Conocí a Shangay Lily un domingo de carnaval, durante un concurso que él presentaba en la antigua Casa de baños de Madrid, al cual mi amigo Paquito y yo concurríamos ataviados, respectivamente, como Norma Desmond y su criada lesbiana. Ya tenía referencias suyas debido a la, por aquel entonces, todavía reciente inauguración del edificio de la FNAC en la plaza de Callao, que terminó convertida en un desmadre al estilo de la película de Peter Sellers “El guateque”. La constancia mediática más repetida del acto resultaron ser un par de fotografías de Shangay subiendo y bajando por las escaleras mecánicas maquillada igual que una diva del cine mudo, enarbolando una copa y luciendo ese turbante que terminaría convirtiéndose en su principal seña de identidad. Entre otras cosas en aquellos días yo me ocupaba de redactar la sección semanal de “Tarde y Noche” para la Guía del Ocio; cuatro páginas que me suponían tener que estar enterado de todo lo que se cocía en el agitado mundillo de la nocturnidad madrileña y llevar hasta ellas a cualquier personaje que pudiera entrañar una novedad o aportar un toque de colorido. Mi interés, pues, por conseguir que alguien me lo presentara era más laboral que personal, aunque jamás hubiera imaginado la sucesión repentina de cambios que me iban a acontecer en ambas facetas cuando esto tuvo lugar.

Por ahorrarles los detalles diré que Paquito y yo ganamos el primer premio del certamen y conseguí salir de aquel antro con el teléfono de Shangay en el bolsillo, a fin de concertar al día siguiente una entrevista con él. El momento en que contestó a mi llamada supuso para mí una especie de epifanía emocional y, con el auricular aún en la mano, entendí que ya no había vuelta atrás. Su desbordante energía, un sentido del humor a prueba de bombas y una chispeante egolatría, eso sí, del tamaño de una galaxia, me conquistaron por completo. A partir de ahí iniciamos una amistad que se prolongaría por espacio de más de veinte años. Durante los mismos transitamos por los caminos que atravesaban el mundo de la crónica social a lo largo de la década anterior al advenimiento de la crisis económica. Madrid entero era una fiesta y nosotros nos zambullimos en ella, con todas sus consecuencias. Yo facilité su ingreso en el programa de televisión para el que trabajaba, él hizo lo propio conmigo en un espacio de Radio Zeta del cual conservo un infausto recuerdo y así, juntos, sin casi darnos cuenta y cada uno en su ámbito, vivimos un momento que desde la perspectiva del tiempo transcurrido se me antoja como histórico.

Era algo parecido a encontrarse en el Berlín de entreguerras. El dinero negro circulaba como la pólvora por las salas de fiesta capitalinas y los empresarios, asustados ante la alarmante llegada del Euro y sus lógicas consecuencias fiscales, lo gastaban a espuertas en inauguraciones y saraos. Básicamente, mi función en ellos consistía en pastorear a un grupo de famosos lo más nutrido posible por teatros, terrazas y discotecas. Como no podía ser de otra manera, Shangay siempre formaba parte del mismo, dando otra vuelta de tuerca al concepto de la promoción y convirtiéndose a sí mismo en su mejor producto. Pero no se conformaba con eso: también escribía libros con gran maestría (yo llevé la campaña de alguno de ellos), dirigía por los nigth clubs de la periferia a un delirante equipo de drag queens mientras iba adiestrándolas con más pena que gloria en el complejo arte del transformismo, participaba en reality shows televisivos y procuraba reinventarse de vez en cuando, obteniendo un mayor o menor éxito según el caso. Una vez estuvo dando clases de canto durante meses para presentar un espectáculo en la sala Villa Rosa; en él compartía escenario con el mucho más afinado actor Ángel Ruiz, travestido, a la sazón, como una graciosa mulata llamada Betty Brown. La tensión entre los dos llegó a ser tal que el público terminó acudiendo, más que nada, para comprobar si se peleaban encima del escenario.

Estos fueron también los años durante los cuales Chueca pasó de conformar un reducto marginal en el centro de Madrid a constituir una especie de parque temático para turistas extranjeros, quinceañeros homosexuales y modernas del cinturón industrial, que tan buenos resultados económicos ha dado a los empresarios de la zona. Con esa intensidad que era tanto su mejor arma como su talón de Aquiles, Shangay plasmó brillantemente esta transformación en su obra “Adiós Chueca: Memorias del gaypitalismo,” una crónica fidedigna de cómo se creó la marca Chueca que le valió la enemistad de no pocos colectivos LGTB, más interesados en hacer caja que en la visibilidad. Su participación en dicha metamorfosis adquirió tal relieve que, en mi condición de periodista, tuve que testificar durante el juicio que mantuvo con sus anteriores socios por el nombre de Shangay, actualmente ostentado por una de las publicaciones más conocidas en el sector gay y, también, por un club nocturno.

No sé cuáles fueron las razones reales de nuestro distanciamiento; podría aludir a su implacable avidez mediática, a mis problemas personales o al fuerte temperamento de ambos. Pero la verdad es que, según mi punto de vista, el cambio social nos pilló a los dos con el paso cambiado. De la noche a la mañana los teléfonos habían dejado de sonar y un gélido silencio se impuso sobre la anteriormente estrepitosa escena capitalina. El concepto de low cost ganó su cuota de poder al despilfarro anterior y, al cabo de algún tiempo, todos nos acostumbramos con tristeza a las escenas de desahucios, las manifestaciones multitudinarias y la continua pérdida de derechos sociales. Era hora de cambiar, también profesionalmente.

Durante algún tiempo mantuve mi puesto en televisión, para pasar después a llevar los gabinetes de prensa de diversas ONGs y fundaciones y, finalmente, atrincherarme en una revista de gastronomía y vino. Allí permanecí por espacio de siete años, a lo largo de los cuales el contacto fue prácticamente inexistente.

En el momento en que volvimos a encontrarnos no quedaba nada en él de la vistosa drag queen que había sido; por el camino dejó su vestuario de lujo y los maquillajes complicados. Ahora lucía la cara lavada y había renegado por completo de su álter ego masculino para abrazar tan sólo como Shangay la causa del activismo, con una entrega total. Supongo que es razonable, habida cuenta de su innegable aptitud para la renovación y su sentido de la coherencia y de la justicia colectiva. Shangay iba con los tiempos y los que corrían no invitaban precisamente al glamour. Quiso que fuera a la presentación de sus últimos libros, pero por aquellos días yo acababa de enviudar y no me encontraba anímicamente predispuesto para ello, así que lo dejamos correr y, una vez más, nuestra relación terminó diluyéndose.

Me enteré de su fallecimiento gracias a la televisión y no puede evitar sentirme como el replicante de la película Blade Runner, testigo del fin de una era. La noticia del óbito fue recogida por todos los diarios, abrió informativos nacionales e hizo correr ríos de tinta. En todos los medios le trataron como el luchador que fue y destacaron su papel en la pelea por los derechos de la comunidad de gays, lesbianas y transexuales. Lo cual me hizo levantar una ceja con suspicacia y sonreír, recordando las trabas que tuvo que superar en otra época por parte de algunos de los mismos grupos que ahora ensalzaban su figura. Creo que no se puede aplicar un epitafio mejor a su desaparición, y constatar que su muerte terminó deviniendo en la campaña de prensa más completa y elogiosa de toda su trayectoria.

Portada libro Adiós Chueca.
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