Me cago en todo lo que se menea. Me cago en D… Cada vez que recuerdo que Shangay abandonara así la escena, dejando tanto por hacer… con ese libro que hubiera sido aún más desarrollado, y aún así, quedó estupendo. Me refiero a Adiós Chueca que finalmente publicara la editorial madrileña Akal. Tanta rabia se viene cuando no te gustan las malas noticias, que es difícil sincronizar los buenos y malos momentos. Pero con Shangay enseguida te vienen los buenos momentos… Y uno incluso deja de insultar y cagarse en D…

Yo gracias a Shangay intenté controlar mis palabrotas, para no decir ni “coñazo” ni “esto es la polla”. Con él aprendí aquello que nuestra generación de la Bola de Cristal, tanto ha intentado, aprender a desaprender.

Evitad las palabrotas son el pomo del machismo

¡Evitad las palabrotas! Yo evito las palabrotas siempre que puedo. No porque sea de alguna congregación religiosa —salvo que las Adoratrices del Divino Miembro exista— sino porque las palabrotas son el pomo de esa mediocre puerta llamada sexismo (machismo). Es la misma puerta que da acceso a la imbecilidad. Vamos a ver:

Cuando algo es aburrido es un coñazo, en cambio algo excepcionalmente bueno es “la polla”… Perder claridad y buena dirección es “hacerse la picha un lio” (como si algún hombre tuviese el pene lo bastante largo como para hacerse un nudo), también es “ir de culo” en referencia a lo que ellos llaman afeminados. En cambio, “echarle un par de huevos” es algo bueno. Un escándalo, reyerta o desastre es un “chocho”: “¡se montó un chocho!”. Pero una alegre algarabía es “un follón” (aquel que folla: un hombre): “Había mucho follón en aquella fiesta”. Cuando una persona sufre una senilidad “está chocheando”. Una persona fea es “un feto” (lo que está en la placenta, en el interior de la mujer), sin embrago alguien o algo brillante “es la leche” (lo que está en el interior del hombre: el semen). Si eres mala eres una “hija de puta”, y si quieren insultarte todos se acuerdan de “tu puta madre” (al parecer no le harían ascos a los beneficios de la prostitución de su propia madre) y cuando alguien hace el mal se llama “putear”: “Me está puteando”. Pero, sin embargo, el proxeneta se convierte en un referente positivo: algo bueno es “chulo”: “¡Qué chulo es esto, mami!”, “Yo soy más chulo que nadie”. (¿Alguien dice como positivo “Yo soy más puta que nadie?”). Un tío que tiene mucho éxito con las mujeres “se las lleva de calle” que, salvo que ahora los hombres disfruten de las tiendas, quiere decir prostituirlas. Enamorarse de un modo caprichoso e infantil es “encoñarse” (“está encoñao”). “Dar el coñazo” o “ser un coñazo” es ser molesto: “ese tío es un coñazo”. Su sentido peyorativo obvia el hecho de que es un coño el que nos trajo a todos al mundo. ¡Imagínense lo maravilloso que podría ser “ser un coñazo”!: una puerta a la vida. “Que te follen” es un insulto porque quiere decir que eres una mujer. Y “cómemela” es poder, porque quiere decir que eres hombre. “A mí me toca la polla” es bueno, indiferencia. Pero “tocar el coño” es malo, porque quiere decir que eres una mujer con cambios hormonales: “No me toques el coño”. Hacer lo que a uno le sale “de la punta de la polla” es ser asertivo, decidido y activo… Aunque entonces imagínense lo que sería “hacer lo que me sale del coño”…crear vida.

(Shangay Lily Monólogos: La vida en rosa, en rojo y en violeta, Atrapasueños editorial, 2013)

El icono que representaba, de una persona con tanta personalidad y fuerza como la de Shangay, me enturbiaba en algunos momentos de mi relación con él. Hasta qué punto estaba actuando…era así o era mentira…me fascinaba su forma de ser y me generaba muchas dudas. Pero poco a poco me empecé a dar cuenta de la potencia natural de ser como Shangay. La verdad es que las personas normales no existen. Es una falacia. Y Shangay era fuera de lo normal, cierto, porque era auténtico. Ese fue mi primer aprendizaje. Compartiendo con él, encuentros emotivos con buenas compañías, Juan Pinilla o Juan de Loxa, este último es precisamente el artífice de que lo conociera. Al genial poeta Juan de Loxa se le debe tantas cosas…

Pero sin duda yo presencié un hecho que me hizo reflexionar muy mucho sobre la homofobia en la izquierda.

Se organizó en Madrid un gran homenaje al poeta andaluz Julio Vélez, tristemente fallecido en accidente de tráfico. En 2012 se cumplía 20 años de su desaparición física. La editorial Atrapasueños sacamos un título de homenaje a Julio Vélez, con una antología del mismo, La palabra labra la palabra, con textos de amigos suyos, como Eduardo Galeano. En aquel entonces Lucía Sócam (a la que Shangay le presentó un concierto en Libertad 8, la llamaba “la leona”) musicalizó el poema Volveré a Morón de Julio Vélez. El homenaje en Madrid fue muy bello, con gran asistencia de público y como invitados Rafael Reig, Lucía, Emma Cohen…y el propio Shangay. Fue todo bellísimo y extraordinario. Lo terrible vino después cuando uno de los invitados, da igual el nombre, escribió a Shangay y en redes sociales, de forma pública y asquerosamente homofóbica, en contra de su participación en el homenaje a Julio Vélez. Fue tan vergonzoso el comentario de esta persona que incluso Shangay se planteó denunciar. Ahí aprendí muchísimo de cómo la izquierda mantenía (y mantiene) valores patriarcales y conductas homófobas en su cotidianidad. Aprender desaprendiendo…eso fue lo que me enseñó Shangay.

Son tantos buenos ratos los que me han unido a este compañero, que no quisiera olvidar en este pequeño artículo (que me ha costado escribir pese a su extensión) el trabajo, no sé cómo llamarlo ni decirlo, porque entre admiración, profesionalidad, amor y cariño…ese totum revolutum que implicaba una relación con Shangay pero que fue totalmente asumida por una persona sin igual como Paloma Linares.

Decía Emma Cohen que Paloma no era un ser monjil, por muy buena que fuera, acompañando a ese ser enorme, como decía la propia actriz. Una santa, diría de buena fe Juan de Loxa. Más bien decía Emma que tenía la complicidad y complementariedad necesaria para estar al lado como amiga y hermana de Shangay. Y así me dijo Emma, que de esto sabe mucho, “es un poco bruja, ves el color de su pelo y esa sonrisa y esos ojos…”

Gracias a la brujería la humanidad ha prosperado. Hace falta gente como Paloma que alimente el fuego de la rebeldía, que condensara en alquimias auténticas la ferocidad y emoción de nuestro Shangay, en definitiva, que con sus maneras pudiera hacer la pócima que sirviera para revolucionar nuestras mentes. Yo considero que gracias a Paloma podemos conocer a Shangay, por eso creo que gracias a ella somos todos parte de la historia viva de aquel nacido en Uterolandia, que sobrevivió a un reality y que nos enseñó a amar la vida de forma diversa, inversa, o como queramos hacerla-vivirla. Gracias Paloma. Gracias Shangay.

 

 

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