Zúa Méndez se define como “actriz, humanista y escritora”. Sin embargo todas y cada una de las tres partes que la componen, se contienen en otra palabra que la guía e impulsa como el mejor gps vital que ha podido encontrar: la de feminista. Y es que, quien es el 50% de Towanda Rebels, da gracias a la vida por haberla enseñado el cartel de entrada al feminismo porque allí sabe que puede sembrar todos los sueños que quiera, hacerlos realidad y sobre todo batallar al lado de otras tantas mujeres por un mundo que deje de estar en guerra contra la mitad de la población mundial.

Fotos Agustín MillánUna realización vital que le ha llegado a fuerza de hacerse callo en el calvario de la discriminación salarial y la cosificación que vivió en su etapa en el mundo de la hostelería por el hecho de ser mujer y de tener un buen físico. “Empecé a trabajar en este sector con 17 años. Allí conocí el sabor amargo de los abusos de horarios y otro peor: la discriminación por ser mujer. Por lo general yo hacía todos los trabajos pero siempre tenía hombres por encima que figuraban como jefes y que cobraban más que yo”, dice. “En varias ocasiones cuando llegaba el momento de mi supuesta regulación salarial  yo tenía que seguir demostrando. Me ha pasado siendo directora de locales importantes que incluso mi segundo cobraba más que yo o que los dueños de una franquicia que me contrataron como responsable de uno de sus locales no contasen conmigo en las decisiones a pesar de mi cargo porque según ellos todavía no estaba lista”, recuerda la actriz.

Y es que a Zúa lo de sentirse “una mierda y amargada” y ganar menos por dedicarse a este trabajo le pasó tres veces seguidas. “Y encima sentía que yo tenía la culpa, que algo habría hecho mal, que siempre chocaba con la misma pared”. Además, tal y como recuerda, todo el mundo daba por hecho al verla que estaba allí porque se había acostado con alguien por ser guapa. “Siempre tenía que estar demostrando, siempre tenía que estar imponiéndome por encima de los hombres para que me respetaran como jefa”.

Fotos Agustín Millán

Por eso no le quedó más remedio que aprender a jugar  el papel de mujer que necesita ayuda, “de coqueta, de amiga”. Hasta que un día algo hizo clic en ella, y se dio cuenta de que tenía que dejar “ese mundo, machista y asqueroso”, y que tenía que volver hacer lo que amaba. “Y el miedo, no tener dinero, a ser dependiente, a fracasar, lo tenía que aparcar un rato largo y echarle ovarios. Gracias a mis amigas y a mi novio, Que siempre me dijeron que ya valía de dejar que me maltrataran mandé todo a la porra… Y unos meses más tarde, con Teresa Lozano, nace Towanda Rebels”, conmemora feliz y orgullosa.

Habrá quien dirá que lo tuyo es mala suerte o no saber elegir. Sin embargo el origen de todo lo que te ha sucedido es uno: ser mujer.

Sí. Pero para llegar a esa conclusión tuve que pasar por muchas experiencias previas para darme cuenta de que el factor común era ese. A mi generación nos han educado pensando que ya habíamos alcanzado la igualdad, así que me costó muchísimo identificar el problema. Por eso chocaba una y otra vez con la misma piedra, porque creía que el problema era mío, que algo debía estar haciendo mal yo y me empeñaba una y otra vez en demostrar que podía tener éxito.

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En tu caso el físico ha jugado a favor del machismo y en contra tuya. La conclusión es que por ser de una manera o de otra a la mujer siempre se la juzga.

Sí. Lo cierto es que me ha condicionado mucho el ser joven y atractiva. Las mujeres tenemos que movernos dentro de los estereotipos, de las etiquetas que nos ponen: si eres guapa dan por hecho que eres tonta, si no eres guapa tienes que ser la graciosa o la inteligente, y si estás en una posición de poder y eres guapa probablemente todo el mundo va a pensar que te has acostado con alguien para estar allí. Además yo nunca fui considerada guapa de pequeña ni era popular.

