Cada semana me planto delante de un grupo de personas y trato de crear una conciencia colectiva en torno a la actividad del canto coral para lograr un fin, un objetivo común que tiene como fundamento una labor musical y artística. Realizo esta acción de manera cotidiana desde que tenía 17 años, al iniciarme como directora de un coro amateur. Cuando pienso en Alberto, en Pilar, en Berta, en Antonio o en tantos otros y en cómo el hecho de que realicen esta actividad coral bajo mi dirección desde hace años les ha unido de alguna manera con Palestrina, Bruckner o Arvo Part, reconozco en este trabajo un punto realmente fascinante.

Cantar en un coro es una de las maneras más sencillas de integrar y desarrollar habilidades y competencias musicales, supone una motivadora acción que pone en movimiento determinados sistemas del cuerpo y de la mente, dejando que las vibraciones fluyan a través de la persona y alterándola a cada paso en aspectos de carácter artístico, como la audición, la expresión y la interpretación, de carácter individual, como la perseverancia y la autocrítica, y de carácter grupal, como la colaboración o el respecto, dejando patente una transformación activa que proporciona, a través de la diversidad de los compañeros y de la forma del colectivo, importantes frutos en áreas dispares.

Existe mucha literatura sobre los beneficios de pertenecer a un coro y participar de su actividad. Al intentar hacer una lista de algunos de ellos más o menos contrastados, deberíamos hablar de la adquisición de una buena técnica vocal que permita tomar conciencia del propio cuerpo y crear hábitos vocales saludables o del aprendizaje de un adecuado funcionamiento de la respiración, que ayude a aumentar la capacidad pulmonar y a tener un mayor control sobre el sistema nervioso. Cantar en coro mejora la escucha atenta, la formación auditiva y la afinación, contribuye a desarrollar la sensibilidad y el gusto estético, fomenta la creatividad y la capacidad de comunicación, es un medio ideal para promover la educación en valores tales como el respeto, la solidaridad, el compromiso. Cantar con otros facilita la felicidad, ofrece un entorno de apoyo social y amistad, mejora la empatía y fomenta la autoestima, favorece el aprendizaje y desarrolla la inteligencia mientras ayuda a conocer la historia, el folclore, mientras crea cultura.

También son habituales las afirmaciones sobre que la acción de cantar libera endorfinas, produciendo una cierta “euforia” e incidiendo en la capacidad de experimentar un sentimiento de placer. O aquellas otras que hablan de la oxitocina, otra hormona liberada durante el canto, que alivia la ansiedad y el estrés. En fin, son multitud de estudios los que dedican sus líneas, de manera que pueda parecernos más o menos acertada, a explicar de forma detallada las virtudes de expresarse con la voz y de hacerlo, además, en grupo, pero una de estas conclusiones que profundiza en el plano filosófico es, desde mi punto de vista, la más relevante y la que hace del canto coral una actividad vital única.

Los humanos tendemos a vivir juntos, tenemos la necesidad de sentirnos parte de una colectividad. La práctica de este sentimiento de identidad grupal nos lleva a considerar a la otra persona como nuestro igual, alguien con quien nos identificamos. A veces son diferencias físicas o biológicas las que contribuyen a generar colectivos reconocibles, por ejemplo, por el sexo o el color de la piel. Otras son los intereses comunes como el deporte, la música o las preferencias alimentarias y, otras, los asuntos ideológicos como la religión o la política. El cómo utilizamos esta elaboración de grupos en un sentido positivo o negativo abriría un amplio e interesante campo de reflexión que no compete a la dirección del razonamiento de estas líneas pero que supone una necesaria meditación a nivel individual y colectivo.

Sí conviene profundizar ahora en la autocategorización, uno de los procesos clave que ocurren cuando formamos parte de un grupo y mediante el cual nuestra percepción de nosotros mismos se altera para aunar las semejanzas con los otros miembros, consiguiéndose un fuerte sentimiento de pertenencia conjunta y creándose una nueva identidad social en la que ya no somos un individuo único, sino una parte del grupo. Como escuché hace unos días al gran musicólogo español José Luis Téllez, la experiencia de cantar en coro es fundamental en la vida en tanto en cuanto te proporciona la vivencia de poner lo mejor de ti para dejar de ser tú y pasar a ser una parte de una totalidad, ayudando de forma decisiva a que el ser humano encuentre lo mejor de sí mismo dentro de la música. El canto coral te abre el oído en una dirección diferente, te enseña a escuchar a los otros, a empastar con ellos, en un juego musical múltiple de diálogos, preguntas y respuestas donde se descubre la pluralidad de líneas melódicas y la escucha polifónica, donde se experimenta la gran vivencia de dejar de ser quien eres para ser quien eres realmente.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

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