Decía Shakespeare en una genial sentencia que “de lo que realmente tengo miedo es de tu miedo”. Una frase que cada vez que hay un atentando terrorista en Europa viene a recordarme que precisamente es el miedo y el terror lo que la barbarie terrorista quiere imponer con actos como los de ayer en Londres. Generar miedo, que este miedo desemboque en odio y que de alguna manera nos haga construir un nuevo muro de rencor.

Algunos me dirán que con palabras bonitas y frases de poetas no se soluciona nada y que la acción contundente es la única salida. Y… ¡Ojo!, la barbarie terrorista siempre debe combatirse con dureza, pero no nos confundamos y tratemos de convencernos equivocadamente que esa respuesta dura y contundente debe pasar por suspender derechos y recortar libertades, ya que la victoria del terrorismo sería total.

Estos brutales atentados siempre buscan lo mismo: instaurar un clima y un régimen de terror entre la población, levantando muros de sospecha y odio entre vecinos, quebrando la vida en comunidad e instaurando la política del miedo en nuestro día a día.

Por eso la frase del bardo inglés con la que comenzaba este artículo es la que realmente me hace pensar en las consecuencias de ese miedo que los terroristas tratan de inculcar en la población con atentados de este tipo y, por supuesto, me hace ser bastante cauto con la respuesta que nosotros debemos dar a dicha barbarie.

Si al dolor por las víctimas inocentes se responde provocando más dolor a otras también inocentes, la espiral será imparable. Si buscamos culpables entre nuestros vecinos y vecinas por el simple hecho de vestir o pensar diferente, si criminalizamos a quienes huyen precisamente de ese mismo horror, estaremos contribuyendo a apuntalar los mismos muros que el fanatismo quiere crear. No podemos permitirlo.

Está claro que me preocupan las víctimas del atentado de Londres. Está claro que debemos dar una respuesta contundente para que la muerte de ese agente de policía británico que estaba allí cumpliendo con su trabajo y la de los otros fallecidos y heridos que pasaban cerca del Parlamento Británico no hayan sido en vano, pero hay que negarse a participar en el falso mercadeo entre derechos y seguridad, en ese discurso de los que aprovechan nuestro miedo para generar más miedo y por lo tanto acortar libertades.

El fanatismo terrorista es funcional y retroalimenta al fanatismo racista europeo. Lo veremos en cientos de declaraciones de dirigentes ávidos de meter miedo a la población y que nos alertarán del peligro inminente, del caos y la desesperación. Pero el odio fanático de algunos no puede esgrimirse como justificación para nuevos odios. Nos negamos a ser rehenes del odio, el terror y la intolerancia, eso sería claudicar ante el terrorismo.

Tenemos que seguir confiando en la democracia. Seguir pensando que los derechos humanos y la aspiración a una paz con justicia no son un camino ni una moneda de cambio para nada, sino que constituyen en sí mismos el camino y el horizonte. Por eso tenemos que oponernos drásticamente a cualquier respuesta al odio que implique más odio, más intolerancia, más muertes de inocentes y menos derechos y libertades.

No sólo vale con condenar el terrorismo a través de pactos que a veces sólo sirven para la foto y después se quedan en papel mojado, sino que debemos también manifestar nuestra repulsa a cualquier intento de recortar en libertad y en los valores democráticos en los que se sustenta nuestra sociedad.

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