Vivimos en tiempos de malos modos. Pero como diría mi amigo Manolo, un mundo mejor es posible, un mundo más amable es posible.

Hace unos días, diez o doce, publiqué en este mismo periódico un artículo titulado LOS MARAVILLOSOS EMPLEADOS DEL CORTE INGLÉS. Para mi absoluta sorpresa el artículo logró doce mil pulgares para arriba y más de cien mil lecturas o visitas. Un artículo que no era nada. Simplemente amable. Pero muchas personas no sólo le dieron al me gusta, sino que también lo enviaron a sus amigos, que a su vez se lo volvían a mandar a otros amigos (y lo sé, porque de bote en bote llegó, muy inopinadamente, a un familiar mío).

También hubo unos cuantos comentarios más o menos feroces, preguntando cuando pasta me habían dado por escribirlo, quien me había untado, y hasta uno que me pareció muy ingenioso:

“Se os ha colado algo de opinión en la publicidad”.

El anonimato en las redes sociales invita a sacar los pies del tiesto. Cuando sólo había papel era más complicado: pedían a quien quisiera ver sus comentarios impresos el DNI. Se chilla al árbitro, se insulta al que conduce el coche de al lado y no puede oírnos, se critica o maldice o escupe a través de tuiter (un poco menos desde esa sentencia excesiva y en mi opinión injusta). Ciscarse en el prójimo desahoga y posee efectos lenitivos y terapéuticos.

Pero aunque esté bien desahogarse poniendo letras de zumbao y echando sapos y culebras a través del teclado, es muy superior la amabilidad. Porque ser amable es muy difícil. Lo sencillo es mentar a la madre. Y lo sencillo para un articulista sería prohibir comentarios al final de sus artículos, sólo tenemos que pedirlo; sin embargo muy rara vez lo hago porque no es un gesto amable para con los lectores amables, que son la mayoría.

Un buen modo lo endulza todo. Un mal modo estropea incluso los comportamientos más nobles. Noble, una expresión pasada de moda. Como bonhomía, que según un diccionario de internet significa que alguien es buena persona pero también tonto del culo. Quien escribió la definición (escribió sólo tonto, el lugar donde la espalda pierde su aburrido nombre lo he añadido yo) quizá era buena persona, pero sin duda era mucho más tonto del culo. Tonto y bueno, casi sinónimos. Qué falso. Con la cantidad de tontos hijos de puta que hay por el planeta tierra sueltos.

Esa expresión torpe e importada, políticamente correcto (expresión lerda donde las haya), debería sustituirse por la palabra “amable”. Llamar gorda o negro o calvo a otra persona no es amable; aunque depende quien lo diga y como lo diga, por supuesto. Un buen tono convierte la palabra agria en alegría, un mal tono la palabra más sagrada en dinamita.

Siempre que puedo y logro ser dueño de mí mismo: soy amable. Con quien lo es conmigo y con quien no lo es. Pero cuando sucede que alguien es amable conmigo lo agradezco muchísimo, por eso escribí el artículo sobre los empleados del Corte Inglés mencionado más arriba. Fueron soberbiamente amables conmigo.

Ser amable es ser servicial, pero no servil.

A otro ser humano se le habla siempre de igual a igual.

Nadie me veja y a nadie vejo.

No hay superior, ni inferior, para mí.

Soy un hombre solitario, perdido casi siempre en sus pensamientos, como quizá sea natural en un creador de ficciones, y solo me relaciono voluntariamente con personas que comprenden la necesidad de tratar y ser tratados con respeto. Pero la amabilidad es un paso más allá.

Ser amable es revolucionario. Puede cambiar el mundo. Lo cambia, de hecho. Hace que quien lo es y quienes le rodean vivan en un mundo un poco mejor, ese mundo un poco mejor con el que siempre sueña mi amigo Manolo, Manuel Domínguez Moreno.

De todas las revoluciones que conozco, ser amable es la más extrema. Y es la única que tengo voluntad de seguir practicando mientras me alcancen la inteligencia y las fuerzas.

 

¡Viva la amabilidad! ¡Viva la revolución!

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1 Comentario

  1. Gracias por perder un poquito de su tiempo y dar las gracias a esas personas que diariamente detrás de un mostrador intentamos que esa nuestra casa sea la suya.

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