Finalmente el esperado debate entre los cuatro partidos que se disputan la presidencia del gobierno tuvo lugar. La lid no era baladí, dado que de acuerdo con los datos publicados a comienzos de este mes por el CIS, del 86% de electores que ya habrían adoptado la firme decisión de acudir a las urnas, un inaudito 46,1% aun no tendrían decididas las siglas que acompañarán a su voto. Las posiciones de partida resultan claras, dado que como también acreditaron los barómetros del CIS, la ciudadanía enmarca a cada una de las opciones políticas en un punto concreto del eje izquierdas-derechas, siempre equidistantes unas de otras. Ante este panorama era de presumir que cada candidato se afanase en dilatar las estrechas fronteras ideológicas en las que la ciudadanía ha enmarcado a cada uno de sus partidos, lidiando unos por invadir el espacio que ocupa el partido contiguo, y añadirlo a sus dominios. El combate dialéctico se saldó con dos claros vencedores, y con una sorpresa, el inesperado enroque de la Sra. Sáenz de Santamaría, que apenas hizo vaguísimos esfuerzos por que su partido trascendiese la etiqueta de partido más conservador de los cuatro.

Dado que a mi modesto juicio, fue el candidato a la presidencia del gobierno por Podemos quien tuvo la actuación más dinámica en cuanto a propuestas y asaltos a los graneros de votos del resto de oponentes, creo que será apropiado comenzar por la exposición de su argumentario como hilo conductor. Su ponencia pivotó sobre 4 ejes: aludir a los caracteres más personales de su equipo de candidatos políticos, proponer políticas sociales y democratizadoras, reivindicar el carácter de partido sensato, y reivindicar el derecho de autodeterminación de los pueblos. Con esa estrategia, sin duda mantuvo un hábil equilibrio entre preservar su suelo de votantes incondicionales, situados en el extremo izquierdo del espectro ideológico, con una convincente seducción del votante de centro-izquierda.

Respecto a la primera estrategia, aludir a los caracteres más personales de sus candidatos, ha de decirse que fue una notoria constante que se derramó a lo largo y ancho de todos los bloques temáticos que trataron los contendientes. El Sr. Iglesias no se cansó de reivindicar a su equipo como el único que de una o de otra forma ha sufrido los rigores de la crisis económica, relacionando esta aseveración con la motivación y aptitud del mismo para hacer frente a sus males y causas.

Sin duda, no se trata en absoluto de un fenómeno nuevo, dado que prácticamente desde el Manifiesto de los Sesenta,  publicado en 1864 por un grupo de obreros parisinos, hasta el desmoronamiento de la Unión Soviética, la identificación socio-económica del votante de izquierdas con sus representantes ha sido un requisito sine qua non para que los primeros otorguen sus sufragios a los segundos. Con el devenir de las clases medias, tan afanadas por alcanzar su particular prosperidad económica, poco a poco, el votante de izquierdas supo perdonar a sus representantes los excesos de suntuosidad. Ambos se aventuraron coordinadamente en la misma senda individualista, y así nunca se rompió la comunidad espiritual de ambas partes. Pero aquella situación ha cambiado en una parte muy sustancial con el advenimiento de la Crisis.

En efecto, el espectro de votantes de izquierda que ha resultado castigado recela del representante socialista cuando, en lo que se refiere a los cargos más visibles, observa que estos han obtenido un importante lucro económico y social a través de lo que ahora se llaman las puertas giratorias, toda vez que, no solo no satisfacía sus demandas de extender el manto protector del Estado, si no que en su última legislatura lo recortaba. Los dirigentes de Podemos, doctos politólogos cuyos primeros cimientos ideológicos han sido inconfundiblemente los postulados marxistas, advirtieron con total nitidez la oportunidad que esta coyuntura les brindaba para abrir una importante brecha en el granero de votantes socialistas. Así, la principal arma electoral de Podemos a la hora de fagocitar al electorado del PSOE, ha sido la de tratar de identificarse con los trabajadores afligidos, mientras que pone su empeño en romper la ligazón identificadora que unía al votante de izquierdas con su representante,  tildando a este último de casta. La noche del martes no asistimos si no a una nueva modalidad de poner en práctica esta estrategia, esquivando categorizar en estos desventajosos término a Pedro Sánchez, para hacerlo con la cúpula de su partido, construyendo un discurso según el cual el Sr. Sánchez carecería de capacidad para poner en marcha nada de lo que propone por ser una suerte de marioneta.

