Shangay ¡bienvenidos al artivismo!

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De la conciencia por la cultura y el activismo, Shangay se convierte en artivista (activista+ artista) y representa una manera alternativa al activismo actual, a través de generar una narrativa de la diferencia.

Shangay considera que el activismo de la diversidad afectivosexual y sexogenérica se ha debilitado y que la comunidad LGTBI está más vulnerable que nunca. No tanto por disponer de menos derechos que antaño, sino por haber disuelto redes de solidaridad e inclusión entre todos aquellos que formamos parte de la comunidad LGTBI en beneficio de la interiorización de discursos heteronormativos que fundamentan la desigualdad.

El mecanismo que articula hoy en día la cultura gay no es la solidaridad ni la resistencia, nos señala Shangay, sino el mantenimiento de la industria del consumo, de tal manera que la identidad gay se ha convertido en un objeto de consumo.

Frente a un activismo que quiere que la diferencia se una a lo ya existente, Shangay lucha para que la diferencia conlleve un cambio en los discursos y estructuras existentes, no sólo para la comunidad LGTB sino para toda la sociedad.

El gaypitalismo fue el término acuñado por Shangay Lily para abordar la conversión de “lo gay” en una marca, en una “dictadura morfológica para beneficio de lucrativos negocios”. Eso fue especialmente dado por una coyuntura en la cual el capitalismo necesitaba nuevos nichos de mercado, nuevas estrategias para la industria del autocuidado, y la comunidad gay, ávida de integración y de recursos para el desarrollo personal y social, se prestó a secundar la oferta del gaypitalismo.

Shangay desgrana en “Adiós, Chueca” las estrategias de control del gaypitalismo: borrado de cualquier estigma del pasado, aunque debamos tanto a ese pasado y a esa idea de comunidad, invisibilizar cualquier aspecto problemático: “había que borrar la opresión y negar a los opresores que, al fin y al cabo, ahora eran los socios empresariales”, transformar códigos de identificación cultural en beneficio de la promoción del lujo, la fiesta para jóvenes, los amores románticos, el erotismo más estereotipado, los chulazos, divas vaciadas de contenido, trasladar el conflicto social al conflicto sentimental-sexual, el pretendido activismo online, un mercado de sexo anónimo donde la conexión con los otros sea difícil, y especialmente una serie de pactos y alianzas entre empresariado, políticos y asociaciones para generar pensamiento común y controlar las disidencias.

El control del gaypitalismo sobre la comunidad gay conlleva que sólo se dé importancia real a reivindicaciones asimilacionistas, poniendo a distancia la capacidad de transformación social inherente a la comunidad LGTBI. “Cualquier reivindicación de forma de vida o culturales que pudiesen asustar al sistema, fueron disimuladamente empujadas al fondo de la cartera de demandas mientras, por otro lado, se subían a los primeros puestos las que más podían complacer a la moral burguesa, capitalista y heterosexista del sistema”.

A partir del gaypitalismo, el clasismo penetró todo y no se reconoció el valor de la diversidad. “Si querías entrar en esos círculos elitistas que promovían la endogamia en fiestas exclusivas, debías encajar en el nicho. La apariencia derrotó a la esencia. El estatus suplantó a la curiosidad. La diversidad se convirtió en categorías”.

“Todo en nuestro retrato robot era estudiado, hierático, desalmado, prisionero de los estereotipos vendibles. Cuando creímos haber escapado de aquella cárcel de discriminaciones, hacia la luz, nos encontramos con una segunda capa de discriminación, ésta mucho más asfixiante porque venía desde dentro: la endohomofobia, la plumofobia, el clasismo, el racismo, el machismo pulverizaron a todo un grupo de ilusionados nuevos gays; un desesperado pueblo errante que creía haber encontrado un espacio en libertad donde sólo había una nueva opresión: la del gaypitalismo, el gay perfecto, macho, competitivo, joven, guapo, sano y rico; un prototipo, por supuesto, que garantizaba el negocio”.

Shangay desgrana las jerarquías y castas dentro de la comunidad gay, donde no todos van a tener las mismas oportunidades para “estar entre iguales” y aquellos que sí consiguen estar dentro están sujetos a sacrificios, pérdida de salud y estrés por el mantenimiento de sus privilegios.

Pero “Adiós, Chueca” no es sólo un libro acerca de la asimilación complaciente de los homosexuales para beneficio de un mercado que fomenta la desigualdad, es también una descripción de las estrategias de mantenimiento del capitalismo, del marketing de la identidad. Seamos comunidad LGTBI o no, nuestra identidad ya ha sido colonizada por la industria del consumo. Pero puede haber resistencia.

“Adiós, Chueca” quiere ser una hoja de ruta que parta del pasado, para recoger todo el potencial que había en el pasado, hiera el presente, entendiendo el presente como la actual asimilación con un sistema de poderes, y nos acompañe hacia el futuro, lejos de la marca para construir una comunidad de seres afectivos. Hay salida mientras haya resistencia y solidaridad, porque “la única salida es por la izquierda, por lo utópico, cambiando el modelo. Porque siempre debimos ser alternativa, no un cartucho de repuesto”.

 

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