Cuando eres periodista, la pertinencia y la claridad del lenguaje adquieren una importancia especial que trasciende a la profesión e inunda el resto de ámbitos de tu vida. “Tío, si dices Orgullo Gay ya lo englobas todo”.

Cuando además eres activista, el adecuado uso del lenguaje se convierte en una prioridad para explicar de manera accesible la realidad social que tanto te esfuerzas en cambiar. “¿Cuál es la siguiente letra? Ya sois LGBTIQWERTY, ¿no? No va caber ninguna más”.

La comunicación a través de las palabras es esencial, innata y sencilla para el ser humano. Excepto cuando hablas sobre expresiones e identidades de género y sexualidades diversas. Entonces, y con una hipersensibilidad pasmosa, los términos se vuelven rebuscados, las siglas son exageradas, las etiquetas son un estorbo y las intenciones no son las que habías imaginado. Decir LGBT es lioso, aprender la diferencia con LGTB es extenuante y pronunciar LGBTI+ es complicado; más difícil que entender ruedas de prensa en catalán o estudiar inglés, francés y alemán en el colegio. “¿Se pronuncia plus o más?”.

Parece una cuestión de chistes, de discriminar sistemáticamente aquello que se escapa de la norma y lo establecido. Sin embargo, aflora en mí un debate interno lleno de contradicciones. La ironía se desmorona. ¿Hemos complicado de verdad la conversación sobre nuestro colectivo? ¿Estamos haciendo todo lo posible para que personas ajenas a esto puedan entender nuestra naturaleza y secundar nuestras reivindicaciones?

Dentro del propio activismo LGBTI+, abanderamos la diversidad con todas las implicaciones de esta palabra. En la sociedad civil, la B se utiliza delante de la T. En política, la T se antepone a la B. Algunos partidos añaden una I y otros también el “+”. Varios grupos incluyen la Q de Queer (‘raro’ en inglés, pero con un significado reapropiado para empoderar a personas que no se identifican con ninguna identidad de género). En inglés, la G se suele anteponer al resto. En ciertas zonas de Latinoamérica, es común el uso de LGBTTT para diferenciar entre transexuales, transgénero y travestis. En algunos sectores, también se añade la A de asexualidad.

Mi constancia con las siglas también brilla por su ausencia y utilizo una nomenclatura u otra en función del contexto en el que me encuentro.

Lo sorprendente es que no existen polémicas o debates acalorados sobre este asunto. Vivimos en una especie de oasis lingüístico en el que las personas implicadas aceptan la diferencia de siglas. Desde fuera, todo se ve como una sopa de letras que necesita aclaración. ¿Deberíamos fomentar la creación de un único término que sea sencillo, accesible e inclusivo?

Es evidente que el activismo se basa en algo más que determinar nuestra denominación. En la lucha por nuestros derechos, siempre hemos optado por conceptos que concreten nuestras reivindicaciones, como diversidad, respeto o igualdad. También hemos usado otras que no me gustan nada, como tolerar (permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente) o normalizar (hacer que algo se estabilice en la normalidad).

Las siglas surgen como herramienta asociativa, para identificarnos con una causa común, para sentirnos parte de algo, para dejar atrás el rechazo y la discriminación de colegios, familias, amigos u oficinas de trabajo. Nuestra propia naturaleza ha evolucionado con el paso de los años. Antes éramos homosexuales. Después fuimos gais y lesbianas. Más tarde, también bisexuales y transexuales. Hoy somos LGBTI+.

La diversidad de géneros, identidades, romances y sexualidades ha permitido que hablemos de genderqueers, poliamorosos, heteroflexibles, pansexuales o demisexuales; realidades que siempre han existido, pero no siempre han tenido nombre; naturalezas no incluidas en las siglas y que, en ocasiones, son invisibilizadas, rechazadas u objeto de burlas.

Es curioso, porque también ocurre con aquellas siglas que sí están incluidas en la denominación generalizada.

La asociación COGAM, para su charla “Las letras más allá de lo LGTB”, ilustra esta problemática con una metáfora: las cuatro siglas son la punta del iceberg. En la profundidad, ocultas, el resto. Para que todas salgan a la superficie, la organización propone el concepto inclusivo de “orientaciones e identidades diversas”. OID, siglas pertenecientes a la Organización Impulsora de Discapacitados. Podemos probar al revés o pensar en otro término aún más inclusivo. En cualquier caso, este planteamiento remite a un debate mucho más amplio. ¿Están las etiquetas y las siglas limitando nuestro progreso como colectivo?

La respuesta es sí y también es no. Pienso en el activismo como las escaleras de un bloque de pisos: es imprescindible pasar por todas las plantas para llegar al ático. Por lo menos, para acercarnos todo lo posible a él. Antes de eliminar las siglas y sustituirlas por un nuevo concepto inclusivo, tenemos que dar cabida a todas las realidades y no tratarlas como inventos, exageraciones o retorcimientos del espacio-tiempo. Cada sigla, como abreviación de una etiqueta, visibiliza y empodera.

Sin embargo, ¿qué ocurre en aquellos países en los que “LGTB” todavía no ha podido ser pronunciado? En mi adolescencia fue esencial definirme como “chico gay”. Ser gay es una parte más de mi identidad, como soy periodista y soy activista. Ser discriminado me hizo tener un cariño especial por la palabra, mimarla y reivindicarla. En otros países, definirse como “chico gay” supone la cárcel, el apaleamiento o la muerte.

¿Resolver la cuestión lingüística va a solucionar nuestros problemas?

Me pregunto si hemos llegado ya a la primera planta.

Antes hablaba con metáforas. Ahora con reiteraciones. Siempre habrá quien no sienta como suyas las siglas. Siempre habrá quien las desvirtúe. Siempre habrá quien invente algo diferente. Siempre habrá quien necesite añadir una letra más. Porque siempre hay hueco para una más. Porque esa es nuestra naturaleza como colectivo y también puede ser nuestra solución: aceptar la pluralidad y diversidad de nomenclaturas, siglas y realidades que existen. Aceptar las que están por venir. Y aceptar que debemosluchar por todas aquellas que son silenciadas y cercenadas.

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