensamiento ideológico, sobre todo los de las llamadas izquierdas y derechas.

Porque el ser republicano obedece mucho más a un sentimiento que a una ideología, y este sentimiento fundamentalmente es más coincidente con mi teoría de una “ideología de conciencia social colectiva” que a otros comportamientos “encasillados en pensamientos mas propio del siglos pasados”.

La república es el pueblo, y recordemos que el pueblo somos todos  y todas, un principio básico de igualdad incontestable. Jamás podrá reinstaurarse la III República si no se acepta que la republica es el “pueblo con conciencia”, y en este concepto y pensamiento caben todas las mujeres y hombres de conciencia, hombres y mujeres de conciencia que deben “dormir a diario con sus conciencias” pensando qué comportamientos les pueden dejar dormir tranquilos.

La mediocridad, el egoísmo, la desigualdad, la ambición, el odio, la mentira, la demagogia, la esclavitud en cualquiera de sus diferentes manifestaciones, la prepotencia, la demagogia, el egocentrismo, la “divinidad humana”, la razón con miedo, el cómplice silencio y, en definitiva, la mediocridad son los grandes enemigos de la república. La republica es libertad con dignidad, democracia, igualdad y justicia social.

El almeriense Nicolás Salmerón fue presidente de la I República española durante apenas mes y medio en el verano de 1873. Dimitió por negarse a firmar varias condenas a muerte. “La pena de muerte como materia de penalidad”, dijo sin dudarlo, “no la admitiré nunca porque es contraria a mi conciencia, porque es contraria a mis principios y a los principios de la democracia”. Federalista moderado, Salmerón defendía la necesidad de hallar caminos de convergencia y entendimiento con los grupos conservadores para desembocar en una lenta transición hacia la república federal. Se constituyó, por su intachable trayectoria, como símbolo de la mítica Institución Libre de Enseñanza y como máximo exponente de la España del siglo XIX en su totalidad.

Bueno sería rescatar su defensa a ultranza de la ética como arma de combate político para estos convulsos años de la Segunda Transición española que vivimos, en los que sin duda alguna debe exteriorizarse una salida airosa en pos de una Tercera República que desatasque las cañerías de una democracia maltrecha y renqueante.

Este primer paso a favor del empoderamiento del pueblo en las instituciones democráticas queda registrado ad eternum como la pujanza del pueblo ante las adversidades y frente a los clichés asentados unilateralmente por mandatos cuasi divinos.

Un cronista de excepción llamado Benito Pérez Galdós narraba magistralmente el clima parlamentario que se vivía en esas fechas históricas: “Las sesiones de las Constituyentes me atraían, y las más de las tardes las pasaba en la tribuna de la prensa, entretenido con el espectáculo de indescriptible confusión que daban los padres de la Patria. El individualismo sin freno, el flujo y reflujo de opiniones, desde las más sesudas a las más extravagantes, y la funesta espontaneidad de tantos oradores, enloquecían al espectador e imposibilitaban las funciones históricas. Días y noches transcurrieron sin que las Cortes dilucidaran en qué forma se había de nombrar Ministerio: si los ministros debían ser elegidos separadamente por el voto de cada diputado, o si era más conveniente autorizar a Figueras o a Pi para presentar la lista del nuevo Gobierno. Acordados y desechados fueron todos los sistemas. Era un juego pueril, que causaría risa si no nos moviese a grandísima pena”.

Cualquiera diría que el escritor canario se asomaba en pleno 2016 al hemiciclo de la Carrera San Jerónimo desde el gallinero de la tribuna de invitados para contemplar la vida de una Cámara que respira nuevos aires aunque aún no haya dado con la tecla de la concordia y se mantenga impertérrita en el guirigay de las voces disonantes como pollo sin cabeza.

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