Estoy pensativa, ensimismada, con el ceño fruncido, pensando en que este año no puedo volver a casa por Navidad por más que me lo dicte la canción del anuncio una y otra vez. Y en ese momento recibo un mensaje de Carmen, que tampoco vuelve a casa por Navidad. Pero su situación es diferente. No es que ella no vuelva, es que ella voluntariamente decidió irse hace tiempo a muchos lugares. Allá donde la necesiten, ella va sin miramientos. Pero ella no es la que decide su destino, porque su destino es su misión, su único fin: salvar vidas.

Esta vez me escribe desde un campo de desplazados en Sudán del Sur, porque no le han dado los campos de refugiados sirios en Jordania, que era donde ella quería estar. Pero es que hay demasiadas zonas en conflicto en el mundo y tantas catástrofes que hay que repartir a todos los voluntarios, que nunca son suficientes. Cuando se trata de salvar vidas, faltan humanos y sobran descerebrados.

Esta es su octava misión con Médicos sin Fronteras, con los que trabaja desde hace ya ocho años. Ocho navidades sin volver a casa. Ocho proyectos en los que su fin último es mantener a la población con vida ; nutrir a los malnutridos ; vacunar a niños y a mujeres en medio de crisis humanitarias; salvar a civiles de las explosiones diarias que protagonizan los innumerables conflictos armados que mantienen «al pie del cañón» a niños y adultos en guerras civiles como la de Sudán del Sur. Un lugar donde la explotación de petróleo es la causa de todos los problemas. « Lo de siempre », me dice ella, que lleva ocho años viendo lo mismo.

Entonces le envío yo otro mensaje diciéndole que a la que hay que preguntarle cómo le va es a ella, porque a nosotros aquí, de momento, no nos sobrevuelan los obuses cargados de proyectiles, y eso ya es una suerte teniendo en cuenta el mundo en el que vivimos. Me cuenta que ha perdido la noción de los días y de los meses, de las estaciones del año, de lo que dura el tiempo. Que es difícil imaginarse que en alguna parte del mundo es Navidad porque en el campo de desplazados en el que viven, en Malakal, no existe ningún estímulo del « primer mundo ». Es difícil de explicar, me cuenta que le faltan palabras para describirlo porque su realidad es otra, no la nuestra. Y desde aquí es difícil imaginarse lo que está ocurriendo allí.

Carmen tiene un corazón tridimensional, de esos que palpitan tanto y tan fuerte que lo oyes aunque se encuentre de misión en las antípodas. Ese día llegaba de hacer una misión exploratoria, en la que había caminado 20 kilómetros a más de 40 grados al sol y llevaba toda la semana poniendo vacunas a niños y mujeres. Pero de luces de Navidad nada. Ni bolas, ni adornos, ni corteinglés, ni panderetas y «hace un calor de la leche», añade. Como mucho, dice, se juntará todo el equipo de MSF dentro del local que hace las veces de casa-oficina-hospital de campaña, y se lo pasarán lo mejor que uno se lo pueda pasar en esas condiciones, porque cerrar los ojos y hacer como si nada, no funciona en estos casos. Me cuenta también que han organizado un amigo invisible, y si las urgencias se lo permiten, tendrán que regalarse algo creativo con los materiales que tengan a mano. En su caminata de veinte kilómetros, Carmen se ha encontrado colgando de un árbol un fruto raro con forma de calabaza, que va a decorar y va a entregar a su amigo invisible. Y dentro de esa calabaza irá muy apretado todo lo bonito que ella ha puesto.

Pues así transcurren estos días en Malakal. Con la misma lucha de siempre, en medio de un infortunio que se ha apoderado de toda una población que sobrevive gracias a Carmen y a los más de 3000 trabajadores que Médicos sin fronteras tiene trabajando en un país en el que el acceso a algo tan básico como agua, alimento y techo es casi inexistente, por culpa de los combates. En este que es país más joven del mundo, la violencia extrema se ejerce con total impunidad contra la población civil y la misión médica. Pero desafortunadamente Sudán del Sur no es el único lugar en desgracia. Como tampoco lo es Alepo. Las zonas en conflicto de una punta a la otra del mundo son incontables, y la ayuda que aportan todas esas almas sinfronteras sobrepasa los límites de lo humano y lo divino. La imparcialidad, la neutralidad, la independencia y la humanidad son los cuatro pilares que hacen posible su intervención en todo tipo de conflictos. Y si esos cuatro pilares fueran los de todos los gobiernos del mundo, no harían falta tantos sinfronteras. ¿Tan difícil es?

A Carmen y a todos los voluntarios que sacrifican días, noches, hijos, fiestas, familias, turrón, y vacaciones por salvar vidas (que se cuentan por millones) y regalar sonrisas en medio del horror, Felices Fiestas y gracias por tener el coraje de no volver a casa por Navidad.

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

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