El 15 de Agosto de 1977 el radiotelescopio Big Ear, de la Universidad Estatal de Ohio captó una fuerte señal de radio de origen extraterrestre que duró 72 segundos. El operador Yerry Ehman, voluntario del programa SETI dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre exclamó ¡Wow!. Esta señal llamada ¡Wow!, que es como ladran los perros en inglés, y que equivale al ¡guau! de nuestros perros, fue tenida como un mensaje intencionado de un mundo alienígena. Desde entonces nunca más se ha oído nada parecido y el silencio volvió a las pantallas de las estaciones de seguimiento. Y con el silencio la creencia de que estamos solos en el universo o que nuestros vecinos están tan lejos que es como si no existieran.

El 24 de febrero de 2005, en una sesión del parlamento catalán, Pascual Maragall en medio de una refriega verbal con Artur Mas, le dijo estas palabras: “Sí, muy brevemente, porque creo que hemos tocado un punto clave. Ustedes tienen un problema y este problema se llama tres por ciento”. En el video de la sesión pueden leerse en los labios del parlamentario que está detrás de Maragall las palabras: ¡Madre mía lo que ha soltado!. Pero al igual que la señal ¡Wow!, nunca más volvió a escucharse nada sobre esto. Diez años después nos enteramos que el honorable Jordi Pujol y muchos de sus bravos patriotas catalanes de su partido tienen millones a espuertas en cuentas en el extranjero que proceden de este porcentaje instituido a modo de mordida mafiosa. La pregunta es ¿por qué después de lanzar semejante acusación no se acudió a la justicia?, ¿por qué no se investigó de oficio algo tan grave?. Para desgracia de este país, sobre aquellas desatadas palabras de Maragall, quizás fruto de un calentón del que arrepintió al momento, se dejó caer un recio manto de silencio que era lo que más convenía a todos. Y de aquella acusación, más que grave, gravísima, porque socava la vigas maestras de este sistema, no quedó nada y todo quedó en un simple ¡Wow!.

Dice Manuel Vicent, maestro en este raro oficio de poner una palabra delante de otra, que le sorprende que con todo lo que está pasando no esté ardiendo el país por los cuatro costados. Se refiere entre otras cosas, a esa costumbre, instituida desde hace décadas, de quedarse el partido que gobierna con un porcentaje de las obras e inversiones que se hacen con dinero público, una odiosa práctica que los grandes partidos callan por igual, porque el pacto de silencio beneficia a ambos y a su pléyade de “amiguitos del alma” como llamaba Francisco Camps a Álvaro Pérez, alias El Bigotes. Con estas y otras muchas, vamos a llamarlas “malas prácticas”, cuyo fin no se ve ni a medio ni a largo ni, desde luego, a corto plazo, nuestro sistema se ha convertido en un gran patio de pícaros, de golfos, granujas y canallas que viven, y muy bien por cierto, a costa de millones de contribuyentes, que apenas se quejan porque ya están convenientemente ahormados y, sobra decirlo, más que acostumbrados. Nos hemos acostumbrado a todo, llega un momento en que la cantidad de indignación queda anulada y superada por la cantidad de delitos. Eso lo   conocen muy bien los del crimen organizado, que saben que la justicia no puede hacer frente a una gran avalancha de fechorías. Hay que dejar claro que el acto de quedarse con un porcentaje, sea tres o cinco o veinte, de muchos de los contratos públicos, es un acto criminal porque ese dinero sustraído de las arcas públicas debería haberse empleado, entre otras cosas, para aliviar esa insoportable y aterradora cifra de paro, que no baja a pesar del ensordecedor bombo y platillo, otra forma de silencio, del gobierno que nos toma una vez más, y las que quedan, por idiotas cuando dice que se están creando puestos de trabajo y baja el número de desempleados. Cuando realmente, y eso lo sabe cualquiera que salga a la calle sin las anteojeras y los tapones en los oídos que proporciona el partido que gobierna, lo que está desapareciendo a marchas forzadas son los empleos fijos, los empleos dignos, con derechos, las nóminas decentes con las que pasar dignamente el mes, y que están siendo sustituidas por los contratos basura, los trabajos precarios y temporales que llevan a los trabajadores de cabeza al hoyo de los trece millones de pobres que hay en este país, nada menos que un tercio de la población. Y eso que somos, según De Guindos “la locomotora de Europa, el país que más crece económicamente de toda la Unión”. ¿Y estos trece millones de pobres? ¿o es que ya no les tiene en cuenta?. Y el dato de los trece millones de pobres, que seguramente cayeron de los vagones en alguno de los furiosos acelerones de la imparable locomotora económica española, es de Cáritas, una entidad poco sospechosa de ser de izquierdas o colaboradora con los antisistema, que es como llaman ahora desde el poder a todos los que preguntan con honda preocupación por las mordidas mafiosas de los grandes partidos a lo largo de las últimas décadas de esta, vamos a llamarla democracia por llamarle algo. Sobre todo en estos últimos años donde, para cuadrar las cuentas y compensar el saqueo continuado de los fondos públicos, se han hecho salvajes recortes en sanidad, educación y gastos sociales mientras se rescataba a las cajas desvalijadas hasta el último céntimo por sus propios gestores. Y lo peor de todo es que estas prácticas se llevaban a cabo sin ninguna traba ni cortapisa, y todo ello bajo el impresionante e inexplicable silencio de los contribuyentes, que todavía esperan ser igualmente rescatados algún día. Pero más pronto que tarde tenemos que convencernos que nadie vendrá a rescatarnos, que esa cada vez más apremiante tarea tenemos hacerla nosotros mismos con nuestra responsabilidad, determinación y compromiso.