No tenía las herramientas, el carisma de la persona que se sabe guapa y le saca partido a nivel social. Me sorprendía cuando la gente me etiquetaba de esa manera. Al ser jefa además desde muy joven, la resistencia de los hombres a recibir mi supervisión  era enorme. Así que me sexualizaban constantemente: me trataban de princesa, me decían constantemente lo guapa que iba, buscaban mi sonrisa cómplice a sus comentarios y chistes… Así me colocaban en un lugar mucho más cómodo para ellos.

De alguna manera yo estaba subordinada, tenía que ser la jefa simpática y cariñosa, la que les solucionaba los problemas. Aprendí a pedir ayuda, a reforzar su autoestima, a hacerles partícipes de los procesos si quería que cooperaran y sacar lo mejor de ellos. Pero yo soy una persona bastante estricta y el trabajo de la hostelería es exigente, las cosas son para ayer, así que llegaban momentos de tensión en los que las florituras no tenían cabida. Entonces, por muy maja y por muy buena que fuera la relación, cuando llegaba el momento de dar órdenes, lo primero que intentaban era cuestionar mis decisiones.

“Situemos el feminismo en la agenda política como prioridad. Porque no se puede hablar de una sociedad democrática si no alcanzamos la igualdad”

Y justo ahí es cuando te conviertes en “mandona”…

Así es como nos consideran a las mujeres simplemente por hacer nuestro trabajo. Un hombre nunca pasa por estas cosas. Y si es difícil con las personas a tu cargo, lo es mucho más con tus jefes. El trato paternalista no se acaba nunca, las mujeres siempre estamos en formación, tenemos que estar dispuestas a ser cuestionadas y a qué cualquiera venga a decirte cómo hacer tu trabajo, aunque se dedique a otro departamento que nada tiene que ver con el tuyo. Como me dijo uno de mis jefes: se espera de nosotras que seamos dóciles. Nos exigen mucho más, pero se nos paga mucho menos precisamente por esa trampa de que estamos constantemente en formación.

En tu caso el apoyo de tu gente cercana te ha ayudado a salir de un ambiente hostil y machista que te hacía sentirte cero a la izquierda. ¿De no ser por ellos habría sido más difícil?

De no ser por ellos yo seguiría probablemente dándome contra la pared del machismo. Pero de nada sirve romperte la cabeza intentando romper una pared que, además, para seguir estando en ese círculo tú misma apuntalas. Porque lo peor de las situaciones vividas, era la sensación de que al permitirlas, al callar para no perder mi trabajo, estaba siendo cómplice de ese machismo. Fueron mis amigos y mi pareja los que me hicieron ver que yo no tenía nada que demostrar y que la batalla había que darla de otra manera.

Fotos Agustín Millán

¿Qué significa tras lo vivido formar parte de Towanda?

Precisamente Towanda nace de la necesidad de las dos, también de Teresa, de no seguir callando. Es una locura pero decir que eres feminista públicamente tiene un gran coste. Yo sé perfectamente que probablemente no vuelvan a contratarme nunca en hostelería al nivel en el que estaba. El feminismo sigue siendo el gran desconocido y se asocia a ser problemática, quejica, exagerada, o, como decían muchos de mis jefes en las entrevistas, a ser sindicalista.

La poca cultura democrática que tenemos, y que nuestros empresarios tienen, hace que se tenga mucho miedo a los trabajadores que conocen sus derechos. Imagínate el miedo que sienten hacia las mujeres que quieren equilibrar la balanza, quitarles sus privilegios. Tenemos a un presidente del gobierno, para más inri, que cuando le preguntan por sus políticas para terminar con la brecha salarial dice que él en eso no se mete. Y lo dice con cara de susto. Porque lo de perder privilegios les asusta. Y Towanda precisamente es un grito de “ya basta”. Basta de ir de puntillas, de levantar respetuosas la mano a ver si nos ceden algún año la palabra, basta de “calladitas estáis más bonitas”. Somos más de la mitad de la población. No podemos seguir invisibilizadas.

Callar hace daño a las mujeres pero cuando la vida aprieta se aguanta eso y más.

