Título: Tebas Land. Autor: Sergio Blanco. Dirección: Natalia Menéndez. Intérpretes: Israel Elejalde y Pablo Espinosa. Escenografía y vestuario: Alfonso Barajas. Videoescena: Álvaro Luna y Bruno Paena. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Producción: Salvador Collado. Escenario: Teatro Pavón/Kamikaze. 

Estupenda acción teatral. Una obra muy bien compuesta, excelentemente dirigida y con una natural interpretación superior. No os la perdáis. Sé que no es muy ortodoxo comenzar así este género de artículos de crítica o comentarios de teatro, pero creo que el mensaje esencial que quiero transmitir es ese: incitar, invitar, animar y convencer a quien esto lea para que se acerque al Pavón/Kamikace a ver teatro, una fascinante tragedia, Tebas Land, en la que la ternura y las emociones superan la cruda realidad y terminan por ganar el corazón de los espectadores.

Teatro dentro del teatro, la realidad dentro del teatro o el teatro en la realidad, todo complejo aunque muy sencillo, de lo bien construido que está, para que nadie se pierda en la trama tejida por el muy reconocido, premiado y exitoso autor franco-uruguayo, Sergio Blanco. Cierto que hay un parricidio y mucho sufrimiento antes de la muerte del padre, la crudeza de los malos tratos en la familia. Sin embargo, luego alcanzaremos el descubrimiento de unas relaciones humanas positivas que pudiera ser que hasta el amor alcancen.

Sobre el escenario se construye la obra, el autor (en la ficción) es Elejalde, que quiere tanta realidad en su propuesta escénica, que intenta que el propio parricida, que está en la cárcel, sea quien participe en directo. Luego eso no es posible, la autoridad no lo permite, pero sí permite encuentros entre ambos en la prisión, en una cancha de baloncesto. El dramaturgo quiere teatralizar/representar la historia del parricidio con todos los detalles naturalistas. Cada encuentro le sirve para escribir unas escenas que inmediatamente interpreta el actor contratado a tal efecto. Plano real y plano imaginario se suceden. El parricida y el actor que le da vida son papeles que dobla Pablo Espinosa con una versatilidad manifiesta.

Metidos de lleno en las acciones que se suceden con un ritmo trepidante, ya no nos importa si Sergio Blanco compuso Tebas Land con la vista puesta en el mito de Edipo, en San Martín, en el expediente jurídico de un parricidio real, en los Los hermanos Karamazov, en el propio Dostoyevski y su epilepsia, en el complejo de Edipo freudiano o en ese deseo, confesable o no, que todos hemos tenido alguna vez de matar al padre. Lo que importan son los distintos encuentros que mantienen en la cancha de la prisión el joven parricida y el dramaturgo que busca poder escribir la historia del parricidio. En esa ascensión emocional veremos que la acción irá poco a poco preocupándose menos de la reconstrucción del crimen y más de la representación escénica de los encuentros entre ambos personajes. La ética ha dejado paso a la estética sin solución de continuidad. El tiempo se estira y los encuentros se suceden; lo que empieza siendo la indagación en el alma de un criminal en busca de la cruda realidad acaba por convertirse en un encuentro poético y terapéutico entre dos personas de carne y hueso y corazón. Las dos personas crecen en humanidad, en afectos y en valores. La realidad es menos importante que su representación. Pero en Tebas Land todo se construye tan inteligentemente que realidad y representación no se confunden. Y claro que hay reflexión, y no poca, ¡vayan y vean!, no siendo la menor esa de desnudar el teatro para sentir la cruda realidad de la palabra despojada de artificios (incluso los momentos de función metalingüística son más que simbólicos). La tragedia nos ha fascinado. El final abierto es lo más justo. Ni solución jurídica, ni solución emocional. Todo queda un poco, como en la canción de Dylan, blowin in the wind.

Tebas Land, no es un texto cualquiera; escrito en 2012, fue estrenado en 2013 en Montevideo; y algo serio debe de tener, pues la obra ha sido declara de interés cultural en Uruguay. También ha sido premiada como mejor producción en los Off West End London Awards de 2017. Lo merece.

La propuesta de Natalia Menéndez, que la dirige, ha sido la de construir un puzle haciendo evidentes todas sus piezas. Aquí no hay un jardín con senderos que se bifurcan. Casa lo social, lo emocional, lo administrativo (esos detalles de los documentos oficiales para dar verismo a la historia), lo crítico (que lo hay, y no poco, como el que se hace a los encierros físicos y mentales, como castigo, en franca confrontación con la idea de rehabilitación), lo creativo, lo ingenuo, lo imaginativo, lo tierno, lo trágico, lo humorístico, lo “gore” (en la descripción/representación del parricidio), incluso lo amistoso/amoroso. Y todo ello montado sobre el indiscutible eje de la palabra, del diálogo continuo entre los dos actores (tres personajes), que mantiene la frescura y el interés por lo que sucede o se cuenta en la escena, superando la barrera física establecida (con toda razón) por la escenografía de Alfonso Barajas. Y junto a la palabra, me alegra señalar la importancia de la música como elemento motivador que une a las personas. La interpretación de Amada, amante por Pablo Espinosa acompañándose a la guitarra o la presencia del Concierto para piano n.º 21 de Mozart (precisamente Mozart es otra recurrencia al niño poco bien tratado por el padre) conforman momentos especialmente bellos. Tras su excelente labor directiva en el Festival de Almagro, Menéndez retoma la dirección escénica con esta obra, un diamante que ella ha pulido perfectamente para hacer de Tebas Land una joya teatral que conmueve.

La obra puede ser muy buena, pero no deja de ser una estructura profunda que hay que levantar en su estructura de superficie sobre las tablas, y eso es tarea de los intérpretes. Impresiona la naturalidad extrema de Israel Elejalde, que nos hace creer que las palabras del autor parecen nacer directamente de sus labios. Es portentoso y sin aspavientos. Simplemente actúa. En la obra hay muchas escenas y planos en los que cambiar de registro y tanto nos da los momentos de ternura, cuando se acerca al muchacho, como los de enfado e indignación, entre otros. Siempre está bien en ese equilibrio inmutable capaz de transmitir lo que el personaje vive y siente. Pablo Espinosa nace y crece de golpe con esta obra; el reto era imponente; supera muy positivamente la dificultad evidente de desdoblarse en dos personajes dispares, aunque que debe conseguir que parezcan iguales. Muy bien la réplica del actor novel al consagrado.

Un aplauso al valiente productor Salvador Collado, que no se arredra ante nada, como lo de muestra con esta apuesta nada fácil que coproduce con el Pavón/Teatro Kamikace con la colaboración de la Comunidad de Madrid.

Y termino como empecé: Tebas Land es una estupenda acción teatral. Una obra muy bien compuesta, excelentemente dirigida y con una natural interpretación superior. No os la perdáis.

 

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