Llora. Encerrada en la despensa, junto a la cocina, se sienta en un destartalado taburete gris, frente a un palanganero de metal barato cosido con alambres que culmina en una palangana de porcelana que un día fue blanca y hoy, desconchada y con casi tantos agujeros como un colador, parece hecha de retales por los remaches metálicos. Y llora. Llora porque la obligaron a casarse con un hombre doce años menor (ya estaba para vestir santos, le decían en el pueblo). Llora porque ya sabía que su marido era un déspota y su suegra una miserable cicatera. Aunque la realidad siempre se muestra sorprendente al confirmar y superar las sospechas. ¡De sobra sabía que madre e hijo, Domiciana y Bartolo, habían dejado morir a Serafín, el marido y padre, a consecuencia de una colitis no curada!¡ Tan miserables fueron que le enviaron al pajar para que no manchara las sábanas de casa! Unas roñosas sábanas llenas de remiendos, ajadas y sucias porque el jabón y los golpes sobre la banquilla, destrozan la ropa, y es mejor, para que sean eternas, mantenerlas lejos del río el mayor tiempo posible. Llora por el dolor en el alma. Llora por las vejaciones, insultos y amenazas. Llora por el betún de los zapatos causante de la bronca que le ha llevado a la despensa. Llora porque después de los menosprecios, bocinazos y hasta un amago de tortazo, le ha quedado claro que mejor limpiarlos con saliva. Al menos en esa casa. Llora porque cuando sus hermanos se enteren, (y se enterarán), no podrán reprimirse (ella siempre fue la niña de la casa) y bajarán a por Bartolo. Llora porque, conociendo a su marido, sólo dios sabe que pasará después.

Francisco José, el nieto de Severina y Bartolo se acerca correteando con sus piernecitas cortas y su deambular errante propio de los niños de corta edad. Con su voz de trapo le pide a la yaya que le compre un helado en el bar del pueblo que está a apenas a treinta metros de la casa. La yaya le niega el capricho recriminándole el costoso gasto superfluo.

Severina, tras casi cuarenta años en casa de Bartolo ya no es la persona alegre, servicial, jovial, espléndida y complaciente de su juventud. Tras la bronca, los hermanos cogieron a Bartolo por la solapa y le dieron dos guantazos. Pero, días después, la guardia civil se presentó en casa al atardecer, y mientras su marido les miraba con cierta sonrisa maliciosa, le recordaron su obligación, según los cánones de las Leyes Fundamentales del Movimiento, de servir a su marido. Más tarde llegó Don Anselmo, el cura, quién le conminó a que, como buena cristiana, debería prestar obediencia y sumisión al hombre. Así que la buena mujer no volvió a “malgastar” dinero en betún, ni tampoco la ocurrencia de ir al río con la asiduidad de sus vecinas a lavar las sábanas, ni por supuesto meterse en “las cosas” de su marido, fueran éstas las que fueran.

Ahora Severina, también llora. Pero lo hace en silencio. Sobre todo cuando Francisco José, con su lengua de trapo, le dice que mamá hoy no ha venido porque tiene pupa en un ojo.

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Readoctrinamiento

Spain is different” decía el eslogan inventado por Fraga, ese camaleón de la política que lo mismo mandaba cargar en Vitoria contra trabajadores encerrados en asamblea dentro de una iglesia (Sucesos de Vitoria, 3 de marzo de 1976, en los que resultaron muertos cinco trabajadores y más de 150 con heridas de bala), que se apuntaba al nuevo sistema instaurado en el 78, como demócrata de toda la vida.

En esta coyuntura de un nuevo medievo al que nos hemos dejado conducir por desidia y pereza, dónde el trabajo ha dejado de ser la forma en la que el ser humano se gana su sustento, y los derechos laborales, un recuerdo de aquella forma de vivir, España sigue siendo diferente. Pero no porque aquí estemos mejor, sino porque aquí la carcunda nunca salió de sus palacios. Nunca hubo guillotinas en las plazas públicas, ni curas que pusieran en duda la santidad e inefabilidad del Papa, ni Ilustración, ni pueblo que dudara de la gracia de dios. Como decía un profesor que tuve hace años, en España no hay empresarios sino tratantes de ganado reconvertidos. Y no lo decía porque seamos rebaño, que también, sino porque los buenos tratantes de ganado eran los que mejor sabían engañar, valerse de la ingenuidad y la ignorancia del comprador para vender jamelgos desdentados como rocines de pura sangre.

Aquí siempre nos llevan un paso por delante en el hijoputismo. Siempre se sirven de la coyuntura para exprimir y acarrear más. Aquí somos más de conservar “lo nuestro” aunque, eso “nuestro” sea una polca alemana o una prenda del imperio austriaco.

Aquí pululan los misóginos que escriben (y les publican) aberraciones como la aparecida hace poco en el Correo Gallego en el que un tipo que se define a sí mismo como periodista, venía a decir que hay mujeres que mueren porque quieren, porque aun sabiendo que sus parejas son violentas, siguen con ellas porque les puede más el vicio que la razón. (¡Cómo me recuerda esto, a la teología franquista!).

