Lo que no se comunica no existe. Mira que he utilizado cientos de veces –o miles, ¡vaya usted a saber!- esta frase por eso de ser periodista y, sin embargo, hasta hoy no se me había ocurrido utilizarla como argumento para el lenguaje de género.

Hoy siento la necesidad de explicarlo porque me he saturado. Estoy cansada de que me miren como un bicho raro por decir, por ejemplo, bienvenidas y bienvenidos cuando abro un acto o evento, o que me pregunten sobre ello cuando escribo mis artículos en Diario16, o cuando –a mí que me encantan los debates hasta los fines de semana en mi casa con amigos- entramos en tertulias hogareñas y hasta en Navidad cuando se da el caso, y parece que siempre tengo que justificar, así por las buenas y con mucha mano izquierda, que soy distinta en esto. Un poco rarita hasta para compañeras y compañeros  de trabajo, por cierto, mucho más jóvenes que yo.

Reconozco que la filosofía de la Real Academia de la Lengua contra el lenguaje de género me dolió. Y me hizo pupa porque tengo en gran consideración a dicha Real Casa y a muchos de sus miembros – que no miembras-. Y que, sobre todo, me fastidió mucho porque ahora es el argumento perfecto para quienes jamás han defendido la igualdad, ni tienen mérito alguno en los derechos y logros de las mujeres de hoy en día, pero que parecen que todas y todos ellos son Clara Campoamor. Gran mujer ésta, con la que siempre estaremos en deuda, que no dudó en ver truncada su carrera política por defender con toda el alma –y en contra de la izquierda- el voto de la mujer en el Parlamento de la II República.

Fue Clara Campoamor, y gracias al apoyo egoísta de la derecha que sabía que la mujer iba a votar a quien su marido o confesor le indicara, quien logró el sufragio femenino en España, y también quien sabía que la mujer a la que daba la voz y el voto por primera vez en la historia no la iba a votar a ella ni a su partido. ¡Qué grandeza la de la Campoamor! Y qué lección para la clase política de hoy y de siempre.

Pero que ya me he ido otros derroteros. Lo siento, vuelvo al tema.

Pero ni esta gente es Clara Campoamor, ni yo le llego a la abogada republicana exiliada a la suela del zapato. Es más, ni siquiera critico o malmeto contra quien no utiliza el lenguaje no sexista. Y no lo hago, entre otras cosas, porque ni yo misma lo uso como debo, cometo errores y, es que tras tantos años del masculino, en ocasiones cuesta darle también al femenino.

Con el lenguaje de género damos visibilidad a las mujeres. Lo que no entiendo es por qué esto ofende. ¡Si ya lo utiliza hasta Esperanza Aguirre! Porque aceptamos que de Zapatero molestaba todo –y que utilizara un lenguaje más igualitario también- pero tenemos ejemplos como Cifuentes y tantas conservadoras, a las que agradezco el gesto, pero que tampoco ha ayudado a normalizarlo en la sociedad.

Pero volviendo a lo mío, bueno, mejor dicho: a lo nuestro, comparto plenamente las palabras de Pilar López Díez, especialista en Género y Comunicación cuando analizó el informe de la RAE sobre sexismo lingüístico. Nos decía esta profesora que “la gran importancia del lenguaje no sexista y me ciño a dos aspectos: para nombrar lo que existe en la sociedad y así hacer visibles a las mujeres, por un lado, y para construir modelos de identificación que influyan sobre las generaciones futuras para erradicar la discriminación contra las mujeres y la violencia de género”.

¡¡Qué bien habla esta mujer oye!! Pero, yo igual que ella, también creo que ha sido importante nombrar a las juezas, ingenieras, abogadas o mineras para darles visibilidad. Porque empezaron siendo tan pocas que, o lo diferenciábamos en el lenguaje, o pasarían desapercibidas. Y, de hecho, muchas de ellas pasaron sin pena ni gloria cuando trabajaron más y mejor en sus puestos de trabajo que sus colegas masculinos, mientras se ocupan de la casa, de sus hijas e hijos y, ahora, de sus nietas y nietos.

