En los amenes de marzo, que no los idus, anunciará su presentación a las primarias del PSOE Susana Díaz Pacheco, presidenta de la Junta de Andalucía. A pesar de alguna incertidumbre, forzada o no, sobre si al final se haría efectiva su candidatura, no era razonable que después de mandar a los suyos a provocar el coup de force del 1 de octubre y de constituirse una antiestatutaria gestora a las hechuras de la baronesa meridional a última hora hubiera hecho mutis por el foro. Bien es cierto que el golpe chusquero, diseñado con poca tensión intelectual, no salió como se esperaba. El apoyo a la continuidad de Rajoy en el Gobierno no se ha traducido en la plasmación de los actos que justificaban ese apoyo, quedando simplemente, con toda la desnudez de la impostura, en meras justificaciones sin dignidad; Pedro Sánchez no murió políticamente en la guillotina del 1 de octubre, sino al contrario comenzó a ejercer un liderazgo de gran predicamento entre la militancia y los votantes socialistas y sin las hipotecas espurias que le imponían barones y jarrones chinos para evitar que llegara mediante un pacto de izquierdas a la Moncloa y, por último pero no lo último, la imagen de Susana Díaz, considerada como la artífice de la crisis desencadenada por los acontecimientos del 1 de octubre, se ha visto bastante afectada en contra de las expectativas de su entorno.

Las plataformas de militantes que espontáneamente se han ido formando en todo el territorio nacional fueron la reacción de unas bases ofendidas y malquistas con la actitud de unas baronías trufadas de un exceso de ambición, intereses personales y desprecio a la democracia interna, con lo cual nos encontramos con un inédito enfrentamiento entre un movimiento de las bases y la estructura de poder de los barones sublevados que se concreta en el viejo caciquismo de las redes clientelares que sólo puede subsistir con una militancia atomizada, fundida en una masa sin iniciativa e incapaces de asumir una plena actitud ético-política, ya que cuando el poder por el poder se convierte en un fin, estamos ante el desnudo impulso de dominación, ante la pura “voluntad de poder” o afirmación de sí mismo sobre los otros, es decir, mesianismo sin valores morales e ideológicos.

Susana Díaz pretendía representar el papel de Charlot y el del chico al mismo tiempo, el vagabundo convertido en cristalero y que dispone de la ayuda del niño, que rompe a pedradas los cristales que luego él reparará. Pero ha habido circunstancias que los muñidores del coup de force de octubre no previeron, todo parecía fácil cuando la enviada de la presidenta andaluza, Verónica Pérez, proclamó urbi et orbi que ella era la máxima autoridad del partido. Pero esta vez se ha hecho evidente la intención de la piedra que rompía el cristal. Sería necesario, cuando no urgente, algún tipo de reflexión sobre la peripecia del 1 de octubre y la fractura que ha supuesto en el PSOE. Sobre todo, por ser una operación tan jaleada por las élites y la prensa conservadora.

Todo ello es consecuencia de que los barones que han propiciado la actual crisis que padece el socialismo no son capaces, como advertía Albert Camus, de ver la realidad con otros ojos, con lo cual el espacio de lo posible se ha reducido hasta el extremo que sólo la hegemonía de las minorías influyentes se torna en intereses generales. Noam Chomsky considera que entre las propiedades más características de los estados fallidos figura el que no protegen a sus ciudadanos de la violencia que supone que quienes toman las decisiones otorguen a las inquietudes ciudadanas una prioridad inferior a la del poder y la riqueza a corto plazo de los sectores dominantes del Estado. Sería, por tanto, necesario para la propia supervivencia del PSOE, un proyecto político que fuera de abajo arriba donde no estorbara, como parece que ahora ocurre, el propio socialismo. Quizás en las actuales circunstancias, el hecho de que a Susana Díaz, como ella misma afirma, le encante ganar no sea suficiente.

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