El acto económico como ideología oligárquica pretende influir en todos los ámbitos de la vida de la gente para constituirse en instrumento de dominación. El individuo es pensado por el sistema y, como consecuencia, le presenta como realidad inconcusa la quiebra de su propia autonomía, la fatalidad de su cosificación en una sociedad donde el orden objetivo de las cosas se sustancia en la irracionalidad de una racionalidad que tiene como paradigma de eficacia el beneficio de los ricos a costa de la exclusión y marginalidad de las mayorías sociales. Como ha escrito Alain Touraine, el comportamiento de los muy ricos, dominado por la obsesión del máximo beneficio, desempeñó y sigue desempeñando el papel principal en la disgregación del sistema social, es decir, “de toda posibilidad de intervención del Estado o de los asalariados en el funcionamiento de la economía.”

En este sentido, se está aplicando la teoría económica que podríamos denominar de “Robin Hood al revés”, porque se trata de que los más pobres subsidien a los más ricos. Toda rebaja fiscal que se hace a los ricos sólo sirve para que los ricos lo sean más y el Estado tenga menos recursos para educación, sanidad, carreteras, y todo aquello que representa el bienestar de los ciudadanos. Esa falta de recursos se compensa, por tanto, rebajando las limitadas rentas de los más pobres y eliminando cualquier tipo de cobertura social que beneficie a los desfavorecidos. Los pobres financian a los ricos. Es la irracionalidad que irónicamente describía Anatole France cuando afirmaba que la ley es igual para todos porque tanto a los ricos como a los pobres les prohibía pedir limosna y vivir debajo de los puentes.

¿Dónde está el mito de la igualdad de oportunidades? Thomas Piketty, en El capitalismo del siglo XXI nos dice “que nos encaminamos a una sociedad dominada por la riqueza, mucha de ella heredada, más que por el trabajo”. Una sociedad neoaristocrática en la que el discurso de la prosperidad por el esfuerzo decae ante la evidencia de los hechos: el capital se reproduce a gran velocidad, mientras los países crecen lentamente y los salarios se estancan o caen. Su tesis es que la desigualdad económica es un efecto inevitable del capitalismo y que, si no se combate vigorosamente, la inequidad seguirá aumentando hasta llegar a niveles que socavan la democracia y la estabilidad económica. Según Piketty, la desigualdad crece cuando la tasa de remuneración al capital es mayor que la tasa de crecimiento de la economía.

Pero para que este ecosistema económico volcado al único interés de los ricos consolide un escenario irreversible hay que aniquilar al mundo del trabajo, cuyo tema casi ha desaparecido incluso en el pensamiento social, donde la sociología del trabajo pasó, en pocas décadas, de las ramas más buscadas a una más entre otras. Se trata de invisibilizar la actividad que más ocupa a más gente en el mundo: la actividad laboral. La exhaustiva degradación del trabajo produce salarios por debajo de la subsistencia, la supresión o constricción de los subsidios a los parados, la precariedad de los escasos empleos, y con ello, la marginación y la exclusión social de los trabajadores. Es la expropiación de los pobres por parte de los ricos. Por ello, resulta difícil explicar la imposibilidad de dedicar un par de miles de millones para actualizar las pensiones subiéndolas catorce euros al mes de media. No después de haber visto durante la crisis cómo miles de millones si se podían gastar en rescatar bancos, autopistas o entidades sanitarias privadas, aumentar el gasto en defensa y anunciar rebajas de impuestos milmillonarias. Como consecuencia, estamos ante un sistema en el cual el crecimiento económico crea ricos, pero no riqueza.

Marx usa la palabra enajenación: lo que el obrero produce no le pertenece, le es ajeno y hostil. También en el esclavismo y en el feudalismo lo que producía el esclavo y el siervo les era ajeno, pertenecía a otro, al amo o al señor feudal. ¿Cuál es, entonces, la diferencia con el nuevo señor capitalista? Una de las diferencias específicas es la forma que adquiere el dominio bajo el capitalismo donde su rasgo preponderante es un dominio abstracto generalizado que incluye como elemento central la autonomía ya que es el trabajador mismo quien se impone ir a trabajar bajo las órdenes del patrón. Sin embargo, es una falsa libertad ya que las condiciones de necesidad, la escasez y la presión del desempleo hacen que su propio trabajo sea un instrumento de hostilidad hacia el individuo.

¿Qué democracia es posible fundamentada en la desigualdad, el empobrecimiento incautatorio de las clases populares y en la ruptura de la cohesión social? Sólo se pueden salvaguardar las libertades y los derechos cívicos si la democracia política se convierte en una democracia económica, donde la justicia y la solidaridad formen parte de la racionalidad del sistema.

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