La pregunta sobrevuela violentamente nuestras vidas, salpicando de indignación nuestro día a día, arrancándonos la posibilidad de una existencia pacífica: “¿cómo es posible?”. Pero nos tememos que, en el fondo, hace ya tiempo que conocemos bien la respuesta: nacemos, vivimos y morimos en una sociedad eminentemente anti gitana. No entonces para volver a responder, sino para entender en profundidad, si es posible, la razón de esta triste e hiriente realidad que nos acecha y asedia incansablemente como gitan@s, es importante comprender adecuadamente qué es lo que queremos decir exactamente cuando advertimos sobre la naturaleza estructural del anti gitanismo. Lo primero sería, por lo tanto, aclarar un asunto esencial: toda forma de racismo es estructural, es decir, no estamos afirmando nada nuevo. Sin embargo, y aunque a determinados sectores de nuestra sociedad contemporánea pueda resultarle chocante, el anti gitanismo no es tan siquiera percibido como una forma de racismo.

Hay un aspecto especialmente grosero, insultante, del anti gitanismo preponderante, que se deja ver con frecuencia -y sin impunidad moral o política alguna- en el ámbito de los medios de comunicación y las redes sociales del Estado español. Esta manifestación del racismo anti gitano está relacionado con otra pregunta cuya respuesta, lamentablemente, también conocemos: ¿quién osa definir la “realidad gitana”?, “¿quién pontifica, sentencia y sienta cátedra sobre la misma?” ¿Los calós y las calís? No. Digámoslo una y otra vez, definir la realidad es, esencialmente, una cuestión de poder y definir la realidad es crearla. Eso no quiere decir que no existan contra relatos sobre la heterogénea realidad del Pueblo Gitano escritos, contados y transmitidos de las maneras más inimaginables por nuestra gente. Todo lo contrario. De hecho, cada vez son más numerosas y más preparadas las voces romaníes del Estado español que escriben en medios de comunicación, que analizan los estereotipos, tópicos y narrativas sobre nuestra existencia rebatiendo los despropósitos existentes y lo hacen de forma arrebatadora y lúcida, dominando además la retórica y las maneras dominantes en las redes sociales, añadiendo sabor gitano a su uso.

En lo que respecta a la dañina imagen que desde determinadas voces pertenecientes, quiéranlo o no, al status quo se impone sobre el Pueblo Gitano, nos atrevemos a advertir contundentemente que, en muchas ocasiones, ni siquiera se trata de una cuestión de sofisticación o inteligencia, sino más bien, de todo lo contrario. Cuando hablamos de nuestro Pueblo, mientras más mediocre, más burdo y más subdesarrollado sea el cuento, más fácil es imponerlo y más complicado resulta, a su vez, desmontarlo definitivamente. ¿Cómo se explica esta agresiva realidad en la que tratamos de navegar con nuestros chavorrés y salir airosos? El anti gitanismo está tan metido en el ADN de la sociedad española que sobre nosotros y nosotras es posible asegurar los disparates racistas más surrealistas sin que a muchos profesionales de los medios de comunicación les tiemble un ápice el ánimo. ¿Qué ocurre entonces con las voces gitanas?

¿Quién escucha cuando el Pueblo Gitano habla?

La capacidad de escucha no es neutra ni inocente, se educa conscientemente en base a unos valores y a una ética determinada. No es necesario ser expertos en racismo mediático para darnos cuenta de que las voces gitanas están siendo silenciadas y desoídas constantemente. Allí donde hay un discurso anti gitano, consciente o inconsciente; allí donde se construyen historias, relatos y narrativas que justifican el racismo contra nuestras comunidades, ya sea de forma explícita o implícita, existen voces gitanas que rebaten frontalmente la afrenta, sin embargo, ¿cuál es la resonancia de tales voces?, ¿cuál es el grado de atención que se les prodiga? No hablamos, únicamente, de discursos abiertamente racistas. Nos referimos, al mismo tiempo, a la utilización y manipulación de nuestras realidades para la construcción de imágenes y historias estereotipadas que sirvan de entretenimiento a la población mayoritaria. Sabemos que tales ideas fijas funcionan excitando el morbo exótico, alimentando al gusano del recelo, de la curiosidad, la mofa y la rompiendo la posibilidad de la empatía. Nos referimos a bochornosos espectáculos televisivos, a productos culturales, a films aparentemente bienintencionados y progresistas que no hacen sino explotar el núcleo fundamental de los prejuicios anti gitanos a favor del amarillismo mayoritario y del desprecio hacia sobre lo que la sociedad española cree, piensa y siente que nos define como pueblo, como comunidad, como seres humanos. No obstante,  tal y como hemos dicho, las voces gitanas se alzan con dignidad rebatiendo, desmontando y combatiendo el nocivo efecto que tales narrativas provocan en la vida psicológica y material de nuestra gente. La pregunta inicial se transforma en otra incógnita igualmente desesperanzadora y retórica: ¿Hasta cuándo serán silenciadas las voces gitanas?

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