Aquí, un juez del Supremo (se supone que debiera ser garantía de nuestros derechos) se permite el lujo de insinuar que el maltrato a la mujer es consecuencia de “la maldad” y, sobre todo, porque el hombre es más fuerte que la mujer. Cómo si sólo los golpes fueran maltrato. Igual el magistrado debiera ver esto para aclarar sus ideas. Descarado y machista es también sugerir que igualmente hay maltrato de mujeres a hombres pero que estos no denuncian.

Aquí, la fiscalía utiliza costosos recursos públicos para intentar condenas por delitos de odio que no existen y que sólo son opiniones. Guillermo Zapata, César Strawberry (que denuncia cómo la fiscalía busca modificar unos hechos probados para cambiar una sentencia de absolución -todo ello, después de la sentencia firme-, los titiriteros del Carnaval de Madrid de 2016, o Casandra  –la tuitera a la que el fiscal pide dos años y seis meses de cárcel, tres de libertad vigilada y ocho años y medio de inhabilitación absoluta para cualquier cargo público, por unos twits sobre Carrero Blanco, que por cierto, ni siquiera es legalmente una víctima del terrorismo-. Zapata y los Titiriteros ya fueron ABSUELTOS porque no había delito. Con el líder de Def con Dos, César, han insistido hasta conseguirlo en el Supremo. ¿Lo que han tenido que soportar, recurso tras recurso, y amenaza tras amenaza de una condena, es propio de un estado de derecho?

Aquí, Pilar Manjón que tuvo que dejar la presidencia de la Asociación de Víctimas del 11-M, por las constantes amenazas de todo tipo, es y ha sido acosada en Twitter sin que sepamos que se haya abierto ningún proceso judicial y con la fiscalía siempre informando negativamente.

Como decía, “Spain is always different”. Aquí, además de la vuelta al medievo laboral, nos están intentando llevar al medievo social, dónde la mujer sea sierva y esclava (incluso sexualmente), la plebe no tenga derecho ni a reírse de sus carceleros sociales, y dónde cualquier palabra o acción que no guste al señor de turno sea considerada delito de odio. Puedes salir a la calle y gritar “¡Viva Franco!” o “¡Muerte a los rojos!” sin que te pase absolutamente nada, pero no puedes circular libremente con una bandera republicana por el centro de Madrid el día que coronan al nuevo monarca. Si ya gritas “¡Franco asesino!” tienes asegurado, cuando menos, el cuartelillo. Aquí te pueden decir que te van a matar, negar que tu hijo haya sido asesinado el 11-M, y si has demostrado ser crítico con las teorías conspiranoicas de quiénes insisten en que ETA esté siempre presente, no pasa absolutamente nada. Pero no puedes bromear, como lo hacían Tip y Coll allá por el año 1983 con el ascenso de Carrero, porque acabarás en la Audiencia Nacional.

¿Por qué Tip y Coll pudieron dejar plasmado en un libro en 1983 el chiste de Carrero Blanco y ahora Casandra ha acabado en un proceso que puede llevarla a la cárcel?

La explicación es sencilla. Verá querido lector, España, en el 75, era un puente de madera lleno de carcoma. En lugar de fumigar, aislar el puente con unos plásticos y dejar que el producto acabara con los parásitos o haber quemado el puente y construido uno nuevo, unos señores que viven de vender pintura, nos dijeron que con cambiar algunos baos (por supuesto de la misma madera), pocos, y darle una mano de pintura, sería suficiente. La carcoma, durante años estuvo agazapada debajo de la pintura, royendo y alimentándose de la celulosa del puente, hasta que, poco a poco, fue desconchando esa capa de pintura, invadiendo los travesaños nuevos y haciendo que el puente siga siendo, como entonces, una completa podredumbre y un peligro para el que lo atraviesa.

Y lo peor de todo es que los que viven de vender barnices y pinturas, insisten en que, en lugar de derribar el puente, le demos otra mano de pintura. Claro que ahora, además, pendemos todos del dichoso puente, salvo los que venden la pintura y los que pintan, y conforme se va destruyendo, vamos cayendo al vacío.

El proceso de re-adoctrinamiento franquista nos está llevando a tener miedo, de nuevo, a salir a la calle a protestar, a escribir libremente lo que uno piensa, incluso a contar chistes en nuevos medios como Whatsapp, twitter o Facebook. Uno ya no puede blasfemar a gusto (aunque esté feo) delante de un cura o de un meapilas porque puedes acabar en el juzgado. No puedes criticar al rey porque puedes acabar en el juzgado. No puedes siquiera insinuar que los ladrones lo son, porque tienen cientos de abogados, decenas de fiscales que buscarán arruinarte la vida.

¿Estamos en 2017 o en 1947?

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentahistorias freelance o mejor dicho un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Ahora participo activamente en PODEMOS, más que por convicción, por la necesidad de regeneración. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Subjetiva y probablemente equívoca, pero es mi opinión. Si me equivoco rectifico. Sólo el que rectifica aprende algo. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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