Shangay era mi amigo. Nos reímos, bailamos, gritamos, caminamos y caminamos y charlamos muchísimo de libros, historia, novelas que leíamos a la vez y nos llamábamos para comentarlas durante horas hasta el punto de que mi hijo y mi marido me preguntaban si quería más a Shangay que a ellos… y es que me había “reencontrado” con mi hermano mayor, ese que siempre quise tener.

Nuestro tema recurrente era la política, y la pasión que compartíamos la educación. No había libro que no hubiese leído, ni ídolo con pies de barro que no hubiese derribado. Coincidíamos en que la educación es la base de la sociedad, la vida y la felicidad; en lo importante que era dar batalla para integrar a todas las personas en una misma aula bajo la bandera de la igualdad. Decía verdades como puños, era valiente, inteligente. Una mente privilegiada que en un momento componía una canción, un corto, un monólogo o un paso de baile para uno de sus sketch, o un poema, o te decía esa palabra en el momento justo que te llevaba a profundas reflexiones. Una vez un amigo me dijo: – Shangay es un filósofo. Y tiene razón.

Jamás tuvo miedo a decir lo que pensaba, ni a luchar por las causas más justas, siempre del lado de los débiles, de aquéllos que eran pisoteados por los poderosos. Generoso y siempre dispuesto a ayudar en lo que hiciese falta, a acompañarte a donde necesitases, a hacer desaparecer de un plumazo todos los fantasmas que te atormentan…

Cada vez que necesito hablar con él cojo sus libros, sus artículos, sus poemas. Y entonces mientras los estoy leyendo me resuena su voz en la cabeza y por fin otra vez vuelven esos buenos y gratos recuerdos, esas charlas interminables y esas risas que ahuyentaban cualquier sombra, y sus consejos. Uno de sus poemas, “A Bocados”, de su libro “Plasma Virago” (Huerga & Fierro, 2015), lo retrata tal como él era:

A BOCADOS
A bocados, a bocados, me voy a comer la vida a bocados. A dentelladas, a mordiscos, a besos si es necesario. Aunque me arranquen los dientes, aunque amordaces mi boca, aunque me cosas los labios.
Me como la vida, vida, la vida que es mía a bocados. Por los que no tuvieron tiempo, ni boca,
por los represaliados.
Por esos a quien convencisteis de que su lugar era sufrir, vencidos, resignados, asustados.
Por esos que se negaron a sí mismos ni probarlo.
Por los años en que creí que necesitaba “merecer” beberme la vida sin vuestros vasos.

Como un animal salvaje, herido, sin nada que perder, acorralado.
Que se ha zafado al fin del cepo y corre libre hacia lo utópico, lo soñado.
Ya no raciono mis alegrías, mis delirios, mis zarpazos. La vida es para comerla, a bocanadas, sin mesura, hasta que no quede ni rastro.
Yo que la vi pasar por delante, inapetente y cansado. Ahora que tengo ganas, fuerzas y consciencia, me como la vida a bocados.

Así era Shangay. Aún en los momentos más adversos jamás dejó de ser optimista, de beberse la vida hasta el último sorbo. Shangay podría haber elegido ser otra persona, la que le hubiese dado la gana, pero eligió ser fiel a sí mismo y a la humanidad, porque de tan humano fue un ángel.

¿Que qué palabra definiría a Shangay? NOBLE, era una de las personas más nobles, honestas e inteligentes que he conocido. Tal vez por eso se fue demasiado pronto. Dicen que los buenos no nos acompañan mucho tiempo.

Nos ha faltado vida para poder hablar de todo lo que queríamos…. Aún sigo esperando su llamada de las once de la noche.

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