Dicen los académicos de la Lengua que podemos caer en lo ridículo o absurdo con el lenguaje de género. Mientras plumas intensas y sin mordaza, como la de Pérez Reverte, califica de gilipollez el tema. Para periodistas como Carlos Herrera, el tema surge porque según su inteligente argumento para todo: “no cabe un tonto más en España” (en masculino claro), y mientras yo sigo con lo mío porque me da la Real gana. Y porque quiero que mi hija Nerea sea visible hasta en las concentraciones de millones de personas, porque me da la gana hacer única a mi madre con mi lenguaje de género y diferenciarla  del término de padres y, sobre todo, porque creo que es justo y necesario. ¡Pues eso!

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Periodista en cuerpo y alma, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco, tras 15 años en medíos de comunicación, creó Comunica2 con su compañero de vida y también periodista, Sergio Arestizabal, para demostrar que otra forma de comunicar es posible. Tras sufrir censura y presiones de los poderes públicos en el ejercicio de su profesión, hoy es libre y Directora de Comunicación de HoffmannWorld y Catalina Hoffmann. Asesora a personas y empresas en crisis o injustamente juzgados por la opinión pública y publicada. Hoy tiene el reto de que el Periodismo abra un profundo debate interno sobre cómo recuperar la honorabilidad de aquellas personas a las que por error enturbió su imagen pública. Inconformista y crítica, como debe ser una periodista.

4 Comentarios

  1. Enhorabuena por tu artículo, María José. Es importante normalizar lo que hasta ahora no lo es, porque llevamos muchísimos años utilizando el lenguaje de forma incorrecta. La costumbre hace mucho y, aunque no sea de forma intencionada, ayuda a mantener los comportamientos erróneos. Es comprensible que la RAE se pronuncie de la forma que lo ha hecho, porque está desfasada y va por detrás de la sociedad. Como muchas otras instituciones, necesita ir en consonancia con la ciudadanía actual.

  2. Es difícil discrepar sin que te tilden de lo que sea. Pero lo voy a hacer porque tengo la conciencia tranquila. Como se que seré la diana de muchos dardos diré en primer lugar que ya antes de tener uso de razón, igual todavía no tengo, jaja, tenía ya interiorizado que hombres y mujeres éramos iguales, y que todos, …si TODOS, éramos ciudadanos del mundo. Pasado el tiempo unos señores políticos empezaron a usar un lenguaje que diferenciaba los géneros, así, ya no éramos todos, éramos todos y todas…y de repente me vi con que si no seguía los dictados de la nueva moda, utilizaba un lenguaje no inclusivo y estaba discriminando al género femenino, porque si no lo nombras no existe, olvidando las distintas acepciones que una palabra puede tener según el contexto. Perdona Mª José, perdonadme el resto también si queréis, pero yo, y muchos como yo os hemos nombrado siempre y no dejamos de hacerlo. Decir médica, ingeniera,…me parece perfecto. Y también me parece perfecto que seamos la gente la que nos expresemos y que haya una RAE que nos regule…pero yo no quiero seguir un lenguaje forjado por políticos ineptos que en la búsqueda de un clientelismo electoral me parece que están creando otra fractura social. ¿Que hay que decir ahora…que el hombre y la mujer han llegado a la luna?….lancen los dardos..!!!

  3. Me encanta que mi hijo de 8 años, cuando escucha:-¡¡han sido los niños!!-diga….: ¡¡Y las niñas también!!

    Y que mi compi de trabajo, al ver una nota dirigida a “los estimados padres”del colegio… me diga toda convencida (ella no tiene hijos ni hijas) :-Ah, va dirigido a los padres …. y ¿otras veces a las madres?-me ha encantado.

    Ambos, no deberían ser una excepción.

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