Una vez dañada la credibilidad socialista el ataque principal al terreno del PSOE vino dado por el simple hecho de realizar propuestas de izquierdas: implementar políticas sociales y democratizadoras. En este sentido hizo un notable esfuerzo por manifestar su ánimo de agudizar en extremo los mecanismos de redistribución de la renta, el compromiso de institucionalizar una moción de confianza que verse sobre la continuidad de los presidentes del gobierno cada dos años y la racionalización del Congreso de los Diputados.

Ante esta contundente agresión, cabía esperar que el máximo dirigente del PSOE tratase de reivindicar a su partido como la quintaesencia de la pulcritud izquierdista para luego devolver el golpe al Sr. Iglesias. Pero sin embargo, prescindió de toda defensa para limitarse a tratar de asestar un golpe contundente que dejase en la cuneta de la carrera electoral a Podemos. Para ello recurrió a hacer de Syriza y de Podemos un solo partido, atribuyendo las políticas de recortes de los griegos al haber de la nueva formación. Se trataba de un movimiento que sin más acompañamientos era cuanto menos imprudente, dado que si la disputa entre ambas formaciones no había de regirse si no por agresiones a la credibilidad de unos y de otros, el ciudadano español tiene como cosa mucho más presente el hecho de que el PSOE ha tenido y tiene a un gran número de ex dirigentes en importantes consejos de administración, que el hecho de que en la lejana Grecia las amistades del Sr. Iglesias fracasasen ante la azarosa tarea de retar a la troika. No obstante, fue precisamente en prevención de este contraataque que el Sr. Iglesias ya había  comenzado minutos atrás a articular el tercer eje de su discurso, la reivindicación de un carácter sensato para su partido. Así, se presentó como un candidato absolutamente concernido por cumplir los actuales objetivos de déficit marcados por la Unión Europea, y reclamó como propias las llevaderas situaciones fiscales de los ayuntamientos de Cádiz y de Barcelona.

Finalmente la lid entre los dos partidos de izquierdas quedó escenificada en el bloque dedicado a hallar soluciones para la cuestión catalana. Mientras que el Sr. Sánchez se comprometía a zanjar la cuestión reconociendo el carácter nacional de los distintos pueblos de España mediante la federalización de nuestro actual Estado, el candidato de Podemos alegaba que el  problema nacionalista no es tanto un problema jurídico que precisa ser afrontado con la creación de nuevas normas jurídicas, cómo uno de voluntad de los pueblos, siendo precisa su seducción, en este concreto caso mediante la preparación de un referéndum de autodeterminación. En este sentido, el Sr. Iglesias quiso esgrimir a los andaluces como ejemplo ilustrativo de cómo los “pueblos” que integran España, son capaces de sumarse al proyecto común cuando sus ánimos son proclives a ello. Sin duda el ejemplo resultó algo naif y contraproducente para la formación morada, no solo por la abrumadora cantidad de diferencias presentes en cada caso, sino porque su planteamiento sobre unas bases tan extremadamente abiertas y voluntaristas resultan inasumibles para la compleja arquitectura que requiere un Estado moderno actual. Frente a esta propuesta, claramente dirigida a seducir al votante nacionalista catalán y vasco, resulta más convincente y cabal la reforma federalista socialista, pese a que esta última haya sido formulada en unos términos tan vagos.