Como ya hemos visto, además del estremecedor silencio del espacio exterior, existen en este país otros tipos de silencio no menos estremecedores, como son el silencio cómplice de gran parte de los políticos de los dos grandes partidos que han gobernado este país con la corrupción interna, con las puertas giratorias y la clamorosa incompetencia de muchos de sus dirigentes. El silencio catalán, igualmente cómplice con los dirigentes que se envuelven en la senyera mientras ponen el cazo con más brazos que la diosa Shiva a todo lo que se mueve. También existe otro tipo de silencio muy preocupante, tanto o más que los anteriores. Se trata del silencio de los parados y de los que trabajan y llegan, los que llegan, a rastras y con la lengua fuera a fin de mes. Un sobrecogedor silencio éste que nunca, ni en los momentos más dolorosos, se ha roto. Y del que nadie habla, apenas algo en la intimidad con los más allegados y en voz baja como se hace con las almorranas, pero sufrir se sufre, y vaya si se sufre. Mientras exista ese doloroso silencio hemorroidal las cosas seguirán igual. Seguirá, por ejemplo, abriéndose de forma imparable la brecha entre ricos y pobres, una brecha con vocación de abismo, y la desigualdad social será, entre otras herencias a cual más nefasta, el principal legado de este gobierno. Es necesario que los parados y los trabajadores que rozan la pobreza, cuando no caen de cabeza en ella, rompan ese silencio y se manifiesten. Pero quizás no sería necesario recurrir a las manifestaciones que la Ley Mordaza, de forma preventiva, ya ha tratado de desactivar amenazando con fuertes multas sin control judicial a los que se atrevan a protestar. No, no serían necesarias grandes movilizaciones, ni interminables filas de autobuses con destino a Madrid, ni tampoco pegadizas consignas, ni pancartas reivindicativas, ni protestas frente al Congreso que, para vergüenza de quienes nos gobiernan, o como quiera que se llame lo que hacen, todavía siguen manteniendo las vallas apiladas en todas las bocacalles que dan al Congreso para protegerse de los propios ciudadanos, por si una vez desalojados del mercado laboral y despojados de un presente y un futuro medianamente dignos, les diera por utilizar el único y amargo recurso que les queda, el recurso del pataleo. La cosa sería más sencilla que todo eso, no harían falta grandes manifestaciones que ya no inquietan ni preocupan lo más mínimo al poder. Bastaría con que los propios parados, y también los que trabajan a diario y no pueden vivir de su salario, salieran al paso de tantas mentiras con su sola presencia, sin mítines ni comunicados que ya nadie escucha. Bastaría con que en horario laboral, a las diez de la mañana por ejemplo, millones de trabajadores en paro salieran a la puerta de su casas y permanecieran media hora frente a ellas. Solo eso. Al día siguiente, todos los telediarios del país arrancarían con las crudas y sobrecogedoras imágenes a las que no haría falta añadir ningún texto porque ellas explicarían por sí mismas la dimensión del desastre, la magnitud de la catástrofe. Quizás antes de acabar el día el gobierno en pleno, con el presidente al frente no tendría más remedio que asumir y reconocer la evidente e innegable tragedia que asuela a diario este país. Porque una cosa es que nos hablen de los millones de parados en los medios de comunicación, algo que cada vez se hace menos y además, y a fuerza de oírlo, ya nos hemos acostumbrado y lo tomamos como algo normal, común y ordinario como el parte meteorológico. Y otra muy distinta es que veamos a millones de ellos desde todos los rincones de este país, de brazos caídos frente a sus casas, donde viven con sus familias a las que no pueden llevar un sueldo que les permita una vida digna. Habría que pedir a los señores del gobierno que pensaran en esto antes de lanzar a bombo y platillo, y de forma tan irresponsable, frívola y contraria a la verdad, tantas y tan bien aprendidas consignas y retahílas triunfalistas en el sentido de que, gracias a ellos, todo marcha estupendamente. Un poco de respeto, por favor.

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