Descubrí hace unos años un alma incombustible que me dio su mano en las noches más oscuras, cuando los recuerdos me ahogaban y la vida se me deslizaba entre los dedos como arena.

Fue la madre de mi hijo quien me invitó a escribir a Shangay, a contarle mis infiernos. Sólo con decirle que mi vida fue quebrada a los diez años a manos de un sacerdote, que mis ojos no conocían el descanso, ni la sonrisa, se entregó por entero a mí. Me dedicó sus horas durante los largos años que duró el viaje desde nuestro primer saludo hasta mi denuncia, y no me abandonó tampoco después cuando se abrió un nuevo camino lleno de incertidumbres y nuevos obstáculos.

Fue un camino en el que nunca me faltó su mano. Siempre había palabras de ánimo. Hasta en esas noches que llegaba con el cuerpo quemado por la quimio, sacaba risas y fuerzas para tirar de mí y ayudarme poco a poco a salir del pozo.

Sí. Alguna noche de esas hubo, en las que él al ver no sé cuántas llamadas mías, dedicaba unos minutos de su descanso a charlar conmigo mientras Paloma hacia la cena. Un ángel al que adoro por cómo cuidó de mi amado. Y por cómo lo sigue haciendo.

Otros días echábamos el rato hablando de cómo crecía mi hijo, de qué quería contarle yo cuando fuera mayor. Del mundo que, yo con mi lucha y él con la suya, queríamos dejarle a Mikel y a muchísimos más. Millones de corazones, millones de luchas…

Sólo que yo me centré en una: Vivir y dar testimonio del infierno de los abusos. Nada fácil, es cierto. Pero totalmente imposible sin su corazón pendiente del mío.

Él batalló en todos los frentes a los que su afán de justicia le empujó. Innumerables barricadas han contado en primera fila con su turbante espantando dragones y su voz alejando al miedo.

Yo le debo estar vivo.

Con todas las letras.

Cuando la soledad me ahogaba, y las pesadillas de los recuerdos aflorando en las noches hicieron imposible el sueño.

Cuando las espaldas de los tuyos eran horizonte y no había manos tendidas.

Cuando el pan no llegaba a la mesa, pues las fuerzas no llegaban para ir a buscarlo.

Cuando la iglesia me ofrecía treinta monedas y no podía imaginarme en un futuro mirando de frente a mi hijo…

Allí estuvo él.

Sin prisas. Con amor. Esperando mi momento. Ayudándome a llegar a él.

Me escuchó con la paciencia de un padre.

Me mimó y secó las lágrimas como sólo puede hacerlo una madre.

Fue el hermano compasivo y cariñoso que te abraza cuando le despiertas en mitad de la noche ahogado en lágrimas.

Tuvo una paciencia infinita.

“Mañana publicamos Shangay” le decía yo.

“Que sí, denuncio y publicamos”.

Y pasaba un mes. Y así una tras otra.

Entendía de sobra el camino por el que yo caminaba y nunca me azuzó el paso.

Sabía que yo tenía que dar el paso, y él siempre estuvo a cada tropiezo. En cada lágrima.

No se lo impidió el propio dolor.

Le vi luchando por Alfon, escupiendo al medallón de Franco en mi ciudad. Y en mil sitios más.

Luché en sus luchas de corazón, pues son las de todas y todos. Y me sentí cada día más orgulloso de que se hubiera tropezado conmigo en su camino.

Me dio la voz para hablar y la fuerza para seguir disfrutando cada día de mi hijo y seguir viéndolo crecer.

Me regaló una vida nueva. Un sinfín de amaneceres y sonrisas.

Gracias a él hablé y escuche a otros supervivientes que también rompieron su silencio.

Cada sonrisa de mi hijo, cada risa con mis amigos y cada lágrima de alegría se las debo a su voz y su cariño.

Y le debo una vida llena de lucha por delante. Hay mil barricadas en las que combatir. Molinos que derribar, no son gigantes.

Y le debo un millón de abrazos.

Esos que nunca le pude dar pues la muerte trunco nuestro encuentro.

Y me queman amado Shangay.

Me abrasan por dentro los abrazos y besos que no pude darte. Las risas que no compartimos. El paseo que no dimos con Mikel y Paloma como habíamos hablado tantas veces.

Me arde por dentro la duda de pensar que si mis pasos hubieran sido ligeros habría llegado a tiempo.

Pero ese camino se cerró. Y no puedo volver atrás.

Pero sí puedo no parar de luchar en cada barricada que necesite mis manos.

Y allí te encontraré seguro.

Esas noches en las que esperaba tu llamada sentado en el sofá o paseando bajo las estrellas en mí casa, son bellas cicatrices que perduran en mi memoria.

Momentos de reflexión. Confesiones que me hacían verbalizar sentimientos y miedos. Ninguna terapia hubiera sido mejor que tu silencio escuchándome. Nada mejor para conciliar el sueño que tus palabras dulces y amables.

Te contaba un día que a Mikel le cantaba en la cama para dormir la canción de “Sueño con serpientes” de Silvio Rodríguez.

Todavía se la canto Shangay.

Y antes de empezar recito la frase de Bertol Brecht que también se escucha en el disco:

“Hay hombres que luchan un día y son buenos… hay hombres que luchan muchos días y son muy buenos. Y hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

Se la canto en bucle, como he hecho desde que empezó a dormir en mi casa.

Cuando se duerme hay días que salgo al campo en casa y sigo cantando. En bucle, sin parar, mirando a las estrellas que me regala el cielo.

Entre las lágrimas no llego a distinguir muchas veces cuales son.

Pero a ti siempre te veo. Tú estás ahí siempre, escuchándome, dándome fuerza, trasmitiéndome tu energía y alegría de vivir. Tus ganas de comerte la vida a bocados.

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