Palomitas, coca-cola, tarde de domingo y un merecido descanso, no sin remordimiento, me acompañaron al cine para disfrutar “La ciudad de las estrellas (La La Land)”, una película musical dirigida por Damien Chazelle y protagonizada por las magníficas interpretaciones de Ryan Gosling y Emma Stone. Conmovedora, emocionante y cargada de belleza, despierta la sensibilidad del espectador y, sin duda, plantea el tema crucial que tocará la fibra sensible de más de un músico ocupante de las butacas de la sala. Trataré de explicar en las siguientes líneas, con cierto temor, mis impresiones, con la sensación de que desnudo mi interior más de lo necesario, pero con la esperanza de que este ejercicio catártico pueda ayudar a algunos de los que me lean a acercarse al corazón de aquellos que amamos y nos dedicamos a la música.

Desde muy pequeña manifesté un profundo interés por la observación de las personas y de su comportamiento, aprendí a cuestionar y a no practicar el absolutismo, a entender más allá de las propias palabras viendo el “sí” donde se verbaliza un “no” y el “estoy dolido” que esconde un “no pasa nada”, convirtiendo el hecho de profundizar casi en una forma de pensamiento y de vida. Siempre sentí que el reflexionar sobre uno mismo te hace más fuerte, te ayuda a asumir con honestidad quién eres y quién puedes llegar a ser y pronto encontré en el arte el medio de expresión perfecto para manifestar mi inquietud. Defínese, según el diccionario de la real academia española, el término “inquietud” como la falta de quietud, desasosiego, desazón (que describiría a las mil maravillas mi constante necesidad de reflexión) o la inclinación del ánimo hacia algo, en especial en el campo de la estética, y, en mi caso, del arte, es decir, inquietud artística.

La formación de un músico comienza muy pronto. A los seis, siete, ocho años, aterriza por primera vez en un conservatorio al poner sus pies descalzos en la moqueta del aula de los xilófonos. En ese preciso momento se embarca en una aventura de por vida, un trabajo diario constante que, ligado en muchos casos a un afán de perfeccionismo casi enfermizo, dificulta la normalidad de la infancia cambiando muchas sesiones de juego por horas de estudio, obliga a la madurez temprana saltando de golpe una adolescencia prácticamente inexistente, y se sumerge de lleno en una dinámica de sacrificio y dedicación por y para la música. Atrás quedó la visión del artista bohemio, protagonista de una vida libre, poco organizada y convencional, que da paso al artista disciplinado, malacostumbrado en ocasiones a una rutina de competitividad insana, pero adecuadamente formado en la dedicación y el culto a su profesión.

Con el paso de los años, la necesidad de comunicar y expresar adquiere madurez y se enfrenta a multitud de dificultades que pueden desviarte de la meta para la que estás trabajando. La música va asociada a la atadura de una continuada práctica instrumental, es escurridiza y te abandona pronto si no mantienes la constancia, necesita de una formación conceptual paralela a la práctica que dote de significado tu proceso artístico, te enfrenta continuamente a la dureza de la crítica, los comentarios y los vicios nacidos de la dinámica de los grupos con los que trabajas, te obliga a pasar por diversos procesos de selección en los que simplemente eres invisible y necesita de un ritual de gestión y relaciones públicas tan lejano a tu interés que pierdes el norte. La música implica esfuerzo, tenacidad, para devolverte en muchos momentos frustración y un continuo y agotador volver a empezar en lo que supone una verdadera carrera de fondo, donde el afán de mejora y el aprendizaje nunca terminan.

Y es que, como en “La La Land”, la vida del músico se tambalea entre un ansiado florecer de sus aspiraciones y un constante volver a ponerlas en jaque, mientras lo artístico se adueña de su día a día, invadiendo su tiempo y espacio con pruebas, ensayos y funciones, unas más y otras menos deseadas, y mezclando la vida musical y la personal hasta el punto de hacer de ellas una sola línea prácticamente indivisible.

Quizá llegados a este punto resulte inevitable cuestionarse si tanta disciplina, compromiso e insistencia merecen la pena y si esta elección resulta realmente una vía gratificante como opción existencial. Siempre me sentí atraída por la música, conecté con ella, decidí que era el mejor camino que podía tomar mi vida y me movió a hacerlo ese pequeño, mágico y único instante sobre el escenario en el que sientes belleza haciendo música, en el que se produce la perfección del fenómeno musical que tienes en mente. En ese preciso momento, te invade un sentimiento de plenitud vital no equiparable a nada, te sientes lleno, solo existe la música que está aconteciendo y sabes que, ese diminuto espacio de tiempo, esa pequeña partícula aislada en un universo de perseverancia y sacrificio, justifica con creces toda tu lucha. El mundo necesita músicos, poetas, pintores, necesita esculturas, fotografías y obras de teatro, necesita de nosotros los artistas, soñadores y currantes a partes iguales, y de nuestra incansable sed por mostrar nuevas formas, sonidos y colores, porque el mundo, en compañía del arte, es indudablemente un mundo mejor.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

1 Comentario

  1. Si en esta sociedad se nos aceptara a las personas tal y como somos, permitiéndonos desarrollar aficiones y actividades «poco productivas» como las artes (ejem) y estando abiertos a disfrutar más con la ilusión de los demás, entre las personas habría menos tensiones, menos desconfianza, más capacidad de observación y de maravillarnos con las cosas pequeñas…
    En definitiva, habría más amor en el mundo y eso nos beneficiaría a todos. Por un lado, nos vendría bien a los «raritos» porque nos haría sentir más aceptados e integrados en la sociedad; y por otro lado, nos vendría bien a los que nos cuesta respetar a los demás, pues aprenderíamos a considerar puntos de vista que teníamos ocultos hasta entonces.

    Coincido plenamente contigo, Elisa, acerca de ese momento mágico en el que se siente una plenitud vital no comparable a nada. Siento que mis idas de olla tienen un porqué estético, de placer y autorrealización que difícilmente consigo recrear en otros ámbitos, aunque a mí todavía me falta esa disciplina férrea de la que hablas. Tiempo al tiempo.
    ¡Gracias por tus artículos!

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