Shangay Lily rompe en directo la foto de Esperanza Aguirre en Telemadrid.

Se me hace una invitación de esas que no se pueden rechazar: ¿puedes escribir un corto artículo sobre Shangay Lily? ¿Para cuándo? Para ya. Pero me dilato entre otras cosas porque uno no está acostumbrado a escribir sobre sentimientos.

Antes de conocer a Shangay personalmente, le conocía de la televisión. Tuve la suerte de, una de las pocas veces que puedo ver la tele, descubrir a Shangay Lily rompiendo la foto de Esperanza Aguirre en directo (de otra manera hubiera sido imposible) y enfrentándose al Poder personalizado en la Tárrega, haciendo algo meritorio, porque normalmente eso no lo hace cualquiera. Y contestando con un “desparpajo que pa’ qué”.

En este país de mediocres y cobardes, pocas personas se atreven a mandar su estatus a la m, y menos por principios. Y aunque entonces no lo intuí, eso es lo que estaba pasando delante de mis narices, con ese tipo raro con un tatuaje en la cara. Era de noche, tarde y estaba soñoliento, pero en ese momento mis neuronas se agitaron y pude sentir saliendo por el tubo catódico a la mismísima Dignidad.

Eso era Shangay Lily, la dignidad y la coherencia en estado puro.

Un día, tiempo después, ya habiendo seguido sus andanzas y habiéndole visto en algún lugar, –reivindicando algo, sin duda–, sonó el teléfono de mi despacho y tras el auricular escuche un: ¡¡Hola soy Shangay!! No sé por qué, pero no me sorprendió. No creo romper el secreto profesional si digo que el motivo del encuentro era una serie de amenazas de cristofascistas (nunca había yo utilizado hasta entonces esa palabra). Shangay además de articulador y materializador de pensamientos era inventor de términos como éste, y mi preferido “gaypitalismo”.

¡¡Qué grande, qué acertado!! Shangay Lily era un genio, y tengo la suerte de haberle conocido. Creo que ese sentimiento, al menos yo, lo he tenido en mi vida con muy pocas personas, tres con él, otra es Pilar Manjón.

Pero ser un genio, sólo un genio, no te convierte en alguien único y excepcional, hay muchos genios y “genias”, lo que te convierte en excepcional es ser único. Poder optar por lo fácil, y optar por lo difícil, poder ir a corriente y optar por contracorriente, no decir sí, sí y sí, cuando piensas que deberías decir no.

Cuando miras a la cara a personas como Shangay, es como mirar a un espejo, y normalmente uno siempre sale mal parado.

Era además generoso, solidario y tenía la grandeza de saber escuchar. Siendo un torrente de ideas, de propuestas, de acciones, sabía frenar y escuchar a su interlocutor, y con argumentos era fácil convencerle o mejor dicho se le podía convencer. Y en esas entrevistas profesionales en el despacho, en las que pretendía solucionar cuestiones realmente importantes para él, confiaba en el profesional y asumía la estrategia una vez comprendida. Pero lo mas resaltable de esos encuentros, es que su asunto estaba siempre resuelto en 10 minutos, y automáticamente pasaba a lo solidario, a lo colectivo, a lo revolucionario. Y fue desde el primer encuentro, desde el que tras pasar por un análisis que le interesaba del asesinato fascista de Carlos Palomino, en el que habíamos sido acusación, y conseguido por primera vez en Madrid la aplicación de la atenuante de odio, llevó la conversación al uso de esa figura a otros posibles casos realizando una explicación pública a nivel de colectivos y asociaciones para generalizar la utilización de ese tipo de sanción.

Y de ahí, como el que no quiere la cosa, y sabiendo que yo pertenecía a una organización de abogados, pasó a su tema favorito al menos en ese momento: Alfon. De nuevo, como el que no quiere la cosa, y metidos ya en unas horas que exceden las de un despacho de abogados, nos encontramos desarrollando lo que creo que ha sido una de las acciones más contundente elaboradas por la abogacía madrileña organizada. Creo que nadie, salvo Shangay, Paloma y servidor, sabían como se organizó lo que ahora cuento públicamente, creo que, hasta Elena, la madre de Alfon, aunque no le extrañe, se sorprenderá. Fue Shangay quien influyó para que en mi papel de abogado militante pudiese conseguir juntar a más de 100 abogados y abogadas dispuestos a componer una lista que organizadamente iría, y así fue, todos los días a visitar a Alfon a prisión durante los primeros meses de su prisión provisional.

Fue algo, como digo, extraordinario y nunca hecho y nunca repetido en la abogacía militante. Y sirvió, claro que sirvió, Shangay no sólo consiguió demostrar a las instituciones penitenciarias que Alfon no estaba solo, sino que actuó como lo que era, un dirigente social, en el sentido de líder que sabe articular los instrumentos necesarios para impulsar procesos de avance social. Eso era también Shangay, al menos el que yo conocí, un ejemplo, porque no sólo lo hacía, sino que te hacia protagonista de ese proceso colectivo, y encima con la virtud de no apuntárselo como propio pues lo importante es conseguirlo, y no quién lo haga o lo invente.

Después de los primeros encuentros tengo que confesar que era difícil seguir el ritmo de este excepcional personaje, o como se diría en el siglo pasado, personaje ilustre. Coincidí posteriormente en una concentración contra la guerra en Siria, ya con Shangay fastidiado en lo físico. Evidentemente, otra sensación o sentimiento que te trasmiten este tipo de excepcionales personas, es que aunque tengan una enfermedad, nunca les puede pasar nada, y uno, no es consciente, o no quiere serlo de la verdadera realidad.

Durante todo este tiempo compartido en la militancia, desde lo cercano a lo lejano, también he ido conociendo su pensamiento a través de su último libro: “Adiós, Chueca. Memoria del gaypitalismo: La creación de la ‘marca gay’”. Leído la primera vez de un tirón, y repasado posteriormente con tranquilidad, refleja no sólo la trasformación del mundo gay en un barrio determinado, es un compendio de la evolución de la izquierda y los movimientos transformadores hacia la integración cómoda en el régimen, y la captación de sus dirigentes, sin que tal traición tenga el más mínimo desgaste, es más, los desgastados y apestados son los que la denuncian como Shangay Lily. Al traidor y a la traición, como es lógico, es premiado con una calle, una plaza, o un sillón en un consejo de administración. Nuestro querido país.

Shangay supo estar y creo que, aunque en algún momento pudo haberse sentido solo, –que no lo sé– la verdad es que gracias a su lucha, a sus análisis y sus protestas, ha creado un ejercito de seguidores. Ha elevado la conciencia de muchos y muchas, y ha sabido dar voz a todos esos sentimientos que en algún momento no sabíamos cómo expresar. Ni miedo ni pena, eso al menos me transmitió al tratarle y conocerle. Es lo justo, lo que creemos justo lo que nos debe mover. El miedo y la pena nos frena y nos manipula, y da fuerza al oportunista y al mediocre.

Salud y República Shangay, y gracias por todo.

 

 

 

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