La libertad de expresión ha recibido un serio aviso del terror. Se ha presentado sin llamar a la puerta, vestida de negro y con la guadaña bien afilada buscando sangre indiscriminadamente. Su modus vivendi por antonomasia, no debemos sorprendernos a estas alturas. Ante esta desazonadora visita no cabe otro camino posible que la explosión pacífica de la ciudadanía inundando calles y plazas, armarse de paciencia y valentía y propalar a los cuatro vientos que ese bien universal que enarbola el poder de la palabra en libertad, logrado sin desmayo tras milenios de oscurantismo y opresión, no caerá de nuevo bajo la extorsión de una banda de desalmados, que no esgrime más razón que la del humo insaciable de sus armas.

Ni mil balas podrán romper las puntas de unos lápices que siempre van directos al corazón, al corazón de unos ciudadanos ávidos de libertad, que desean hacer de la vida una sátira antes que un valle de lágrimas opresor y regresivo. La risa siempre ha sido un bien innato de los humanos demasiado perseguido por dogmatismos de diverso pelaje. Aquellas creencias que mantienen a sangre y fuego que nuestro fin primordial en este mundo no es otro que lamentarnos de nuestras heridas pecadoras tienen en la risa y la inteligencia que las provocan sus principales enemigos. Por ello la verdadera cruzada no se da entre civilizaciones bajo la sombra de distintos dioses sino enfrentándose a cualquier modo de concebir el humor como cauce de expresión de la razón.

Estas fuerzas opresoras no quieren, por evidentes y oscuras razones, que nos carcajeemos de las mismas cosas cristianos, ateos, musulmanes, judíos, hindúes o budistas. Y no lo quieren porque así pueden someter más dócilmente a la masa antes de que el humor desnude sus vergüenzas más pronto que tarde.

La libertad de expresión no debe tener más límites que los de la razón y la inteligencia. Ni siquiera la, a veces, frontera infranqueable del respeto y el honor deben ser impedimento para que la sátira y el humor –sanos y bienintencionados por antonomasia– campen a sus anchas en un mundo donde de verdad y sin medias tintas ondeen las libertades emanadas de la Francia de 1789.

Por todo ello, y dada la difícil coyuntura socioeconómica en que se mueven actualmente los medios de comunicación en general en un panorama desolador donde las mordazas intentan imponer la ley del más fuerte, la noticia de la aparición de nuevas cabeceras que anuncian su irrupción en el siempre complicado espectro de los medios en general no puede sino congratularnos con el poder de la libertad de expresión, un logro de la sociedad que siempre halla cauces para clamar a los cuatro vientos que las desigualdades, la injusticia y la opresión deben dar paso de una vez por todas a otro mundo posible más humano, solidario y siempre atento a la consecución de los derechos más fundamentales del ser humano.

Y si la risa y el humor nos deben dar siempre la medida de lo mejor del ser humano, esta expresión de lucha por un mundo mejor debe ir remitida sin compasión y en sobre cerrado vía urnas a las almas emporcadas de las élites que nos gobiernan sin atender que la brecha entre un lado y otro se acrecienta sin vía para el entendimiento mutuo. Este año que comenzamos es clave para que los ciudadanos expresemos de una vez por todas el hartazgo, la ira y la impotencia que nos atenazan, y que gritemos al unísono que tanta podredumbre y mediocridad no deben continuar un minuto más dirigiendo nuestros designios. Sólo de nosotros depende.

 

Publicado en Cambio16

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