Esta semana se cumple el aniversario de la fecha en la que el Estado español decidió ser más débil. El veinte de septiembre del 2017 la policía judicial irrumpió en la sede de la vicepresidència del Govern de Catalunya, detuvo sendos cargos políticos y registró documentación, oficinas y a tutti quanti que estuviera por allí. Buscaban papeletas de voto, buscaban indicios de un brutal delito que no existe en el código penal: organizar un referéndum. Aquel día, el Estado, queriendo dar una lección de fuerza demostró ser más débil que nunca.

La respuesta ciudadana fue tan espontánea como extraordinaria. Miles de demócratas -independentistas o no y sin distinción de origen, género, edad- se agolparon, en horas de trabajo, delante de la sede gubernamental para protestar PACÍFICAMENTE ante lo que era un ataque explícito, ya no a la soberanía catalana si no a la democracia en sí misma. Estuvieron todo el día allí hasta que se les pidió que se marchasen a casa. Lo que ocurrió después, ya es historia: los Jordis encarcelados imputados por un delito que todo el mundo sabe que tampoco existió y un 1 de octubre en el que el mismo Estado español contribuyó a convertir en un acto fundacional de lo que algún día será República Catalana. Su cabezonería y bravura de conquistador trasnochado hicieron más grande aún el referéndum al grito del “a por Ellos”.

Delante de su departamento y en medio del asedio policial, el hoy encarcelado, Oriol Junqueras dijo aquello de “solo el Pueblo salva al Pueblo”. Tenía razón, el referéndum fue posible gracias a todo el mundo. La gente se tuvo que organizar en la práctica clandestinidad escondiendo las urnas -jugando al gato y al ratón con la policía-, empresas privadas y autónomos voluntarios imprimieron papeletas de voto, grupos espontáneos de whatsapp se crearon para defender los colegios electorales del envite policial y un largo etcétera que hizo subir los colores a más de uno que creía tenerlo todo bajo control. En Catalunya, el 1 de octubre, el Estado perdió.

Una lección popular que fortaleció aún más el tejido de organizaciones sociales de Catalunya, un tejido ya de por sí, extenso y resiliente -quien sabe si es por la inexistencia secular de instituciones representativas lo suficientemente empoderadas-. Un tejido que ha hecho posibles las movilizaciones populares pacíficas más masivas de la última década en Europa. El 1 de octubre fue un momento disruptivo y generó sinergias ciudadanas nunca vistas hasta entonces. De aquel día surgieron iniciativas muy potentes autoorganizadas y con apoyos públicos mínimos o inexistentes que continúan trabajando sobre el terreno para generar debate ciudadano entorno a la idea de la creación de una República social y democrática en Catalunya. Además de las ya existentes “Súmate” de castellanohablantes o la propia ANC, se crearon tantas otras como Birres per la República donde dos mujeres valientes sacan horas de su sueño para que esto salga bien -y lo consiguen-, por no hablar de las iniciativas #Free relacionadas con los presos y exiliados u otras como Babel, Cartes per la República y un larguísimo etcétera de gente anónima dispuesta al sacrificio para construir un país moderno des de la base. La democracia, la República, es precisamente esto. Como bien entendió Junqueras es muy cierto que solo el Pueblo salva al Pueblo.

Harían bien en tomar ejemplo otros pueblos del Estado. Quizá, si lo piensan bien y a la vista de todo lo publicado, el Rey y su corte, no les representan tanto como se creen.

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