El otro día me ocurrió una curiosa anécdota en el Hotel Ritz de Madrid. Perdón, reescribo. El otro día me ocurrió una curiosa anécdota cuando pasaba junto al Hotel Ritz de Madrid. Soy una de esas personas afortunadas que, viviendo en la capital, va y viene caminando al trabajo. A cambio vivo en un piso de poco más de treinta metros cuadrados. Ya se sabe que en Madrid, con un sueldo normal tirando a bajo si eres autónomo, tienes que elegir o más espacio pero gasto en transporte y tiempo o menos espacio pero proximidad y paseos. Esta última, a priori, te proporciona más salud física y menos mental; la otra, justo lo contrario.

Paseaba lento por los alrededores, disfrutando del agradable olor del Real Jardín Botánico como si todo lo real, en el amplio sentido semántico de tal término, fuese resistente a emanar pestilencias de vez en cuando; disfrutando de la majestuosidad neoclásica del Museo del Prado, sintiéndome observado por los bronceados ojos de Goya y Velázquez; intimidado por la solemnidad de Neptuno; embriagado por la pompa de las calles y edificios del Barrio de Los Jerónimos y el Distrito Retiro; indiferente ante la frialdad que irradia la Bolsa de Madrid, dominante sobre la Plaza de la Lealtad, discreta y escondida, como avergonzada e incómoda por presidir una plaza con un nombre que denota lo opuesto a lo que ocurre tras sus paredes e implica de puertas para fuera.

Al pasar por la puerta del hotel uno de los empleados, bien botones, bien aparcacoches, bien ambos por compromiso contractual se me quedó mirando. Cruzamos miradas. Le saludé pero no me devolvió el saludo. Pensé que era de los de abajo; de los que se comen los marrones y mantienen íntegra su dignidad con pequeños gestos sencillos y cordiales como saludar o devolver un saludo, pero se ve que el entorno clasista le había fagocitado.

Entonces reparé en una de las vitrinas acristaladas en las que el hotel anuncia sus eventos y actividades. Fijé mi atención en el “Té de la tarde en el Hall”. Consiste en, y cito, “una selección de sándwiches recién preparados, pasteles y bollitos ingleses servidos con mermeladas, crema de leche y una gran variedad de tés en el majestuoso Hall”, todo amenizado por una “relajante melodía de fondo a cargo de un pianista, arpista o guitarrista español”. Al final de tan suculenta descripción, indicaba el coste: 32€. Decidí que eso me daría material para, al menos un chiste, materia prima de mi trabajo, y saqué el móvil para tomar una foto. Otros transeúntes fotografiaban con sus móviles un Ferrari, un Rolls Royce y otro par de coches deportivos de no sé qué marca y modelo que esperaban alineados a sus dueños; hombres, afirmo a ciegas con seguridad. Pero a mí los coches me dan igual. Si buscas en Google “Ferrari” obtienes miles de entradas e innumerables fotos de coches del Cavallino Rampante, encabritado por impacto comercial para que el conductor o piloto no se reconozca como parte del populacho sino que se sienta poco más que un héroe a lomos de un hannoveriano, muerto al final por heridas de combate, en una curva o por disentería a lo Felipe IV. Pero si pones “té 32€”, no obtienes apenas resultados; y eso es lo que rechina. Así que hice una foto. Mientras estaba de pie frente al expositor, una mujer sentada en uno de los bancos de la plaza me observaba curiosa, preguntándose para sí qué era eso que había captado mi interés. No puedo asegurar que fuese una inquilina del hotel pero al menos aparentaba cumplir los requisitos necesarios para poder permitirse abonar el alojamiento durante una larga temporada e incluso triunfar en un mundo laboral machista rodeada de hombres, todo según el ideario de Cristina Cifuentes, amén: llevaba tacones y se estaba haciendo la rubia.

Al irme, la señora muy señoreada se levantó y fue hacia la vitrina; quería saber qué había sido aquello que me había hecho detener y tomar una foto. Entonces me giré y la pillé mirándome. Me miraba y miraba a la vitrina extrañada. Me miraba y volvía la cabeza. Y entonces caí en la cuenta: no sabía qué era lo que me había llamado tanto la atención.

No dudo de la calidad de las pastitas, de la excelencia del Hall del Ritz ni de las relajantes melodías del pianista, arpista o guitarrista español pero sí del té. Principalmente porque conozco muy bien Inglaterra como para saber que en España, por norma general, no se prepara bien. Incluso en muchos lugares modernos de nuevo cuño independiente, de esos que tienen libros de Bret Easton Ellis en sus estantes por decreto, siguen ofreciendo esa aberración que llaman “té americano”, esto es, infundir la bolsita del té en leche en vez de en agua y luego añadir canela, limón y hasta Licor 43, he visto por ahí. Voy a suponer que en el Ritz preparan un té exquisito, del que antaño tomaba Catalina de Braganza en Portsmouth, preparado con la temperatura del agua adecuada al tipo de té, con el tiempo de infusión idóneo, el toque de leche exacto y tirado desde una tetera de fina porcelana a su taza a juego. Aun suponiendo esto, 32€ como decían en Airbag, aquella gran comedia de Juanma Bajo Ulloa, “no son formas; son alardes”.

Y es que las personas que nos consideramos normales (en cuanto a estatus, no rarezas) no podemos entender estas cosas. Como tampoco es de fácil comprensión que en un sitio como este, de rancio abolengo, se reúnan nuestros políticos y entidades, desde Rajoy a Sánchez, desde Iglesias a Cruz Roja, en sus desayunos informativos, charlas y conferencias a tratar asuntos cada vez más idílicos, utópicos y hasta oníricos como la igualdad. Porque si te acostumbras a algo desde la infancia; si eres marcado a fuego en cualquier costumbre o ideología y te acomodas, no podrás ver el fallo en la adultez. Si te acostumbras a la anormalidad, es mucho más difícil ver y entender la normalidad pero, afortunadamente, a la inversa no ocurre. Si te acostumbras y eres educado en la normalidad, se percibe con suficiente claridad la anormalidad. Y eso es lo que me pasa con los políticos que se reúnen en el Ritz a arreglar el mundo y con los políticos en general. Percibo muchas más anormalidad que normalidad.

Volviendo a la señora muy señoreada, en un momento dado me hizo un gesto con la mano para que me detuviese. Vino hacia mí y, sin dejar de sonreír y con una correcta educación de raíz privada, me preguntó que por qué había fotografiado el cartel. Le respondí, un tanto maliciosamente, que me había chocado que un hotel de semejante categoría incluyera faltas de ortografía en sus anuncios. «Han escrito té con tilde», le dije. Releyó, asintió con la cabeza y reconoció que no se había fijado. A continuación fingió indignarse y me dijo que hablaría con alguien de responsabilidad dentro del hotel para que lo corrigieran. Me dio las gracias y nos despedimos.

Por cierto. La mujer no se hacía la rubia; era rubia. Ni mechas tenía.

 

 

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1 Comentario

  1. Si te hubieras dedicado a la veterinaria, probablemente ganarias para un piso más grande. Qué vergüenza de artículo, que no tiene nada que ver con el periodismo. Que vergüenza que Diario 16 publique estas cosas. Con razón no lo lee nadie.

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