Yo no quiero hablar de cómo se nota la ausencia de Shangay, eso es demasiado inabarcable y doloroso para mí. Prefiero hablar de cómo se nota aún su presencia aunque ya no esté.

Hace unos meses recuperé el contacto con una pareja de amigos gays (ahora matrimonio) a los que por diversos motivos hacía muchísimos años que no veía. Una noche vinieron a cenar a casa y allí vieron un recuerdo de Shangay que mantengo a la vista para tenerle un poquito más cerca desde que ya no está. Resultaron ser ávidos lectores de la columna de Shangay y además de recordarle a él, eso nos dio pie para pasar la cena y el resto de la noche discutiendo sobre distintas cuestiones que Shangay había tratado en un momento u otro.

Soy tan ateo como Shangay y no creo en ninguna forma de consciencia tras la muerte pero aunque él ya no lo pueda ver, estoy convencido de que hubiese estado feliz de provocar los debates que provocó esa noche. Shangay ya no está pero sí está. Estuvo esa noche con nosotros, sus puntos de vista, sus análisis, sus opiniones que fueron introducidas en el debate como si él mismo estuviese allí. Y seguirá estando siempre que dos o más maricones, bolleras, trans… nos juntemos a discutir qué tipo de comunidad queremos ser.

Ése fue uno de los temas centrales de la noche y es también en cierto modo el tema central del libro que Shangay terminó de escribir poco antes de morir ‘Adiós, Chueca’. No se me ocurre mejor forma de honrar a Shangay que seguir el debate y el análisis donde él lo dejó al terminar ese libro.

@SalidaPorLaIzq

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