Primero desmontamos el edificio y luego ya veremos cómo lo volvemos a montar. Pocos arquitectos son capaces de explicar lo que hacen con tanta precisión como lo fue Enric Miralles cuando resumió con esta frase su intervención en el Mercado de Santa Caterina. De esta reforma siguen vigentes dos aspectos que al final son tres: uno, la propia obra: singular, personal y bellísima, dos, el tratamiento de un edificio como si fuese un trozo de ciudad(1) y tres, la reconfiguración y actualización de un equipamiento considerado tan obsoleto que para algunos era insalvable construyendo un edificio enteramente nuevo a base de tratar lo existente, incluso la propia historia del edificio, como si fuese material de construcción.

Esta manera de entender la arquitectura está en el ADN de uno de los estudios más carismáticos con el que cuenta en estos momentos el panorama catalán: Harquitectes(2). Me voy a referir a uno de sus últimos edificios: la Lleialtat Sansenca. Esta construcción devuelve a la ciudad como hotel de entidades un equipamiento cooperativo fundado en 1928 como centro cívico. La manera que han tenido de hacerlo es heredera directa de operaciones como el Mercado de Santa Caterina: se toma un edificio existente cargado de historia, con su dignidad arquitectónica, con una vida compleja que lo había tornado en una especie de Criatura de Frankenstein al revés (discreta, elegante, un punto anónima por fuera, tan intensamente reformada por dentro que poco faltó para que no quedase casi nada de la estructura original) y se rehace completamente tomando estas preexistencias y estas historias como un material de construcción más.

El producto final es un híbrido extraño y bello entre la rehabilitación ficticia del edificio de 1928 (un edificio que, recordemos, ya se había ido) y un proyecto de nueva planta producido vaciando partes de la estructura original para llenarlas de otras estructuras que, complementadas con lo existente, produzcan un edificio nuevo hecho a partir de retazos. Y todo con ese aire de sencillez.

El edificio, estrecho y largo, tiene una fachada principal corta y una fachada lateral más larga volcada a una calle secundaria. El resto de lo que lo rodea son medianeras. Cuando más cerca se está de la esquina que forman las dos fachadas más fácil ha resultado conservar lo existente. Cuanto más lejos (y más hacia las medianeras), más difícil. Un sistema de bandas en planta(3) gobierna este maremágnum dejando dos grandes salas superpuestas ubicadas en esta posición, una franja más estrechita de habitaciones de servicio /administraciones /cocinas / almacenes / lo que convenga, un pasillo y, pegado a la medianera larga, un gran vacío a toda la altura del edificio cubierto con un techo de invernadero que provee orientación al conjunto dejando, además, que el edificio respire.

Cuando digo que el edificio respire lo digo literalmente: este vacío no se ha calefactado, recibiendo el aire caliente de las otras estancias mediante rejas de ventilación para soltarlo por su parte superior consiguiendo un espacio-colchón más tibio que la calle en invierno y más frío en verano.

Este sistema se construye con muy pocos materiales que envejecen muy bien siendo, además, capaces de conjuntarse perfectamente con lo existente: madera de pino para las carpinterías y algunas paredes, cerámica para el resto, metal para las nuevas (y ligeras) estructuras. Los pavimentos se realizan casi enteramente en hormigón vertido.

Este sistema se superpone a los rastros del edificio. Las paredes existentes no se vuelven a pintar ni a enyesar, dejando a la vista el rastro de lo que había en ellas: la huella de las escaleras derribadas, los azulejos de los baños, pinturas varias, ladrillos de distintas calidades. Algunos forjados y la estructura del tejado se reúsan tal cual complementándose con materiales nuevos cuando es necesario. Los nuevos materiales son los mismos que los viejos sin esconder el salto tecnológico de noventa años: los ladrillos antiguos son manuales. Los nuevos de tejería, extruidos, más especializados, versátiles y baratos. Los perfiles metálicos son más angulosos. El hormigón más cuidado. Y así todo.

Los rastros dan la memoria del lugar, proveen identidad y humanizan el conjunto. Parecería, incluso, que justifiquen la naturaleza de la nueva intervención(4).

Para su uso como hotel de entidades el conjunto se ha monitorizado con sensores de temperatura, humedad y CO2 para conseguir minimizar el uso de las instalaciones tanto por zonas del edificio como por tiempo de encendido: la alta y la baja tecnología se dan la mano. Se realiza una tabla de uso del edificio, se mete en un ordenador y las calefacciones se encienden un poco antes del uso y se apagan un poco antes de que éste termine. La sala principal tampoco se climatiza. El propio público ya hace de calefacción. Todo funciona perfectamente.

La Lleialtat Sansenca ha conseguido revitalizar no tan sólo los usos y el espíritu de 1928: también lo ha hecho, y esto es un valor, con la manera en que los habitantes se relacionan con el edificio: abriendo y cerrando ventanas (cuando un motorcillo no se encarga de ello), buscando rincones. Haciéndote tu lugar. Y todos (así lo he comprobado) tan contentos.

 

 

(1) La lengua catalana tiene una preciosa expresión para referirse a la acción de ir al mercado: anar a plaça, que se puede traducir literalmente como ir a la plaza. Los mercados son definidos así como la consolidación de estas estructuras efímeras que una o dos veces por semana se ubican en las calles y plazas de los municipios y, por tanto, entendidos como un trozo de ciudad. Enric Miralles se limitó a recordar esto y a trasladarlo al resto de su obra (metiendo, por ejemplo, una calle en medio de un rascacielos). Este es, visto en perspectiva, uno de los puntos principales de su legado.

(2) Otro rasgo interesante de Harquitectes es que su base no está en Barcelona, sino en Sabadell. En estos momentos la arquitectura catalana está más descentralizada que nunca, como lo prueba el hecho último de que el único Premio Pritzker con el que cuenta el país nos viene de la ciudad más parecida al pueblo de Asterix que tenemos: Olot.

(3) Si no sois arquitectos: la planta (esa representación horizontal del edificio cortado más o menos a la altura del ojo que muestra su distribución) se organiza a base de franjas paralelas a la directriz longitudinal del edificio. En cada una de ellas se da una actividad diferente. Convencionalmente las bandas suelen alternarse entre zonas de habitaciones principales y zonas de servicios para que éstas puedan funcionar adecuadamente. Es el caso de este edificio.

(4) Si no fuese porque los mismos Harquitectes vienen de hacer un edificio casi enteramente nuevo en Les Corts (quizá a veinte minutos a pie de la Lleialtat) con los mismos materiales aquí empleados y porque han vuelto a darle todo el sentido del mundo sin necesidad de tener que recurrir a la memoria. Otro edificio que vale la pena visitar, por cierto.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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