El progreso consiste, nos dice Clemente Ricci, en navegar siempre en contra de la corriente, que es la rutina.  A fin de cuentas, como nos indicaba José Ingenieros, para crear una partícula de verdad, de virtud o de belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra alguna rutina o prejuicio; como para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo. La rutina es antiaxiológica y en ese desarme ideológico o perplejidad con que pertrecha para el enfrentamiento, en el actual escenario político, donde a falta de proyectos, la estabilidad –es decir, la conservación del status quo- se convierte en horizonte absoluto, supone el deterioro político y moral de la vida pública.

Nunca como ahora tantas cosas fundamentales para la ciudadanía han estado en un peligro tan grave en forma de agresión sin precedentes a la supervivencia y dignidad de amplios segmentos de la población. Las fuerzas conservadoras ejercen de verdugo pudibundo. No sólo ajustician, sino que predican. Fomentan el desprestigio de la actividad pública, desprecian las instituciones democráticas, humillan y castigan a las clases populares, empobrecen a todos al tiempo que salvaguardan los intereses de los poderes económicos y financieros como intereses universales y hacen del sistema la pulpa nutritiva de la gran corrupción.

Una sociedad donde se han abolido los ideales, los sueños de dignidad, de respeto a la vida y de convivencia entre las personas, se enfanga en las conveniencias individuales y grupales y pierde el sentido del bien vivir en común. Es la instauración del plebeyismo del que hablaba Ortega como consecuencia de la democracia morbosa. Plebeyismo en cuanto a la carencia de altura de miras, de principios, de la política concebida como un impulso ético encaminado al bienestar colectivo. Pues bien, el sostenimiento de este escenario conservador de patio de Monipodio es lo que el sector del PSOE que propició que Rajoy continuara en la Moncloa concibe como estabilidad política, pensando que su status quo depende más de las élites y los poderes fácticos que de la ciudadanía.

Se ignora, o se quiere ignorar o que la gente ignore, que la democracia se fundamenta en el reconocimiento del irresoluble conflicto entre el poder y los ciudadanos y, por ello, en la exigencia de instrumentos de control sobre el poder. Pero al no ser hoy la democracia en España el producto de un movimiento cívico creador de formas democráticas de un nuevo poder constituyente sino la cesión de una serie de libertades individuales de una autoridad existente con anterioridad, manteniéndose el régimen de poder, que es lo que caracteriza a una democracia, ese control en la práctica es nulo. Hipostasiar el fenómeno de la transición ha sido la coartada para desviar la atención de las excrecencias del régimen ahora en trance fallido. En cualquier democracia sanamente constituida desalojar del gobierno a los artífices de la corrupción, de la desigualdad y de la marginación de las clases populares y trabajadoras hubiera significado procurar la estabilidad política y no al contrario. En este caso, la estabilidad consiste en apuntalar todos los vicios y supuraciones de las élites y evitar la posibilidad de la política desde abajo, la política de quienes están excluidos de la política estatal de los dominantes y víctimas de esta política confiscada.

El sector del PSOE de los idus de octubre pretende nada menos que vencer con las razones del adversario, admitiendo que la estabilidad democrática descansa en los vicios antidemocráticos de los conservadores y en el escenario político donde la corrupción es parte del paisaje del régimen. En realidad constituye una enmienda a la totalidad a la ideología y los valores del Partido Socialista por aquellos que deberían representarlos y admitir la incapacidad de estos dirigentes para construir modelos políticos y sociales alternativos a los de la derecha. Cuando Abel Caballero afirma que el PSOE no es de izquierdas sino socialdemócrata o Felipe González confiesa que él en cuestión de valores va ligero de equipaje o Susana Díaz declara que acercarse a las bases no es democrático, algo nos dice que hay un sector del PSOE donde lo que verdaderamente estorba es el socialismo.

 

 

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