Afirmaba el otro día Albert Rivera que el socialismo carece de respuestas en la globalización. No nos corresponde a nosotros preguntarnos qué fue de aquel Ciudadanos que se autodefinía a conciencia como una formación de centro-izquierda, deudora de las tradiciones liberal-progresista y socialista democrática. Al fin y al cabo, fue legítimo aquel cambio ideológico perpetrado en el último Congreso Nacional de Ciudadanos, aunque suscitara algunas dudas sobre las verdaderas convicciones – si hay alguna más allá de la mera volubilidad electoralista – del señor Rivera. Más allá de que lo que hace unos pocos años sí parecía servir hoy enfile el basurero de la Historia, como un anacronismo inservible, cabe preguntarse qué hay de cierto en dicha aseveración.

La globalización es ya un fenómeno imparable. Pocas dudas pueden subsistir de que sus dinámicas, tanto las negativas como las positivas, gozan de una proyección universal y totalizadora, difícilmente reversible. En un contexto de superación de fronteras, de telecomunicaciones y transacciones que unen culturas diversas y sociedades geográficamente remotas, tiende a pensarse que la izquierda, en su tradición socialista clásica, tiene poco que decir. Discrepamos profundamente de tan precipitada conclusión.

Por lo pronto, es preciso significar cuan paradójico resulta que se dé por enterrada una filosofía política que hace de su preocupación por la desigualdad un elemento nuclear, precisamente en un tiempo de crecientes desigualdades sociales y económicas. No menos asombroso nos parece que el socialismo – formulado así, con brocha gorda y como pretendido significante unívoco – se pretenda caduco en tiempos de mercados globales… y constatablemente disfuncionales. Si los mercados tienden a la globalidad, ¿por qué no un gobierno análogamente global? Cuando menos, parece precipitado revocar de forma apriorística cualquier manifestación de socialismo, sin ulteriores matices.

Cuando se habla de socialismo, con deliberado ánimo estigmatizador, se tiende a utilizar como peana argumentativa el recuerdo sombrío del así denominado socialismo real, en sus vertientes estalinista, bolchevique, maoísta, etc. Si una tradición política tan sumamente rica y desarrollada como la del socialismo se reduce a la denigración cuantitativa de los millones de asesinados por la execrable y criminal distorsión del socialismo real… mejor haríamos en cerrar cualquier debate y comulgar con ruedas de molino. No habría alternativa a la de una suerte de ortodoxia liberal indisputable: claro que también ésta hará bien de esconder al avezado crítico la realidad sanguinaria de algunos autoproclamados liberales, Pinochet mediante y a la cabeza.

Periclitada la ortodoxia marxista, la nueva duda que nos asalta es si, con ella, debemos sepultar cualquier anhelo socialista. Nuevamente, las prisas de algunos les juegan una mala pasada. Plataforma Ahora, espacio de encuentro de ciudadanos progresistas en el sentido más amplio de la palabra (entre los que se cuentan no pocos socialistas), cree firmemente que existe terreno más que fértil para una sólida reformulación del socialismo.

Un socialismo que, de inicio, deberá reafirmarse en las coordenadas cívico-democrática que disipen cualquier duda aparejada a las distorsiones históricas referidas y, al tiempo, consoliden un espacio propio frente a las tentaciones populistas. El socialismo debe estrechar sus lazos con el origen último de cualquier izquierda: la radicalidad y ampliación democrática. En tiempo de degradación de la democracia representativa – espoleada también, a qué negarlo, por la renuncia y dejación de formaciones de izquierda clásica, extraviadas en sus prioridades y esfuerzos- , en demasía tendente a una peligrosa evolución hacia su vaciamiento en favor de centros de poder difusos y no fiscalizables (grandes poderes económicos), la respuesta de un socialismo firmemente arraigado en los mejores valores democráticos y en la tríada republicana de libertad, igualdad y fraternidad debe constituir un factor determinante.

Un socialismo que habrá de reconocerse como profundamente europeísta, sosteniendo sin complejos que la plena integración económica, social y política de la Unión Europea sigue siendo una idea magnífica sin verdadero correlato fáctico. Un socialismo que sea capaz de ubicar en el centro del tablero político un proyecto ambicioso de plena integración de los antiguos Estados-Nación en espacios políticos robustos y ampliados, funcionales y determinantes en el curso de los acontecimientos. Si algo ha sacado a flote la crisis financiera internacional es el hecho de que el abstencionismo de los poderes políticos ante la especulación de los agentes económicos privados ya no es una opción, excepto para los más dogmáticos del lugar. En ese contexto, Europa debe erigirse en el espacio político donde ejercitemos en plenitud de facultades nuestra ciudadanía. Y ese concepto de ciudadanía europeo debe incorporar todos los derechos y deberes de los que somos ya titulares en nuestro demos nacional, sin renunciar a su ampliación. Rechazando, eso sí, con plena contundencia, cualquier pretensión de fracturar los Estados-Nación aún vigentes, sustentados en un saludable consenso democrático y de laicismo identitario, en pequeñas parcelas fracturadas por criterios etno-identitarios, como pretenden los nacionalismos. Un socialismo europeo, cívico-democrático, y verdaderamente cosmopolita y universalista sólo puede ubicarse en la vanguardia de las ideas, de las mejores ideas de transformación social.

Un socialismo, en fin, que debe rechazar su lobotomización identitaria. Si algún riesgo real enfrenta la izquierda hoy es su abducción por las doctrinas identitarias que exigen al socialismo laxitud en su reivindicación de igualdad, en su análisis de clase y en su combate contra los desequilibrios sociales y económicos. Al calor del mantra de las identidades, con demasiada frecuencia se exige dulcificar el enfoque igualitario y abrir la puerta a toda suerte de discriminaciones, algunas transitorias, correctoras y hasta necesarias; otras, simplemente, incompatibles con la emancipación del ser humano, horizonte irrenunciable de la izquierda.

Si el socialismo escapa, por fin, de la falaz dicotomía que le empuja a optar, bien por su integral dilución en aquella tercera vía dócil con los procesos de desregulación neoliberal y de globalización sin pesos ni contrapesos, bien por el populismo como sustituto de baratillo de las dinámicas cívico-democráticas y por la involución identitaria que estrangula la imprescindible cosmovisión universalista e igualitaria, podrá responder con visos de éxito a los que urgen su descarte de forma precipitada.

Podría darse, incluso, la paradoja de que, lejos de carecer de respuestas en la globalización, las mejores respuestas vengan, precisamente, de la mano del socialismo.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

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