En cuanto al otro partido emergente, Ciudadanos, definitivamente enmarcado por la ciudadanía como un partido de centro-derecha, pareciera que su actuación estuvo preferentemente enfocada a la obtención de votos de la derecha, aunque sin renunciar a mantener un discurso con notables tintes sociales. Pretensión más que comprensible esta última, en tanto en cuanto goza de una percepción notablemente menos extrema de la del PP. En lo tocante a su seducción del votante de derechas caben destacar: un discurso centrado en reforzar las condiciones competitivas del mercado; bajadas fiscales a las empresas y autónomos; desmantelar estructuras administrativas – o como lo han llamado recientemente pinchar la burbuja política – apuntando al menos a las diputaciones provinciales y al senado; y establecer una enseñanza que tenga como lenguas vehiculares al castellano y al inglés con el fin de que ganemos competitividad en el mercado internacional. De todas estas propuestas, dos fueron lanzadas con cierta violencia a la Sra. Saenz de Santamaría. Una fue la optimización del sistema de mercado competitivo cuando asoció al PP su necrosis por haber practicado lo que el Sr. Rivera llama capitalismo de amiguetes. La otra fue la bajada fiscal, que vino acompañada de recriminaciones al auge de los tipos impositivos que vino practicando el PP en su última legislatura.  Ante estas críticas, las Sra. Saenz de Santamaría, por una parte, porfió por aclarar que si bien en su partido se han dado casos de corrupción, garantiza la no impunidad de cualquier individuo que actúe en este sentido; y por la otra contrarrestó los visos liberalizadores de la formación naranja recriminándola que sus bajadas fiscales repercutirán en la lista de la compra vía IVA. Más allá de estos cruces dialécticos, la representante del PP no trascendió su actitud defensiva, prescindiendo de asaltar otros caladeros de votantes con propuestas ideológicas. Por el contrario se mantuvo enrocada en lo que ha sido bautizado como el discurso del miedo, que pasa por plantear que si no alcanzan una mayoría solvente, el resto de partidos inexpertos en el complejo asunto de gestionar el sistema económico podrían echar al traste toda perspectiva de recuperación. Sin duda se trata de una postura tan poco ilusionante como eficaz en el electorado.

En cuanto al guiño a los votantes de izquierdas protagonizado por Ciudadanos, ha de decirse que éste pasa por un elemento programático tan atractivo como incierto, el contrato único. En realidad se trata de un arma de doble filo, que capta a partes iguales a votantes de tendencias socialistas y liberales, dado que sorprendentemente pareciera encarnar un justo medio que permitiría al empresariado despedir a los empleados a la vez que acabaría por desincentivarlo absolutamente. Más allá de que dudosamente esta idea pudiera constituir una verdadera panacea para el mercado laboral español, tan solo me limitaré a matizar que su mera verbalización por el Sr. Rivera encendió los ánimos de los candidatos de Podemos y PSOE, quienes cayeron implacablemente sobre el presidente de ciudadanos para alertar sobre la supuesta amenaza de precarización laboral que supondría esta propuesta, frustrando a mi modesto entender este guiño. Más eficaz sin embargo debió de resultar su proposición de formalizar un complemento salarial para rentas bajas.

Tras esta breve revisión de los contenidos del debate, cree el que suscribe que el principal beneficiado, y muy especialmente a costa del PSOE, ha sido Podemos. Tras esta formación, pese a no haber hecho si no dar muestras de un recalcitrante enrrocamiento, creo que sería preciso señalar al PP, que seguramente dé buena cuenta de los votos de los actuales indecisos. En tercer lugar, Ciudadanos sin duda ha consolidado una correcta labor de seducción de votantes inclinados al espectro político de la derecha dentro de sus segmentos más jóvenes, a la par que, con el ejercicio de ayer, quizá haya sido capaz de captar el apoyo de algún díscolo votante de tendencias socialistas. En último lugar, como ya he dicho, estimo que el PSOE ha realizado el ejercicio más pobre, limitándose en esencia a tratar de neutralizar a Podemos con ataques de una contundencia notablemente inferior a la de aquellos que la formación morada ya había lanzado sobre los socialistas. Le faltó una defensa más eficaz y una ofensiva tendente a reconquistar a su tradicional caladero de votantes, ofensiva que en todo momento debería de haber pasado por estructurar  propuestas más chocantes, originales e innovadoras.

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