Claro que sí. Trabajamos por necesidad y además necesitamos hacerlo para tener independencia económica que, finalmente, es tener Libertad. Pero sacrificamos nuestra libertad para decir lo que pensamos, para relacionarnos en el  trabajo porque lo consideramos un precio a pagar por la gran libertad de tener tu propio espacio, pagar tus necesidades y mantener a los tuyos. Es un círculo vicioso. Entiendo perfectamente a la gente que está en esa situación y se muerde la lengua cuando un compañero le hace una broma o el jefe le dice lo guapa que está mientras felicita a los hombres por su trabajo. Yo fui esa mujer.

Es muy duro cuando minan tu autoestima todo el tiempo, cuando te engañan a nivel salarial, cuando sientes que siempre surgen los mismos problemas en el momento de ponerte en tu sitio. Llegó un momento en el que llegué a pensar que en todas partes era así y que me tenía que resignar, que para que cambiar y volver a toparme con lo mismo.

Por eso hay que desobedecer a un sistema que nos pide obediencia y resignación.

Sin duda. Tenemos que dejar de ser las buenas hijas del patriarcado, y luego las buenas madres del patriarcado. Pero luchar individualmente es muy duro y a veces, por nuestras circunstancias personales, es imposible. Lo inteligente de la lucha feminista es que la hacemos de manera colectiva. Cuando decimos “yo soy Juana”, o “yo te creo” o “a mí también”, lo que estamos haciendo no es solo apoyar a esas mujeres sino apropiarnos de su lucha y hacerla nuestra, de todas. Porque juntas somos invencibles. Por eso es importante que el feminismo consiga quitarse los individualismos, porque ir cada una a la suyo hace que no vayamos a ninguna parte. Es curioso pero, por más machismo que yo he recibido en el trabajo, lo que siempre me ha hecho reaccionar es vivir situaciones discriminatorias hacia otras mujeres.

 ¿La vida es echarle ovarios?

Si miro hacia atrás, hacia las experiencias que he vivido, creo que lo que me ha salvado siempre ha sido precisamente echarle ovarios. Esa energía interna, esa necesidad de vivir, es el impulso primario para salir de la mierda. Pero a mí me gusta mucho la palabra resiliencia porque habla además de saber transformar esa mierda con la que todos cargamos en fuerza, en creatividad, en aprendizaje. Las mujeres tenemos esa capacidad de manera natural porque tenemos instalado en el cerebro el tirar para adelante en cualquier situación para cuidar de nuestros seres queridos. Lo que está pasando ahora es que estamos aprendiendo a luchar por nosotras mismas también.

¿Qué es lo que te ha hecho más fuerte?

Hablar. Verbalizarlo. Mi madre siempre me dice, desde pequeña, que hablar de las cosas las coloca, las hace más manejables y también nos permite entender lo que está pasando. Y en mi experiencia ha sido así siempre. Pero claro, para contar, alguien tiene que estar escuchando. Es en los ojos del que escucha donde ves el verdadero peso con el que ibas cargando. En silencio normalizamos cosas que no son normales. Tenemos que hablar, llamar a las cosas por su nombre. Pero también tenemos que escuchar y acoger a todas esas mujeres que aún no han empezado a hablar. Sororidad de nuevo.

¿El machismo tiene sus días contados?

Claro que sí. Pero no nos despistemos de nuevo. Que no nos vuelvan a vender la moto de que ya lo hemos conseguido. Es una pena pero puede que yo no llegue a vivir en esa sociedad libre de machismo con la que sueño. Eso no va a impedir que luche con todas mis fuerzas por conseguirla para las mujeres que vienen detrás de nosotras. Tampoco dejemos que nos agoten con sus estadísticas de que faltan muchísimos años. Falta el tiempo que como sociedad decidamos.

Los cambios son profundos a nivel individual pero lo cierto es que a nivel institucional son muy factibles. ¡Señores políticos, os estamos vigilando! Si no queréis hablar de brecha salarial, ni de techo de cristal, ni de feminicidios, ni abusos, ni justicia machista, debemos quitaros la palabra y eso que tanto codiciáis, el escaño. Situemos el feminismo en la agenda política como prioridad. Porque no se puede hablar de una sociedad democrática si no alcanzamos la igualdad.

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