Marta Pascal tira la toalla ante las tesis de los fieles a Puigdemont.

La renuncia a su cargo de la coordinadora del PDeCat, Marta Pascal, amenaza con abrir una nueva grieta en las filas del independentismo catalán. La noticia de su abandono –anunciada tras la asamblea del sábado en la que se debatía la hoja de ruta del partido de cara a la construcción de la República–, se interpreta como una claudicación de los partidarios de una negociación con el Estado frente a los defensores de las tesis duras de Carles Puigdemont, empeñado en continuar por la senda de la unilateralidad, tal como ha anunciado el expresident exiliado tras fundar Crida Nacional. En lenguaje coloquial podría decirse que Puigdemont se ha “cargado” a Pascal, lanzando un mensaje directo a todos aquellos que tengan tentaciones autonomistas. O lo que es lo mismo, el líder del PDeCat ha lanzado un claro aviso a navegantes: aquel que no se atenga a la línea ortodoxa radical del soberanismo terminará defenestrado como Pascal. Así se las gasta el hombre que se jacta de ser paladín de la democracia, símbolo de republicanismo y de valores como la libertad de expresión.

Pascal estaba sentenciada desde el día de la moción de censura que ha cambiado el Gobierno de España, cuando se desmarcó del president de la Generalitat, Quim Torra, y dijo aquello de “nos presentamos con el compromiso de echar a Rajoy y queremos cumplirlo”, sin anteponer condición alguna como la negociación de un referéndum pactado o la liberación de los políticos presos. Ya marcada como “peligrosa discrepante”, se presentaba a la asamblea del sábado, que ha sido frenética. Mientras en Madrid Pablo Casado daba un chapa y pintura al PP con el barniz del neo-aznarismo, en Barcelona los críticos fieles a Puigdemont imponían un texto que apuesta sin ambages por incluir la estructura del PDeCat en el nuevo partido Crida Nacional per la República. La ponencia era la estocada final ante cualquier tentación de ablandar la negociación con el Gobierno de Sánchez que a buen seguro ya se está llevando a cabo entre bambalinas.

En fuentes del PDeCat se asegura que Pascal ha sido la única que se ha atrevido a cuestionar públicamente las decisiones que Puigdemont ha ido tomando en los últimos meses de su exilio en Europa Central. A la coordinadora su “independencia” le ha costado caro, no solo por cuestionar las ideas del jefe, sino por enfrentarse a todos esos clanes poderosos que venían de los tiempos oscuros del pujolismo y que, tras estallar la crisis catalana, han optado por subirse al carro del secesionismo irredento para tapar sus causas judiciales.

Desde hoy, según apuntan medios de comunicación de Barcelona como El Periódico de Cataluña, Puigdemont tiene vía libre para insistir en la jugada, que no es otra que seguir con el pulso fuerte al Estado para intentar doblegarlo y conseguir la ansiada República catalana. El instrumento para conseguirlo es su recientemente fundado Crida Nacional, un partido que pretende aglutinar la mayor cantidad posible del voto independentista, no solo el proveniente de la derecha burguesa de Canaletas, sino también el que pueda captarse entre las clases medias y obreras. Por eso el proyecto personalista de Crida se ve con recelo por la izquierda soberanista de ERC, mientras Oriol Junqueras sigue pagando con cárcel los excesos legales del referéndum del pasado mes de octubre. A Junqueras no le hace ninguna gracia que Puigdemont aparezca como el gran líder victorioso de este episodio turbulento del ‘procés’ mientras él, que ha arriesgado tanto o más que cualquier otro, sigue fregando suelos en la cárcel de Estremera y comiendo el rancho malo de la prisión. De modo que la división en el bloque soberanista no viene solo por el lado de la derecha, sino también por la izquierda, lo que arroja una sombra más de incertidumbre en un frente que hasta hace seis meses se antojaba férreo, cohesionado, monolítico.

Pascal estaba sentenciada desde el día de la moción de censura, cuando se mostró dispuesta a apoyar a Sánchez para echar a Rajoy sin condiciones previas

En ese contexto inestable ha estallado el bombazo de la dimisión de Pascal –poco antes se había producido la del alcalde de Molins de Rei, Joan Ramon Casals–. La coordinadora, cariacontecida, comparecía ante la prensa (sin posibilidad de preguntas) para explicar su decapitación política: “No puede ser que la coordinadora general no tenga la confianza del ‘president’ Puigdemont. Y yo no la tengo, como es evidente, como se ha visto y como es obvio”, aseguró lacónicamente. Acto seguido animó a su equipo a seguir al frente del PDeCat, un mensaje que en círculos independentistas se interpreta como un llamamiento a la resistencia para que el partido no sea fagocitado por el nuevo proyecto de Puigdemont.

Finalmente la ejecutiva del partido queda confeccionada con David Bonvehí, número 2 de Pascal, que será el nuevo presidente, y la diputada en el Congreso Míriam Nogueras –“puigdemontista”– como vicepresidenta. En el resto del organigrama no aparece ningún supuesto disidente que amenace el liderazgo del pater familias exiliado en Bruselas, adonde se trasladará Puigdemont una vez que la Justicia alemana le ha dado la razón.

Lo que parece confirmado es que, tras el pujolismo, la derecha catalana sigue en su búsqueda de identidad, que es tanto como decir en su búsqueda de partido –desde que se inició el ‘procés’ independentista ha cambiado varias veces de siglas: Junts per Catalunya, Democràcia i Llibertat, Partit Demòcrata, PDeCat…–. Ahora, con Pascal fuera de juego por no haber sido una buena independentista, por haber desobedecido al jefe infalible, por haber caído en el pragmatismo posibilista y hasta por haber coqueteado con cierto sector del españolismo (apoyó la moción de censura de Sánchez contra Rajoy), la hoja de ruta del ‘procés’ volverá a la senda ideada por Mas y continuada por Puigdemont. Un camino que no es otro que el de embestir contra España, por las bravas, hasta la victoria final. O hasta que todo salte por los aires.

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