Todo era optimismo, seguridad en su futuro y en su capacidad hasta el Gran Premio de Singapur. En el año 2017.

Sebastian Vettel era el rey del mambo, y el viento conspiraba a su favor. Iba a conseguir lo que Fernando Alonso, su archienemigo, su rival más constante y verdadero, jamás había logrado conseguir: demostrar que Ferrari podía estar en la cima, si tenía al piloto necesario para marcar la diferencia. Y el piloto, ese piloto capaz de marcar la diferencia, era él, Vettel, Sebastian Vettel, Baby Schumi.

En la carrera anterior a Singapur, en la que se disputaba en la casa de Ferrari, en Monza, en el templo de la velocidad sobre el que sobrevuela el fantasma del Padrino Enzo, las cosas no fueron como habría sido de desear, como los jinetes de los “Caballitos Rampantes” habían soñado y esperado. Hamilton recortó a Baby Schumi otros diez puntos. El colchón ya no era cómodo: se notaban los muelles en los riñones y en los huesos.

Pero en aquel momento Vettel aún era un ángel, sus alas estaban intactas, su destino era volver a tocar con el corazón el cielo. Pero… pero ya la inquietud le bailaba por dentro.

Y fue esa inquietud el aire que avivó las mínimas llamas del indiscutible infierno que tenía en su interior: había sido derrotado por Daniel Ricciardo en la primera y única temporada que compartieron en Red Bull. ¿Era sólo o sobre todo el coche? ¿No era él, Sebastian Vettel, realmente tan bueno?

Los dos primeros años en Ferrari le supieron a purgatorio, pero por fin llegó el 2017.

El viento conspiraba a su favor, el viento parecía conspirar a su favor. Desde la primera carrera en Australia había estado liderando el campeonato del mundo, y a partir de Bahrain la diferencia, la ventaja sobre Lewis Hamilton, comenzado a acrecentarse. En Hungría seguía pareciendo que hasta podía permitirse alguna debilidad o error, que los cimientos se habían aposentado y lo más difícil del trabajo estaba consolidado y hecho.

Pero seguía dentro de él. Dentro del pecho de Sebastian, del corazón de Sebastian, de la cabeza de Vettel, ese íntimo y pequeño infierno.

Y fue ese pequeño infierno el que le quemó, el que le hizo intentar amarrar al viento que hasta en ese momento había conspirado a su favor, el que le hizo sentir miedo y el miedo mandó sobre él, le ganó por completo y forzó la maniobra para intentar impedir que la sangría de puntos siguiera creciendo: ni podía ni quería permitirse dejar en Singapur a Max Verstappen adelantarlo. Pilotando un Red Bull además: el origen de su cielo, el origen de su infierno.

Ese fue el viento, ese fue el aire que avivó definitivamente el fuego. Comenzaba a crecer el infierno. La presión sobre el piloto afortunado y mimado, que hasta había conseguido que a todo un campeón del mundo, Kimi Raikkonen, le trataran y consideraran como un simple escudero.

La sintió también su robot, esa presión. Y el coche falló, no fatal y definitivamente pues aún pudo disputar la carrera aunque no la clasificación; en Malasia se bloqueó el robot, porque bloqueada estaba el alma que le insuflaba vida, el alma que se sentaba en su interior para dotarle de magia, y cielo e infierno.

Era Hamilton ya quien mandaba y se escapaba, el británico de piel tostada por el sol del multiculturalismo. Más presión, más miedo, más grandes y nerviosas llamas en el interior del corazón y el cerebro de Sebastian Vettel.

De nuevo el delicado, magnífico robot, más humano que los humanos (que habrían dicho en la Tyrrel Corporation) volvió a sentir en el Gran Premio de Japón ese exceso de tensión, ese desasosiego creciente que Sebastian se negaba a mirar, a aceptar siquiera que existiese. Algo se calentó demasiado en los huesos la carne y las venas de la máquina: y una bujía fue devorada por la ansiedad imparable del averno.

Prácticamente todo quedó perdido. Veinticinco puntos más de diferencia, sumaban cincuenta y nueve y apenas quedaban cuatro carreras; en el año que Lewis Hamilton ganaría su cuarto título mundial, igualando a Vettel y ya preparándose para superarlo.

Es de noche, Sebastian Vettel está a bordo de un avión. Cansado. Deshecho. Ha pensado, sin poder evitarlo, varias veces en las últimas horas en Fernando Alonso. Si Alonso no pudo hacer el milagro quizá tampoco él pueda hacerlo.

Mañana volverá a reconstruir su armadura, a intentar disimular ante los ojos del universo que le contempla que él es ante todo y sobre todo una caja y un amasijo de nervios. Mañana. Mañana volverá a intentar pasar por un hombre dueño y sereno. Pero hoy, esta noche, cada vez que cierra los ojos sólo ve llamas. Las llamas que le devoran y de las que no puede escapar, porque es él quien las genera y alimenta: su propio y ya incontrolable infierno.

 

Tigre tigre.

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