No he podido en todo este tiempo en que Shangay no está a mí lado escribir nada sobre él. Seguramente mientras escriba las lágrimas saldrán al mismo tiempo que las letras. Ante todo echo de menos al amigo, porque ante todo y sobre todo Shangay era un amigo. Teníamos muchas coincidencias en nuestra forma de ver la vida, admiraba su lucha, su trayectoria artística y literaria, su fuerza, su artivismo, pero sobre todo, por todo, para mí era un amigo y la persona más cercana que he tenido en los últimos años.

Conocí a Shangay un día cualquiera a la salida de una charla sobre activismo que él impartió en un local del centro. Yo un poco macarra, él casi dos metros, de manos grandes y firmes. Me gustan las películas de encuentros, de mundos antagónicos que confluyen, de personas aparentemente dispares que coinciden por casualidad y crean entre ellos un vínculo especial que les cambia para siempre, eso fue lo que nos ocurrió a nosotros desde ese primer encuentro.

Le agradezco sobre todo que me aceptara tal como soy, en la vida no es tan fácil que se acepte al raro, al diferente. Ahora estoy seguro que esa diferencia era lo que le gustaba de mí. Esa diferencia por la que algunos me habían marginado había sido precisamente lo que me había acercado a él, y eso decía mucho de cómo era Shangay.

Su amistad era exigente. Su lucha lo llenaba todo, y no permitía un instante de duda ante los ataques de la intolerancia. Si estabas con él, estabas también con su causa. Y yo tenía que esforzarme muchas veces para llegar, para comprender, para aceptar la verdad que Shangay te revelaba detrás de lo obvio, pues es sabido que se vive mejor y más cómodo en la ignorancia, pero a su lado no había lugar para cobardes.

Cuantas veces le dije: “No vayas, no lo hagas”, “¿Por qué tienes que ser el que siempre dé la cara?”, “¿Por qué tienes siempre que parar tú las piedras que les lanzan a otros?”. Pero él no hacía caso, era así. Luchaba por sus ideales frente a todo. Muchas veces me pregunto si podré estar a la altura de su ejemplo, si alguien podrá hacerlo, si los maricones volverán a tener a alguien como Shangay que les defienda, que les acoja, alguien generoso que se lleve los golpes por ellos. No lo sé, pero sí sé que no volveré a tener a alguien como él en mi vida.

Fue Anaïs Nin quien dijo “Cada amigo representa un mundo dentro de nosotros, un mundo que tal vez no habría nacido si no lo hubiéramos conocido”. Shangay ese mundo dentro de mí no se irá nunca.

Y no voy a decir que no esté triste, lo estoy y lo estaré, aunque poco a poco el tiempo curará, espero, las heridas, pero ese mundo que le representa estará siempre en mi interior. Y cuando quiera tendré unas maravillosas vacaciones pagadas en él, con pensión completa, y será un lugar seguro, un lugar de libertad, de alegría, de bromas y buen rollo, de aprendizaje, de compartir helados, pizzas y patatas bravas, de Santa Tino Casal, de Santa Judy Garland, de Santa Miguel de Molina, de Galería de Perpetúas, de Canto nocturno a los marineros andaluces, de Teledivarios, de Hipersupermegadivas, de amantes de Kennedy. Un lugar sin rosarios en nuestros ovarios, de piratas y de bukaneros, de Chicos del Maíz, de poetas homociborg, de Drag Queen chamanes invocando a los espíritus de la tolerancia, de turbantes y túnicas de guerra. Un lugar de gritos de “¡Alfon libertad!”, de “¡Viva la república!”, de “¡Si nos tocan a una nos tocan a todas!”, de unión de luchas. Un lugar feminista, anticapitalista, rojo, republicano y ateo, de maricones con pluma y lesbianas marimacho, de mujeres con polla y hombres con coño, de pelis Italianas que nadie conoce —sólo nosotros—, de “¡Nena no te enteras de nada!”. En definitiva, un lugar donde ser yo mismo y reencontrarme con él, sobre todo un lugar para reencontrarme con Shangay Lily.

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