Los datos son terribles, pero el gobierno no quiere que los sepas, no vaya a ser que cunda el pánico; sin embargo, en un alarde de periodismo de investigación libre y aventurero, este intrépido reportero se ha sumergido en el peligroso mundo de un nuevo tipo de terrorismo que cada año se cobra más víctimas, en especial entre los más jóvenes; el selfie.

Vivimos rodeados de estos implacables terroristas, la mayoría de ellos lobos solitarios, que usan internet para reivindicar sus acciones, que pretenden imponernos sus modos de vida, su cultura, y que están dispuestos a morir con tal de hacernos partícipes de su barbarie. Sin embargo, los gobiernos no hacen nada para evitarlo, parecen completamente despreocupados ante los continuos ataques que la población sufrimos a manos de estos bárbaros que, armados con lo que parecen inofensivos dispositivos, pueden atacar en cualquier momento. No sé cuántas muertes más son necesarias, pero España ocupa  ya el segundo puesto en el ranking europeo de víctimas de esta terrible pandemia, sin que nuestro gobierno tome ninguna medida todavía al respecto, pese a la indefensión ante la que los ciudadanos normales nos encontramos frente a esta panda de bárbaros que no son capaces de comportarse acorde a nuestras costumbres. No sé ustedes, lectores, pero yo me siento completamente indefenso cada vez que salgo a la calle y les veo paseando con sus teléfonos, sus iPads y sus “paloselfies”: ¿Es que no pueden comportarse como siempre hemos hecho las personas de aquí? ¿Tienen que andar mostrándose todo el tiempo tal cual son, mostrándonos sus caras en internet, colgando lo que comen en Instagram, los lugares que visitan? ¿Es que acaso se creen mejores que nosotros por ser veganos, runners, tocar la guitarra o tostarse al sol de las Maldivas? Por suerte, somos muchos los que ya no nos creemos sus milongas de que quieren vivir entre nosotros, de que quieren adaptarse: si lo quisiesen hacer, ya se hubiesen comprado una cámara normal y nos pedirían ayuda para hacerse fotos, en lugar de cargar todo el día con las estúpidas varitas telescópicas esas. Las llevan porque no quieren sentirse como nosotros, quieren ser diferentes todo el tiempo. 

Y el gobierno, mientras, sin hacer nada: ni una puñetera regulación, es que tienen una manga ancha terrible con ellos: no se debería dejar tener un teléfono a cualquiera, y se deberían vigilar muy estrechamente las cuentas de Instagram y Snapchat, para que ese mensaje no cale, porque es una locura lo que está pasando. Yo me siento agredido cada vez que veo a alguien con un teléfono en la mano por la calle, porque no sé si voy a acabar como daño colateral del enésimo autoretrato con filtro “Valencia” y silueteado en los bordes. Ni pasear por la calle se puede ya. Y además, te vas al extranjero y es lo mismo. Es que tienen todo tomado. Y son unos radicales, no piden permiso, ni nada, para hacerse las fotos: te vas a un restaurante y ahí los tienes, fotografiando su kebab en Estambul o su kachapuri en Tbilisi. Todo sea para hacer llegar su mensaje y conseguir más adeptos. Su objetivo es conseguir la completa selfiecicación del mundo occidental, romper nuestra cultura e imponer sus costumbres, y no dudan en matarse para ello, si es necesario: Desde 2014, solo en España, 49 personas se han inmolado en nombre del Selfie. Y Rajoy, como siempre, como las vacas al tren, impasible. Hace falta que alguien que sepa lo que hay que hacer tome medidas, empezar a restringir el uso del teléfono entre las personas que sean sospechosas de hacerse selfies o se los hagan a veces, todo para evitar más muertes y más contaminación cultural. Necesitamos leyes más represivas contra Instagram, y que usen Facebook, que es lo que de toda la vida de dios se ha usado en España, no esas chorraditas suyas, que nadie entiende. Solo así podremos, por fin, sentirnos libres y felices en nuestro propio país, con nuestra propia imagen.

 

LA PARTE SERIA

Desde que en enero de 2011 Jennie Lee subiera una foto a Instagram con el entonces desconocido hastag “Selfie” cientos de millones (sí, cientos) se han publicado con ese hastag.  Según Selphigraphic, una web que analiza este fenómeno viral, cada día se suben en torno al millón de selfies a las diferentes redes sociales. El número de muertos provocados por esta costumbre aumenta exponencialmente, al igual que el de los daños colaterales, pues cada vez son más las personas (descerebradas, en algunos casos, pero personas al fin y al cabo) que deciden hacerse autofotos en los lugares más peligrosos solo para satisfacer su ego y su consideración social.

Sin embargo, a nadie se le ocurre que detrás de esto haya una pandemia, una crisis, un problema social tremendo, nadie cree que nuestros valores estén en peligro, se entiende que, entre tanta foto, entre tanto usuario de las redes sociales y entre tanto devoto del selfie, tenga que haber un número, poco representativo, de idiotas dispuestos a morir por la foto definitiva. Pero, por lo visto, no pensamos lo mismo de otros colectivos que nos son extraños, o diferentes, y ante los que el miedo nos lleva a implementar políticas torpes, xenófobas y, además, poco eficaces. Pensemos, por ejemplo, en los musulmanes: hay unos 1500 millones de seguidores de Alá en el mundo, y sin embargo algo nos impele a creer que esta masa ingente de seres humanos quieren nuestra completa aniquilación, sin entender que, de ser así, pocas oportunidades tendríamos. En un ejemplo clarísimo de lo que es juzgar el todo por la parte, nos aventuramos a etiquetar a todos los musulmanes como si estos fusen suicidas y radicales, al igual que yo hacía en mi texto anterior con los usuarios del selfie. Y si bien cerca de 50 personas han muerto en nuestro país por culpa de las fotos del demonio, a nadie se nos ocurre pensar que alguien que coloca frente a sí un móvil y pone morritos es un suicida o asesino en potencia.  El miedo puede ser comprensible, pero se transforma en una herramienta poderosísima en manos de aquellos que, al albur de la acción de cuatro descerebrados malnacidos, quieren sembrar el odio.

Demostrémonos que la estupidez humana tiene un límite, pensemos un poquito.

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Actualmente profesorcillo, he sido politicucho y musicote, así que soy docto en hacer cierta aquella máxima de “Aprendiz de todo, maestro de nada”. Mi mayor logro es ser el paradigma de la generación nacida entre 1975 y 1985, esos jóvenes engañados a los que se les pedía esforzarse y formarse para ser “la generación más preparada de España” y que han acabado sus días consiguiendo el hito histórico de ser los primeros que, casi con toda seguridad, vivirán peor que sus padres. Entre acorde y acorde de jazz, rock, blues o bossa nova y guitarra en mano recibí algunos aplausos y hasta algún dinero, y participé en política, con más pena que gloria, hasta que la pena dobló a la gloria y me precipitó, junto a muchas otras personas que admiro (ellas, a diferencia de mí, muy válidas) al nuevo exilio interior de quien, equivocadamente, se metió en política para ayudar a la gente. En todo ese tiempo, además, he “malenseñado” a alumnas y alumnos en España en diferentes ámbitos educativos hasta que decidí que era el momento de compartir mi mediocridad con el resto del mundo, por lo que en la actualidad martirizo con mis clases a los jóvenes azerbaijanos de un colegio internacional en Bakú.

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