El ser humano, a través de los procesos de la civilización y más tarde del conocimiento científico, se ha ido separando de la naturaleza, primero para protegerse de ella, después para utilizarla, adaptarla a sus necesidades y por último, como objeto de estudio empírico, donde la razón ha terminado por hacerse con el mando, donde el consciente, el pensamiento racional ha sometido al subconsciente y al inconsciente.

Pero la naturaleza sigue dentro de nosotros, el hombre mantiene un alma, un espíritu natural del que viene y del que nunca se va a poder separar, pues es nada más que naturaleza en sí mismo. La consciencia, la razón, es el proceso final de la evolución. De la nada a la materia, de la materia a la vida, de la vida a la inteligencia. La inteligencia por sí sola no es nada y necesita a la memoria para seguir evolucionando hacia metas superiores, como la inteligencia artificial y la biotecnología.

La sociedad occidental ha abandonado su alma-naturaleza. La comunicación animal y la emoción natural con el entorno salvaje no han quedado suprimidos, pero sí muy domesticados. El rayo y las tormentas han dejado de ser la ira de los dioses, los espíritus ya no descansan en los bosques, han desaparecido los mensajeros divinos, cualquier enigma se ha quedado reducido a ecuaciones, fórmulas matemáticas que lo resuelven todo y si no lo consiguen no existen o no interesan.

Pero cuando soñamos, el subconsciente y el inconsciente dominan nuestro universo y se produce una homeostasis mental, donde los dioses y los demonios vuelven al mundo, nos comunicamos con las plantas y los animales, nuestras emociones y sentimientos elementales se armonizan en nuestra mente.

La simbología que aparece en los sueños es el lenguaje de los instintos y del pensamiento de nuestra naturaleza original. El reto es traducir estas imágenes a un lenguaje comprensible y actual, trasladarlo a la estructura racional del hombre moderno.

Hace unos meses recibí un sueño de una mujer de cuarenta años que a continuación relato.

Estoy en un bosque cerrado de encinas. Siento la humedad que me trasmiten los líquenes agarrados a los troncos antiguos y toco con las manos los musgos que aparecen en las paredes de piedra. No tengo miedo aunque estoy en un entorno desconocido. Escucho moverse a los animales y veo un ciervo, un jabalí oscuro y un conejo. Están hablando entre sí y los escucho. Comprendo entonces que estoy conectada a todo lo que me rodea, a los árboles, a la hierba, al aire, a los insectos…. Que puedo comunicarme con el entorno sin necesidad de palabras. Formo parte de él y estoy integrada en esa ecuación infinita. Escucho a la humanidad entera que grita en una sola voz el deseo de caminar juntos, ayudándonos, sin hacernos daño. Entonces comprendo que los hombres estamos despertando, hacia lo que realmente somos. Estamos ocupando el lugar que nos corresponde. Que estamos despertando, sí, aunque todavía yo siga dormida.

Esta mujer necesita profundizar en su naturaleza interior, no está del todo satisfecha con su forma de entender y relacionarse con el entorno y por la noche, su subconsciente la está indicando que debe interpretar su vida de una manera distinta, más completa.

Y así lo analicé.

La mujer está atascada en un problema (en el bosque), que para solucionarlo tiene que aumentar su atención (escuchar a todos los animales y sentir las plantas), interconectarse con el entorno (integrarse en la naturaleza), compartir las sensaciones y el camino con los demás (con la humanidad), que debe hacerlo con calma (despertando), pues todavía no está del todo preparada (sigue dormida).

Está claro que esta persona tiene un problema existencial y que solo con la razón, con el consciente, no va a poder superarlo, que va a tener que implicar también a sus emociones a su imaginación y a la intuición, a las fuerzas ocultas de la naturaleza que moran en su subconsciente e inconsciente para comprender su esencia, para conocer su alma.

 

Buenas noches, felices sueños.

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