Shangay Lily ante la Mezquita de Córdoba protestando contra las inmatriculaciones de la Iglesia.

Desgraciadamente, no tengo la suerte, como tantos otros amigos, compañeros y colegas, de haber conocido personalmente a Shangay Lily. A pesar de ello, su implacable figura me llegaría a través de su blog Palabra de artivista en el diario Público y por los numerosos vídeos colgados tanto en su canal de YouTube como en la red, entre los que cabe mencionar la maravillosa escena en la que denuncia la manipulación mediática en el Telemadrid de Esperanza Aguirre ante la atónita mirada de Cristina Tárrega.

En esos momentos, ignoraba que aquella drag queen del turbante se convertiría para mí en todo un referente en el activismo LGTBI y en la lucha por los derechos de nuestra comunidad. Sus protestas, que desde mi capital de provincias se veían tan distantes, pronto tomarían forma al llegar a Madrid. Como para tantos otros homosexuales provincianos, residir en la capital –y especialmente en el emblemático barrio de Chueca– se nos presentaba como una oportunidad para disfrutar, por fin, de aquello que en nuestro núcleo originario se nos había arrebatado: la libertad de amar y sentir, de ser quien somos. En definitiva, lo que, en su libro “Adiós, Chueca: Memorias del gaypitalismo. La creación de la marca gay” (Akal/Foca eds), Shangay Lily describe como “descubrir el poder performativo de su sexualidad” cuando nos relata cómo se sintió cuando con veinticinco años llegó a Madrid.

Sin embargo, y nada más lejos de la realidad, la visita al barrio tan sólo me aportó unos cuantos descuentos en saunas y depilación láser, y una multa por llevar una lata de cerveza en la mano. Esa era la particular forma con la que aquellos luminosos escaparates que rezumaban a clasismo proclamaban un tajante “¡Consume o vete!” mientras sonaba de fondo “A quién le importa” de Alaska y Dinarama, y la bandera arcoíris ondeaba desde un Burger King.

Esta y otras desafortunadas experiencias encontrarían respuesta con la lectura del mencionado “Adiós Chueca”, última obra escrita por Shangay Lily y publicada póstumamente. Gracias al texto –que toma un estilo entre la autobiografía y el manifiesto político– comprendería en qué manera Shangay participó en la vida de un barrio, y de una comunidad, que iría derivando en una jungla capitalista, –gaypitalista según el neologismo acuñado por Shangay–; y cómo aquel lugar se había convertido en una exclusiva marca explotada hasta la saciedad por un grupo de codiciosos gaympresarios, y por qué todos aquellos colectivos en los que colaboré habían sido absorbidos y comprados por un sistema capaz de seducir, amansar y aniquilar cualquier tipo de lucha.

También descubrí que su nombre le había sido arrebatado por sus socios de la manera más mezquina, para dar título a un estereotipado y banal panfleto publicitario, y al leer esa denuncia que es “Adiós, Chueca” entendí por qué en la actualidad su persona sigue suscitando tanta inquina dentro de los círculos de poder gay, y de lo que Shangay denominaba absurdigays (gays de derechas) hasta el punto de ser yo mismo testigo de un frustrado intento por reventar un acto de homenaje a su trayectoria por “rojo”.

Entendí, en definitiva, que aquel libro narraba la historia de un disidente, o cómo él mismo se definía, “un cuerpo disidente, orgulloso maricón, feminista, rojo, ateo, anticapitalista y republicano”, estafado y desterrado por las cúpulas del poder LGTB por alzar su voz por sus hermanos y hermanas. Como el propio Shangay nos cuenta en “Adiós, Chueca”:

“Mi empeño era plantar un nuevo modelo de mariconeo sin disculpas, orgulloso, renovador; retar a los prejuicios …

Ese modo de entender lo que significábamos en sociedad me supuso un enfrentamiento con la tendencia mayoritaria de las recién nacidas nuevas fuerzas del movimiento gay, las asociaciones. Constituían nuevas fuerzas que a la larga acabaron definiendo la dirección por la que iría el movimiento: la inercia. En lugar de convertirse en una colisión de energía que transformase la trayectoria social, que originase un nuevo elemento, planeta o vida, como ha venido ocurriendo en el Universo y en el movimiento de liberación homosexual hasta entonces, optaron por asimilarse a la trayectoria existente, reproduciendo los esquemas existentes y resumiéndose en una mera órbita o franquicia de ese discurso social ya existente. Simplemente reclamaron los mecanismos de represión, ordenación y distribución para ellos y continuaron ese ejercicio jerarquizante desde dentro.

Los que pensábamos que esa oportunidad de definirnos en la sociedad debería ser aprovechada para redefinir los discursos sociales, la estructura social en sí misma, fuimos minoría y fuimos desplazados a las periferias de esa nueva dirección. Los que se limitaron a replicar paso a paso los discursos y el discurrir capitalista fueron los que más rápidamente fueron incentivados y aceptados en el poderoso sistema.”

También descubrí la fascinante historia de una persona que se había hecho a sí misma uniendo la performance, el arte y la reivindicación. Shangay nos ha dejado el “artivismo” como legado, un arma y herramienta con la que ha dado voz a tantos maricas, bolleras y transexuales no normativos y ha unido nuestra causa con la lucha feminista, anticapitalista y de clase. Shangay sigue siendo presente en la continua lucha que ha seguido su estela y seguirá siendo futuro como referente en las batallas venideras contra la mercantilización de nuestra comunidad.

 

 

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dos + dos =